Sin embargo, por más que la escolta haya decidido prescindir del astro de la mañana y su brillo innecesario, no por ello renuncia a emplear unos soles nocturnos: los reflectores. Resultan cómodos porque se pueden concentrar ahí donde hace falta: en el racimo de presos atemorizados, que esperan sentados la orden: «¡Los cinco siguientes, en pie! ¡Al vagón, paso ligero!». (¡Siempre a paso ligero! Para que el preso no mire a su alrededor, para que no reflexione, para que corra como si lo persiguiera una jauría, para que su único pensamiento sea no tropezar y caerse.) A paso ligero. Por ese senderillo desigual. Por la escalerilla por la que trepan al vagón. Los haces de luz fantasmagóricos y hostiles no se limitan a iluminar: son parte importante de la escenografía de la intimidación, al igual que los gritos estridentes, las amenazas, los golpes de culata sobre los rezagados; al igual que la orden: «¡Sentados en el suelo!». (Y a veces, como en la plaza de la estación del mismo Orel: «¡De rodillas!», y mil hombres se arrodillan cual una nueva especie de peregrinos); al igual que la carrerilla hacia el vagón, completamente inútil pero muy importante para lograr el efecto de terror; al igual que el fiero ladrido de los perros; al igual que los cañones apuntando (de fusil o de metralleta, según la década). Lo esencial es aplastar y aniquilar la voluntad del preso, para que ni siquiera piense en la huida, para que tarde aún mucho en darse cuenta de que tiene una nueva ventaja: haber pasado de una cárcel de piedra a un vagón de escuálidas tablas.

Para embarcar de noche a un millar de hombres en vagones con tanta precisión, es preciso que antes, en la cárcel, los hayan sacado de las celdas y preparado para el traslado, empezando la mañana del día anterior. Por su parte, la escolta debe hacerse cargo de ellos en la propia cárcel, un riguroso procedimiento que se alarga todo el día, pues hay que mantenerlos apartados durante largas horas fuera de las celdas, en el patio, sentados en el suelo, para no confundirlos con los que se quedan. Por tanto, para los presos el embarque nocturno no es sino alivio tras una jornada agotadora.

Además de lo que ya es habitual —pasar lista, controles, rapados, desinfecciones y baños—, la preparación para el traslado consiste fundamentalmente en un pasamanos(es decir, un cacheo) general. De éste no se encargan los guardias de la cárcel, sino la escolta que recibe a los presos. De acuerdo con el reglamento de traslados en vagones rojos, y también según sus propias consideraciones estratégicas, tras el registro a los presos no debe quedarles nada que pueda contribuir a una fuga: hay que quitarles todo objeto punzante o cortante; todo lo que sea polvo (dentífrico, azúcar, sal, tabaco, té) para que no puedan cegar con ello a los soldados de escolta; todo cordel, bramante, cinturón o similar que pueda ser utilizado para evadirse (por tanto, también las correas. De ahí que corten las correas que sujetan la prótesis de un cojo y que el inválido deba echarse al hombro la pierna artificial y avanzar a saltos aguantado por sus vecinos). Según el reglamento, lo demás —los objetos de valor y las maletas— se carga en un furgón-consigna especial y se devuelve a su propietario al final del trayecto.

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