«En el interrogatorio de Vanéyev (un estudiante), los gendarmes se enteraron de muy poco, como era de esperar(tanto aquí como en adelante, la cursiva es mía - A.S.). Les comunicó únicamente que los manuscritos hallados en su casa se los había dado para que los guardara unos días antes del registro, en un solo sobre, una persona que no deseaba nombrar.Al juez no le quedó más recurso(¿Cómo? ¿Y el agua helada hasta el tobillo? ¿Y la lavativa salada? ¿Y la porra de Riumin?) que someter el manuscrito a examen pericial». Y no encontraron nada. Al parecer, en cuestión de campos penitenciarios, Peresvétov también había tenido lo suyo,por lo que no le hubiera resultado difícil enumerar qué otros recursos le quedaban a un juez de instrucción si tuviera ante él al depositario del artículo «¿En qué piensan nuestros ministros?».

Como recuerda S.P. Melgunov: «Aquélla era una prisión zarista, una cárcel de bendita memoria que los presos políticos acaso recuerden ahora con alegría». [95] 4

Nos encontramos ante concepciones que se han visto trocadas, se trata de escalas muy diferentes. Del mismo modo que los carreteros de la época anterior a Gógol no podrían concebir la velocidad de un avión de reacción, tampoco quien no haya pasado por la picadora de carne del Gulag puede imaginarse las verdaderas posibilidades de una instrucción sumarial.

En el periódico Izvéstiadel 24 de mayo de 1959 leemos: A Yulia Rumiántseva la llevaron a la cárcel interna de un campo de concentración nazi para averiguar dónde estaba su marido, evadido de ese mismo campo. Ella lo sabía, ¡pero se negó a responder! El lector no avezado verá en esto un modelo de heroísmo, pero el lector con un amargo pasado en el Gulag verá una torpeza modélica por parte del juez de instrucción. Yulia no murió torturada, no fue empujada a la locura, ¡sii», plemente, un mes después la soltaron vivita y coleando!

* * *

Todas estas ideas sobre la necesidad de ser de piedra me eran totalmente desconocidas en aquella época. Hasta tal punto carecía de preparación para romper mis cálidos lazos con el mundo, que durante mucho tiempo estuvieron quemándome por dentro los centenares de lápices Faber, mi trofeo de guerra, que me quitaron al detenerme. Cuando desde la perspectiva que da la cárcel repasaba la instrucción de mi sumario, no encontraba motivos para sentirme orgulloso. No hay duda de que podría haberme mostrado más firme, y probablemente habérmelas compuesto con más ingenio. La ofuscación mental y la desmoralización se adueñaron de mí en las primeras semanas. Y si estos recuerdos no me remuerden la conciencia es sólo porque, gracias a Dios, no llegué a enviar a otros a la cárcel. Pero poco faltó.

Nuestra caída en la cárcel (la mía y la de Nikolái Vitkévich, encausado conmigo) nos la buscamos como crios, aunque éramos ya oficiales del frente. Durante la guerra mantuvimos correspondencia desde dos sectores del frente, y no supimos abstenernos, pese a la censura militar, de expresar en nuestras cartas, sin disimularlo apenas, nuestra indignación y blasfemias políticas contra el Sabio de los Sabios, transparentemente codificado por nosotros como el Pachá, [96]en vez de Padre. (Cuando después, en las cárceles, hablaba de mi expediente, nuestra ingenuidad no hacía sino provocar risa y asombro. Me decían que era imposible encontrar a nadie más zopenco. Y yo también me convencí de ello. De pronto, al leer un estudio sobre la causa de Alexandr Uliánov, me enteré de que los habían cogido por lo mismo, por una imprudente correspondencia, y que sólo esto salvó la vida de Alejandro III el 1 de marzo de 1887.

Andréyushkin, un miembro del grupo, envió a un amigo de Jarkov esta sincera carta: «Creo firmemente que habrá el terror más implacable [en nuestro país], e incluso en un futuro no muy lejano... El terror rojo es mi pasión... Me preocupa mi destinatario (¡No era la primera de esas cartas que escribía! - A.S.)... si a él le ocurriera lo que yo me creo, también a mí podría ocurrirme, lo que no sería deseable, pues conmigo arrastraría a mucha gente de valía». En Jarkov, la búsqueda para averiguar quién había escrito esa carta sellada en Petersburgo se hizo sin prisa alguna y se prolongó cinco semanas. El nombre de Andréyushkin no fue descubierto hasta el 28 de febrero, ¡y el 1 de marzo, los terroristas, provistos ya de sus bombas, fueron detenidos en la avenida Nevski justo antes del momento previsto para el atentado!

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