Mientras conducía por Cromwell Road Norton les dijo que tal vez lo más apropiado, aquella noche, sería acostarse con los dos. Espinoza se rió y dijo algo que pretendía ser gracioso, una continuación de la broma, pero Pelletier no estaba seguro de que Norton bromeara y aún estaba menos seguro de que él estuviera preparado para participar en un ménage à trois. Después fueron a esperar la caída del sol cerca de la estatua de Peter Pan en Kensington Gardens. Se sentaron en un banco al lado de un gran encino, el sitio preferido de Norton que desde pequeña sentía una gran atracción por aquel lugar. Al principio vieron a algunas personas tiradas en el césped pero poco a poco los alrededores se fueron quedando vacíos. Pasaban parejas o mujeres solas vestidas con cierta elegancia, aprisa, en dirección a la Serpentine Gallery o al Albert Memorial, y en dirección contraria hombres con periódicos arrugados o madres arrastrando el carrito de sus bebés se dirigían a Bayswater Road.

Cuando la penumbra comenzó a extenderse vieron a una pareja de jóvenes que hablaban en español y que se acercaron a la estatua de Peter Pan. La mujer tenía el pelo negro y era muy guapa y estiró la mano como si quisiera tocar la pierna de Peter Pan. El tipo que iba con ella era alto y tenía barba y bigote y sacó una libreta de un bolsillo y anotó algo en ella. Luego dijo en voz alta:

– Kensington Gardens.

La mujer ya no miraba la estatua sino el lago o más bien algo que se movía entre las hierbas y la maleza que separaban aquel caminito del lago.

– ¿Qué es lo que ella mira? -dijo Norton en alemán.

– Parece una serpiente -dijo Espinoza.

– ¡Aquí no hay serpientes! -dijo Norton.

Entonces la mujer llamó al tipo: Rodrigo, ven a ver esto, dijo. El joven no pareció oírla. Había guardado la libretita en un bolsillo de su chaqueta de cuero y contemplaba en silencio la estatua de Peter Pan. La mujer se inclinó y bajo las hojas algo reptó en dirección al lago.

– Pues parece, efectivamente, una serpiente -dijo Pelletier.

– Es lo que yo había dicho -dijo Espinoza.

Norton no les contestó pero se puso de pie para ver mejor.

Aquella noche Pelletier y Espinoza durmieron unas pocas horas en la sala de la casa de Norton. Aunque tenían a su disposición el sofá cama y la alfombra, no hubo manera de que pudieran conciliar el sueño. Pelletier trató de hablar, de explicarle a Espinoza lo del avión accidentado, pero Espinoza le dijo que no hacía falta que le explicara nada, que él lo comprendía todo.

A las cuatro de la mañana, de común acuerdo, encendieron la luz y se pusieron a leer. Pelletier abrió un libro sobre la obra de Berthe Morisot, la primera mujer que perteneció al grupo impresionista, pero al cabo de un rato le dieron ganas de estrellarlo contra la pared. Espinoza, por el contrario, sacó de su bolso de viaje La cabeza, la última novela que había publicado Archimboldi, y se puso a repasar las notas que había escrito en los márgenes de las hojas y que constituían el núcleo de un ensayo que pensaba publicar en la revista que dirigía Borchmeyer.

La tesis de Espinoza, tesis compartida por Pelletier, era que con esta novela Archimboldi daba por cerrada su aventura literaria.

Después de La cabeza, decía Espinoza, ya no hay más Archimboldi en el mercado del libro, opinión que otro ilustre archimboldista, Dieter Hellfeld, consideraba demasiado arriesgada, basada tan sólo en la edad del escritor, pues lo mismo se había dicho de Archimboldi cuando éste publicó La perfección ferroviaria e incluso lo mismo dijeron unos profesores berlineses cuando apareció Bitzius. A las cinco de la mañana Pelletier se dio una ducha y luego preparó café. A las seis Espinoza estaba dormido otra vez pero a las seis y media volvió a despertarse con un humor de perros. A las siete menos quince llamaron a un taxi y arreglaron la sala.

Espinoza escribió una nota de despedida. Pelletier la miró de pasada y tras pensarlo unos segundos decidió dejar él también otra nota de despedida. Antes de marcharse le preguntó a Espinoza si no se quería duchar. Me ducharé en Madrid, contestó el español. Allí el agua es mejor. Es verdad, dijo Pelletier, aunque su respuesta le pareció estúpida y conciliadora. Después los dos se fueron sin hacer ruido y desayunaron, como ya lo habían hecho tantas veces, en el aeropuerto.

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