Ciertamente, en nuestro país preferían el arresto nocturno, como el que acabamos de describir, porque ofrecía considerables ventajas. Todos los ocupantes del piso estaban dominados por el horror desde el primer golpe en la puerta. El detenido era arrancado de la tibia cama, por lo que se encontraba enteramente en la indefensión del sueño y su razón aún estaba enturbiada. En un arresto nocturno, los agentes disponían de superioridad de fuerzas: llegaban varios hombres, armados, contra uno solo con los pantalones a medio abrochar; durante los preparativos y el registro se tenía la seguridad de que en el portal no se congregaría una muchedumbre de posibles partidarios de la víctima. La lenta y gradual visita a una vivienda, luego a otra, mañana a una tercera y a una cuarta, ofrecía la posibilidad de utilizar de forma racional al personal operativo y de meter en la cárcel a una cantidad de ciudadanos varias veces superior al número de agentes que componían la plantilla.

Otra de las ventajas de los arrestos nocturnos era que ni los vecinos de la casa, ni las calles de la ciudad, podían ver a cuántos se habían llevado durante la noche. Aunque asustaban a los vecinos más cercanos, no eran ningún acontecimiento para los que vivían más lejos. Como si no existieran. Por aquel mismo asfalto que de noche recorrían los «cuervos»* pasaba de día la juventud con banderas y flores cantando alegres canciones.

Sin embargo, los que recolectaban,aquellos cuya tarea consistía sólo en arrestar, aquellos para quienes los horrores de los detenidos eran una tediosa rutina, entendían la operación de detener de un modo mucho más amplio. Tenían una gran teoría; no vayan a creer, ingenuamente, que no la tenían. La ciencia de la detención es un párrafo importante del curso general de penitenciaría y se sustenta en una teoría social fundamental. Los arrestos se clasificaban según las modalidades: nocturnos y diurnos; en el domicilio, en el lugar de trabajo y en viaje; por primera vez o por segunda vez; individuales o en grupo. Los arrestos se distinguían por el grado de sorpresa requerido, por el nivel de resistencia que cabía esperar (aunque en decenas de millones de casos no se esperaba ninguna resistencia, porque no se daba). Las detenciones se diferenciaban también por la escrupulosidad del registro; por la necesidad o no de levantar inventario y confiscarlo todo; por el sellado de las habitaciones o viviendas; por la necesidad de detener a la esposa después que al marido, de enviar a los niños a un orfanato, o bien al resto de la familia al destierro, o también a los ancianos a un campo penitenciario.

Por otra parte, existe toda una Ciencia del Registro (en Almá-Atá tuve ocasión de leer un folleto para quienes estudiaban Derecho por correspondencia). El folleto se deshacía en elogios hacia los juristas a quienes durante un registro no se les caen los anillos por revolver dos toneladas de estiércol, seis metros cúbicos de leña, dos carretas llenas de heno, limpiar de nieve toda la zona aneja a la finca, arrancar los ladrillos de las estufas, vaciar los pozos negros, comprobar las tazas de los retretes, buscar en las casetas de los perros, en los gallineros, en los nidos de estorninos, agujerear los colchones, arrancar cataplasmas e incluso dientes metálicos para buscar un microfilme. Se recomendaba muy encarecidamente a los estudiantes que empezaran por cachear al detenido y que al terminar procedieran a un segundo cacheo (por si el detenido se había guardado algo que buscaban); y también que volvieran de nuevo al mismo lugar, pero a otra hora del día, para practicar un nuevo registro.

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