Mohamed Abu Alhamar conservó sus facultades intelectuales y su vigor hasta una edad muy avanzada. A los setenta y nueve años salió al campo a caballo, acompañado de la flor de sus caballeros, para rechazar una invasión en sus territorios. Al salir el ejército de Granada, uno de los principales adalides que iban al frente de él rompió casualmente su lanza contra el arco de la puerta. Los consejeros del rey, alarmados por este suceso, que consideraban como un mal presagio, le suplicaron que se volviese a su palacio. Cuantos ruegos le hicieron todos fueron inútiles, pues el rey insistió en continuar, cumpliéndose fatalmente el presagio, y -según cuentan los cronistas árabes- Mohamed se vio súbitamente atacado a la caída de la tarde de una enfermedad repentina, faltando poco para que cayese de su caballo. Pusiéronle en una litera, conduciéndole de nuevo a Granada; pero su enfermedad se agravó de tal manera, que se vieron obligados a instalarle en una tienda de campaña en la Vega. Sus médicos estaban consternados, sin saber qué remedio administrarle, falleciendo al cabo de pocas horas vomitando sangre y en medio de las más horribles convulsiones. El infante castellano don Felipe, hermano de Alfonso X, estaba a su lado cuando murió. Su cuerpo fue embalsamado, depositado en un ataúd de plata y enterrado en la Alhambra en un mausoleo de mármol, en medio de los sollozos y lamentos de sus súbditos, que lo lloraron como a un padre.
Tal fue el ilustre príncipe patriota que fundó la Alhambra, cuyo nombre se encuentra entrelazado con sus delicados adornos, y cuya memoria inspira los más gigantescos pensamientos a los que visitan esta desolada mansión de su magnificencia y de su gloria. Aunque sus empresas eran atrevidas y sus gastos inmensos, su erario estaba siempre abundante, dando lugar esta contradicción a la conseja que lo suponía versado en la magia, y a la opinión general de que poseía el secreto de cambiar los metales viles en oro. Los que fijen su atención en la política de este monarca que he consignado aquí se explicarán fácilmente la magia natural y la sencilla alquimia que hacía que su tesoro estuviese siempre nadando en la abundancia.
Yusef Abul Hagig, el finalizador de la Alhambra
Debajo de las habitaciones del gobernador de la Alhambra se halla la Mezquita Real, donde los monarcas mahometanos rezaban sus devociones. Aunque fue después consagrada como capilla católica, conserva todavía restos de su carácter musulmán; pueden verse aún las columnas árabes con sus dorados capiteles y las galerías de celosías para las mujeres del harén, y en sus paredes están mezclados los escudos de armas de los reyes moros con los de los soberanos de Castilla.
En este sagrado aposento murió el ilustre Yusef Abul Hagig, el noble príncipe que terminó la Alhambra, el cual se hizo digno casi de igual renombre que su magnánimo fundador, por sus preclaras virtudes y singulares dotes. Con grata complacencia sacó de la oscuridad en que ha permanecido por tan largo tiempo el nombre de uno de los soberanos de esta dinastía casi olvidada que reinó con esplendor y gloria en Andalucía cuando toda Europa estaba sumida en un estado de barbarie relativo.
Yusef Abul Hagig -o, como se escribe generalmente, Haxis- subió al trono de Granada en el año 1333, y sus prendas personales y dotes intelectuales le ganaron las simpatías de todos, augurándole un reinado feliz y próspero. Era de noble presencia, de extraordinaria fuerza física y dotado de singular belleza; su cutis era excesivamente blanco, y -según los cronistas arábigos- aumentaba su gravedad y majestad dejándose crecer grandemente la barba y tiñéndola de negro. Tenía una memoria prodigiosa y bien enriquecida de ciencia y erudición; era de genio vivo y estaba reputado por uno de los mejores poetas de su tiempo; sus modales eran por todo extremo corteses, afables y urbanos. Yusef poseía el valor personal de las almas generosas, pero su carácter se adaptaba, más a la paz que a la guerra, viéndose extraordinariamente contrariado cuando se veía precisado a empuñar las armas, lo cual sucedía con frecuencia en aquéllos tiempos. Llevaba su benignidad de carácter hasta la práctica misma de la guerra, prohibiendo toda crueldad innecesaria y desviviéndose por poner a salvo a las mujeres, niños, ancianos, enfermos, religiosos y personas de vida ejemplar y escogida.
Entre sus empresas desgraciadas se cita la campaña que emprendió en compañía del rey de Marruecos contra los reyes de Castilla y Portugal, y que concluyó con la derrota de la memorable batalla del Salado, cuyo desastroso revés fue un verdadero golpe de muerte para el poder musulmán en España.