En ocasiones ocurre eso, le dijo Márquez, pero no todos los asesinatos siguen un mismo patrón. Márquez metió su traje en una bolsa y se enfundó un chándal. Usted se preguntará, le dijo mientras por debajo de la chaqueta del chándal se acomodaba la sobaquera con su Desert Eagle calibre 357 Magnum, por qué el edificio está tan vacío. Sergio le dijo que lo más lógico era pensar que todos los judiciales estaban en la calle, trabajando. A esta hora, no, dijo Márquez. ¿Por qué, entonces?, dijo Sergio. Pues porque hoy es el partido de fútbol sala entre el equipo de la policía de Santa Teresa y el nuestro.

¿Y usted va a jugar?, dijo Sergio. Puede que sí, puede que no, soy reserva, dijo Márquez. Cuando abandonaron el vestuario, el judicial le dijo que no intentara buscarles una explicación lógica a los crímenes. Esto es una mierda, ésa es la única explicación, dijo Márquez.

Al día siguiente vio a Haas y a los padres de Michele Sánchez.

Haas le pareció, si eso era posible, más frío que nunca.

Y también más alto, como si en la cárcel las hormonas se le hubieran disparado y estuviera alcanzando su estatura final. Le preguntó por Michele Sánchez, le preguntó si tenía alguna opinión al respecto, le preguntó por los Bisontes y por todas las muertas que literalmente brotaban del desierto de Santa Teresa después de su detención. La respuesta de Haas fue desganada y sonriente y Sergio pensó que aunque él no fuera el culpable de las últimas muertes, seguro que era culpable de algo.

Luego, cuando abandonó la cárcel, pensó cómo podía juzgar a alguien por su sonrisa o por sus ojos. ¿Quién era él para atreverse a juzgar?

La madre de Michele Sánchez le dijo que desde hacía un año tenía sueños terribles. Se despertaba en mitad de la noche o mitad del día (cuando trabajaba en los turnos de noche) con la certeza de haber perdido para siempre a su pequeña. Sergio le preguntó si Michele era la menor de sus hijos. No, tengo otros dos más pequeños, dijo la mujer. Pero en mis sueños a la que perdía era a Michele. ¿Y eso? Pues no sé, dijo la mujer, Michele era una bebita, no tenía la edad de ahora, en mis sueños tenía unos dos años o tres a lo sumo, y de pronto desaparecía.

Yo no veía al que me la robaba. No veía nada más que una calle vacía o un patio vacío o una habitación vacía. Y antes allí estaba mi pequeña. Y cuando volvía a mirar ya no estaba. Sergio le preguntó si la gente tenía miedo. Las madres sí, dijo la mujer.

Algunos padres también. Pero la gente, no lo creo. Antes de despedirse, en la explanada de acceso al Parque Industrial Arsenio Farrel, la mujer dijo que los sueños empezaron por la misma época en que vio por primera vez a Florita Almada, en la televisión, Florita Almada, la Santa, como la llaman. Un enjambre de mujeres llegaba caminando o bajaba de los autobuses habilitados por las diversas maquiladoras del Parque. ¿Los camiones son gratis?, preguntó Sergio distraído. Aquí nada es gratis, dijo la mujer. Después le preguntó quién era esa tal Florita Almada. Es una viejita que aparece de vez en cuando en la tele de Hermosillo, en el show de Reinaldo. Ella sabe qué se esconde detrás de los crímenes y nos puso en alerta, pero no le hicimos caso, nadie le hace caso. Ella ha visto las caras de los asesinos. Si quiere usted saber algo más vaya a verla y cuando la haya visto llámeme o escríbame. Así lo haré, dijo Sergio.

A Haas le gustaba sentarse en el suelo, la espalda apoyada contra la pared, en la parte sombreada del patio. Y le gustaba pensar. Le gustaba pensar que Dios no existía. Unos tres minutos, como mínimo. También le gustaba pensar en la insignificancia de los seres humanos. Cinco minutos. Si no existiera el dolor, pensaba, seríamos perfectos. Insignificantes y ajenos al dolor. Perfectos, carajo. Pero allí estaba el dolor para chingarlo todo. Finalmente pensaba en el lujo. El lujo de tener memoria, el lujo de saber un idioma o varios idiomas, el lujo de pensar y no salir huyendo. Después abría los ojos y contemplaba, como desde un sueño, a algunos de los Bisontes que daban vueltas, como si pastaran, en el otro lado, en la parte soleada del patio.

Los Bisontes pastan en el patio de la cárcel, pensaba y eso lo tranquilizaba como un sedante de acción rápida, pues en ocasiones, no muy a menudo, Haas iniciaba el día como si le hubieran introducido la punta de un cuchillo en la cabeza. El Tequila y el Tormenta estaban a su lado. A veces se sentía como un pastor incomprendido hasta por las piedras. Algunos presos parecían moverse en cámara lenta. El de los refrescos, por ejemplo, que se acercaba con tres Coca-Colas frías para ellos. O los que jugaban básket. La noche anterior, antes de acostarse, un vigilante lo fue a buscar y le dijo que lo siguiera, que don Enrique Hernández quería verlo. El narcotraficante no estaba solo.

A su lado estaba el alcaide y un tipo que resultó ser su abogado.

Acababan de comer y Enriquito Hernández le ofreció una taza de café que Haas rechazó dizque porque le quitaba el sueño.

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