Pues lo usual. Los hombres se emborrachaban o se drogaban, veían partidos de fútbol o de béisbol grabados en vídeo, jugaban a las cartas, salían al patio a hacer puntería, hablaban de negocios. Nadie filmó nunca una película pornográfica o al menos eso le aseguró la muchacha de San Diego a Loya. A veces, en una habitación, los invitados veían películas ponográficas, la modelo había entrado una vez, por equivocación, y vio lo de siempre, tipos hieráticos con las caras iluminadas por el resplandor del vídeo porno. Siempre es así. Digo: hieráticos, como si ver una película en la que la gente coge convirtiera a los espectadores en estatuas. Pero nadie, según la modelo, ni filmó ni grabó en los narcorranchos una película de ese tipo.

A veces, algunos invitados se ponían a cantar rancheras y corridos. A veces, estos invitados salían al patio y recorrían el rancho como si fueran en procesión, cantando con toda su alma.

Y en una ocasión lo hicieron desnudos, tal vez alguno se cubría las partes pudendas con una tanga o con un calzoncillito de leopardo o de tigre, desafiando el frío que hace en esos lugares a las cuatro de la mañana, cantando y riéndose, de relajo en relajo, como si fueran los servidores de Satán. No son mis palabras.

Son las palabras que la modelo que vivía en San Diego le dijo a Loya. Pero nada de vídeos porno, de eso nada. Después Kelly dejó de contar con las modelos y ya no las llamó más. Según Loya, probablemente la decisión surgió de la misma Kelly puesto que las modelos tenían una tarifa alta y las putitas de Santa Teresa cobraban poco y Kelly no andaba con la economía muy saneada. Los primeros viajes los hizo a cuenta de Salazar Crespo, pero mediante éste conoció a gente importante de la zona y era posible que también hubiera organizado fiestas para un tal Sigfrido Catalán, que tenía una flota de camiones de basura y se decía que trabajaba en franquicia con la mayoría de las maquiladoras de Santa Teresa, y para Conrado Padilla, un empresario con intereses en Sonora, Sinaloa y Jalisco. Tanto Salazar Crespo como Sigfrido Catalán y Padilla, según Loya, tenían conexiones con el cártel de Santa Teresa, es decir con Estanislao Campuzano, que en algunas ocasiones, no muchas, a decir verdad, había asistido a esas fiestas. Pruebas, lo que cualquier tribunal civilizado consideraría pruebas, pues no las había, pero Loya durante el tiempo que trabajó para mí reunió una cantidad enorme de testimonios, pláticas de burdel o de borrachos, en las que se decía que Campuzano no iba pero a veces sí iba. En cualquier caso, narcotraficantes no faltaban en las orgías de Kelly, sobre todo dos de ellos, considerados lugartenientes de Campuzano, uno que se llamaba Muñoz Otero, Sergio Muñoz Otero, y que era el jefe de los narcos de Nogales, y un tal Fabio Izquierdo, que durante un tiempo fue el jefe de los narcos de Hermosillo y que luego había trabajado abriendo rutas para los transportes de droga desde Sinaloa a Santa Teresa o desde Oaxaca o desde Michoacán e incluso desde Tamaulipas que era territorio del cártel de Ciudad Juárez. La presencia en algunas fiestas de Kelly de Muñoz Otero y Fabio Izquierdo, Loya la daba por segura. Así que allí está Kelly, sin modelos, trabajando con muchachas de extracción social baja o ya de plano con putas, en narcorranchos abandonados a la buena de Dios, y en sus fiestas tenemos a un banquero, Salazar Crespo, a un empresario, el tal Catalán, a un millonario, el tal Padilla, y si no a Campuzano, al menos a dos de sus hombres más notorios, Fabio Izquierdo y Muñoz Otero, además de otras personalidades de la sociedad, del crimen y de la política. Una colección de próceres. Y una mañana o una noche mi amiga se desvanece en el aire.

Durante unos días, desde la redacción de El Independiente de Phoenix, Mary-Sue intentó ponerse en contacto con el periodita del DF que había entrevistado a Daniel Uribe. Éste casi nunca paraba en su periódico y la gente con la que hablaba se negaba a proporcionarle su número de celular. Cuando por fin pudo hablar con él, el periodista, que tenía voz de borracho y de mala persona, pensó Mary-Sue, o al menos de arrogante, no quiso darle el teléfono de Daniel Uribe pretextando que debía proteger la intimidad de sus fuentes. En un mal momento Mary-Sue le recordó que eran colegas, que ambos trabajaban para la prensa, y el tipo del DF le dijo que ni que hubieran sido amantes. De Josué Hernández Mercado, el periodista desaparecido de La Raza, nada se sabía. Una noche Mary-Sue se puso a rebuscar en el archivo que tenía sobre el caso Haas hasta dar con la crónica que Hernández Mercado escribió después de la no muy concurrida rueda de prensa en el penal de Santa Teresa.

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