Por lo demás, pronto iban a cobrarse con creces ese cópek, en aquellos mismos años y por los mismos puntos del inconmensurable Artículo. ¿Quién advirtió en 1940 esa riada de esposas que no quisieron renegarde sus maridos? ¿Y quién recuerda, incluso en el mismo Tambov, que en este año reposado encarcelaron a toda una orquesta de jazz que tocaba en el cine Modern, por ser todos enemigos del pueblo? ¿Y quién se percató de los treinta mil checos que en 1939 habían huido de la Checoslovaquia ocupada para refugiarse en un país eslavo hermano como era la URSS? Nadie podía garantizar que alguno de ellos no fuera un espía. Los enviaron a todos a los campos de concentración del norte (he aquí de donde surgió durante la guerra civil el «contingente checoslovaco»*). Pero, permítanme, ¿no fuimos nosotros quienes tendimos la mano en 1939 a los ucranianos occidentales, a los bielorrusos occidentales, y luego en 1940, a los países bálticos y a Moldavia? [55]Nuestros pobres hermanos estaban completamente descarriados, de ahí que les organizáramos riadas de profilaxis socialhacia el destierro del norte, hacia Asia Central, y se trataba de mucha gente, de muchos cientos de miles. (Resulta curioso saber lo que les cargaban:a los ucranianos occidentales, «colaboracionismo con la Polonia blanca», a los de Bukovina y Bessarabia, lo mismo pero con la Rumania blanca. ¿Y a los judíos que se pasaron a los nuestros desde la parte alemana de Polonia? ;Pues colaboracionismo con la Gestapo, naturalmente! - M. Pinjásik.) Detuvieron a los demasiado acomodados, a los influyentes, y almismo tiempo a los demasiado independientes, a los demasiado inteligentes, a los que destacaban demasiado en todas partes; prendieron a los oficiales, y especialmente a los polacos en las que fueron regiones polacas (fue por aquel entonces cuando confinamos a aquellas desdichadas gentes en Katyn, fue entonces cuando hicimos posible, en los campos de concentración del norte, el futuro ejército de Sikorski-Anders). En todas partes cogían a los oficiales. Así se sacudía a la población, se la hacía callar, se la privaba de los posibles líderes de una resistencia. Así se le imponía cordura, se agostaban las anteriores relaciones, las viejas amistades.

Finlandia nos había dejado un istmo sin población [56]pero en 1940 pasaron por Carelia y por Leningrado las personas segregadas y deportadas por tener sangre finesa. Nosotros no advertimos este arroyuelo: nuestra sangre no es finesa.

Y en la guerra contra Finlandia se dio la primera experiencia: condenar como traidores a la patria a aquellos de los nuestros que habían caído prisioneros. ¡La primera experiencia en la historia de la humanidad! ¡Y ya veis qué cosas, no nos dimos cuenta!

Justo después de este primer ensayo se desencadenó la guerra y, con ella, la descomunal retirada. Era preciso apresurarse porque quedaban pocos días para seguir purgando gente en las repúblicas occidentales abandonadas al enemigo. Con las prisas, en Lituania se abandonaron unidades militares enteras, regimientos, divisiones de artillería y de antiaéreos, pero en cambio se las supieron ingeniar para llevarse algunos miles de familias lituanas sospechosas (cuatro mil de ellas fueron llevadas después al campo de Krasnoyarsk y libradas al pillaje de los presos comunes). A partir del 23 de junio les entraron las prisas con los arrestos en Letonia y Estonia. Pero aquello estaba al rojo vivo y era preciso retroceder aún más deprisa. Olvidaron evacuar fortalezas enteras, como la de Brest, pero no olvidaron fusilar a los presos políticos en sus celdas y en los patios de las cárceles de Lvov, Rovno, Tallin y muchas otras del oeste. En la cárcel de Tartu fusilaron a 192 personas y arrojaron los cadáveres a un pozo.

¿Cómo poder imaginárselo? Sin que tú sepas nada, se abre la puerta de la celda y disparan contra ti. Agonizas entre gritos, pero nadie, fuera de las piedras de la prisión, te oye ni puede contarlo. Se dice, por lo demás, que a algunos no los remataron. ¿Llegará a publicarse un día quizás un libro sobre esto?

En 1941 los alemanes cercaron y cortaron las comunicaciones de Taganrog tan rápidamente, que en la estación iban a quedarse unos vagones de mercancías con presos dispuestos para la evacuación. ¿Qué hacer? No iban a liberarlos. Tampoco iban a dejárselos a los alemanes. Acercaron un vagón cisterna, regaron los vagones con petróleo y les prendieron fuego. Los quemaron vivos a todos.

En la retaguardia, la primera riada de la guerra fue la de los difusores de rumores y sembradores de pánico,que eran condenados por un decreto especial, al margen del Código Penal, publicado en los primeros días de la guerra. Fue una sangría de prueba para mantener la disciplina general. A todos les caían cinco años, aunque no lo consideraban como Artículo 58 (y los pocos que sobrevivieron en los campos de reclusión en esos años de guerra fueron amnistiados en 1945).

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги