Una de las vecinas ya se había ido y la otra no paraba de llorar acariciando a la más pequeña. A las ocho de la noche llegó Ortiz Rebolledo y dispuso dos grupos operativos de búsqueda, uno que se encargaría de investigar a los allegados de las muchachas, bajo el mando de los judiciales Juan de Dios Martínez y Lino Rivera, y el otro que se encargaría de localizar, con apoyo de la policía municipal, el Peregrino o el Arquero o el Lincoln en donde dizque las secuestraron, coordinados por los judiciales Ángel Fernández y Efraín Bustelo. Juan de Dios Martínez se mostró públicamente en desacuerdo con esa línea de investigación, ya que a su parecer ambos grupos operativos debían conjuntar sus esfuerzos en la localización del coche del secuestro. Arguyó como su principal razón el hecho de que poca gente, por no decir ninguna, del círculo de amigos, conocidos o compañeros de trabajo de la familia Noriega, poseía ya no digamos un Peregrino negro o un Chevy Astra negro, sino que virtualmente todos pertenecían a la clase peatonal, siendo algunos tan pobres que para dirigirse al trabajo ni siquiera tomaban el autobús, prefiriendo hacer a pie el camino y así ahorrarse unas pocas monedas. La respuesta de Ortiz Rebolledo fue contundente: cualquiera podía robar un Peregrino, cualquiera podía robar un Arquero o un Bocho o un Jetta, no era necesario que tuviera dinero o permiso de conducir, sólo que supiera abrir un coche y ponerlo en marcha. Así que los grupos operativos quedaron estructurados tal como dispuso Ortiz Rebolledo y los policías, con gesto cansado, como soldados atrapados en un continuum temporal que acuden una y otra vez a la misma derrota, se pusieron a trabajar. Esa misma noche, tras hacer algunas averiguaciones, Juan de Dios Martínez supo que Estefanía tenía un novio o un pretendiente, un muchacho algo alocado, de unos diecinueve años, llamado Ronald Luis Luque, alias Lucky Strike, alias Ronnie, alias Ronnie el Mágico, en cuyo expediente policial figuraban dos detenciones por robo de coches. Al salir de la cárcel Ronald Luis había compartido casa con un tal Felipe Escalante, al cual conoció en la cárcel. Escalante era un profesional del robo de coches y también había sido investigado, aunque nunca inculpado, como violador de menores. Durante cinco meses Ronald Luis vivió con Escalante y luego se marchó. Juan de Dios Martínez fue a ver a Escalante esa misma noche. Según éste, su antiguo compañero de celda no se había marchado por su propia voluntad sino que él lo había echado, debido a que Lucky Strike no colaboraba económicamente con nada. Actualmente Escalante trabajaba como peón de bodega de un supermercado y ya no se dedicaba a actividades delictivas. Hace muchos años que no robo un carro, jefe, se lo juro por ésta, le dijo besándose los dedos en cruz. De hecho, ni siquiera tenía una mala nave, realizando ahora, ni modo, todos sus desplazamientos en camión o a pata, que es más barato y además da sensación de libertad. Preguntado sobre si el llamado Lucky Strike se dedicaba, aunque fuera ocasionalmente, al robo de coches, Escalante dijo no creerlo, aunque a fe de Dios no podía poner las manos en el fuego, ya que el mentado era más bien torpón en esas vicisitudes. Otros interrogados parecieron corroborar lo declarado por Escalante:

Ronnie el Mágico era un flojo y un holgazán, pero no un ladrón, tampoco un tipo violento, al menos de una violencia gratuita, y la mayoría, aunque no se mojó, lo veía incapaz de secuestrar a su novia y a la hermana de su novia. Ahora Ronald Luis vivía con sus padres y seguía sin encontrar trabajo. Hacia allí se dirigió Juan de Dios Martínez y habló con el padre, que fue quien le abrió resignadamente la puerta y quien le informó de que su hijo se había marchado pocas horas después de producirse el secuestro de Estefanía y Herminia. El judicial le preguntó si podía echarle un ojo al piojero. Está en su casa, dijo el padre. Durante un rato Juan de Dios Martínez estuvo examinando a solas la habitación que Ronnie compartía con tres hermanos menores, aunque desde el primer momento se dio cuenta de que allí no había nada que buscar. Luego salió al patio y encendió un cigarrillo mientras contemplaba el atardecer anaranjado y violáceo que caía sobre la ciudad fantasma. ¿Dijo adónde iba?, preguntó. A Yuma, respondió el padre. ¿Y usted ha estado en Yuma alguna vez? De joven, muchas veces: entraba, trabajaba, la migra me capturaba, me regresaban a México y luego volvía a entrar, muchas veces, dijo el padre. Hasta que me cansé y me dediqué a trabajar aquí y a cuidar a mi vieja y a los chamacos. ¿Y usted cree que a Ronald Luis le pasará lo mismo?

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