Y de nuevo llegan prisioneros de guerra, siempre prisioneros de guerra; la riada de Europa lleva ya dos años sin cesar. Y de nuevo emigrados rusos, de Europa y de Manchuria. Y entre los emigrados buscamos a conocidos comunes: ¿De qué país viene usted? ¿Conoce a Fulano de Tal? Y siempre los conocían, naturalmente. (Así pude saber que habían fusilado al coronel Yásevich.) [302]

Y ese anciano alemán, aquel rechoncho alemán —ahora flaco y enfermo— al que en otro tiempo (¿haría ya doscientos años?) yo había obligado a llevar mi maleta en la Prusia Oriental. ¡Oh, qué pequeño es el mundo! ¡Quién iba a decir que volveríamos a vernos! El anciano me sonríe. Él también me ha reconocido y hasta parece alegrarse del encuentro. Me ha perdonado. Tiene diez años de condena, pero le queda muchísimo menos de vida... Y ese otro alemán, joven y grandullón, pero privado del habla, quizá porque no sabe ni palabra de ruso. A primera vista nadie diría que es alemán: los cofrades le han despojado de todas sus prendas alemanas y le han dado por trocauna guerrera soviética descolorida. Es un famoso as de la aviación alemana. Su primera campaña: la guerra entre Bolivia y Paraguay, [303]la segunda en España, la tercera en Polonia, la cuarta, la batalla de Inglaterra, la quinta en Chipre, y la sexta en la Unión Soviética. ¡Al ser un as de la aviación, era inevitable que hubiera ametrallado desde el aire a mujeres y niños! Criminal de guerra, diez años y cinco de bozal. Y, naturalmente, tampoco falta un leal en la celda (como por ejemplo, el fiscal Kretov): «¡Bien está que os hayan metido entre rejas, atajo de puercos, contrarrevolucionarios! ¡La historia triturará vuestros huesos, serviréis de abono!». «¡Y tú también, perro, más que perro!», le contestan a gritos. «¡No, yo no! ¡Mi caso lo revisarán, porque soy inocente!» Toda la celda lo abuchea escandalosamente. Un canoso profesor de lengua rusa se pone de pie sobre un catre, descalzo, y abre los brazos cual Cristo resucitado: «¡Hijos míos, reconciliaos! ¡Hijos míos!». A él también lo abuchean: «¡A tus hijos vete a buscarlos a los bosques de Briansk! [304]¡Nosotros ya no somos hijos de nadie! ¡Sólo somos hijos del Gulag!».

Después de la cena y del retrete vespertino, la noche asoma en las mordazas de las ventanas y se encienden las agobiantes bombillas que penden del techo. Si el día divide a los reclusos, la noche los acerca. De noche no había discusiones, sino que se organizaban conferencias o conciertos. Y de nuevo resplandecía Timoféyev-Ressovski: dedicaba veladas enteras a Italia, Dinamarca, Noruega, Suecia. Los emigrados hablaban de los Balcanes, de Francia. Uno daba una conferencia sobre Le Corbusier, otro sobre la vida de las abejas, otro sobre Gógol. ¡Se fumaba a más no poder! El humo flotaba como niebla por toda la celda, pues la ventana no ofrecía tiro alguno por culpa del bozal. Cierta vez Kostia Kiula, que tenía mi misma edad, cara redonda, ojos azules, desmañado hasta la comicidad, se adelantó hacia la mesa y recitó unos versos que había compuesto en prisión. Los versos se titulaban: «El primer paquete», «A mi esposa», «A mi hijo». Cuando en prisión tu oído coge al vuelo versos escritos en cautiverio, no te preocupa si su autor ha observado el sistema tónico-silábico o si la rima es asonante o consonante. Esos versos son sangre de tu corazón, lágrimas de tu propia esposa. En la celda los presos lloraban. [305] 64

En aquella celda fue donde me decidí a componer también yo versos sobre la prisión. Empecé por recitar versos de Ese-nin, poeta casi prohibido antes de la guerra. El joven Bubnov, uno de los prisioneros de guerra que al parecer no había podido terminar sus estudios, miraba con fervor a los que recitaban y se le iluminaba el rostro. No era ningún especialista técnico, no venía de un campo, sino que se dirigía a él por primera vez: lo más probable es que ahí le aguardara la muerte, pues en los campos no hay sitio para personas con tanta pureza y rectitud de carácter. Para él y para tantos otros aquellas veladas en la celda n° 75 significaban —en su pausado descenso hacia la muerte— una súbita revelación de un mundo maravilloso que existe y existirá, un mundo que el cruel destino les impedía disfrutar, aunque fuera un solo año, uno solo de sus años jóvenes.

Se abrió la tapa de la rendija para la comida y rugió el hocico del carcelero: «¡Toque de silencio!». No, ni siquiera antes de la guerra, cuando estudiaba en dos institutos a la vez, cuando además ganaba algún dinero dando clases y hacía mis pinitos de escritor,creo que ni siquiera entonces viví unos días tan plenos, tan desgarradores y tan densos como los de aquel verano en la celda n° 75...

—Permítame —le digo a Tsarapkin—, pero en aquella ocasión cierto Deul, un chico que a los dieciséis años ya había sacado un cinco [306](y no precisamente en la escuela) por «propaganda antisoviética»...

—¿Cómo, también usted lo conoce? Iba con nosotros en un traslado a Karagandá...

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