El rey, que era de carácter vidrioso y tiránico por temperamento, se irritaba por esto los primeros días; pero reflexionó después que sus hijas habían entrado ya en la edad en que el alma de la mujer se ensancha y se aumentan sus deseos. «Ya no son niñas -se dijo-; ya son mujeres formadas, y necesitan objetos que les llamen la atención.» Llamó, por lo tanto, a las modistas, los joyeros y los artistas en oro y plata del Zacatín de Granada, y abrumó a las princesas con vestidos de seda, de tisú y brocados, chales de Cachemira, collares de perlas y diamantes, anillos, brazaletes y con toda clase de objetos preciosos.
A pesar de todo esto, nada dio resultado; las princesas siguieron pálidas y tristes en medio de tanto lujo y suntuosidad, y parecían tres capullos marchitos agotándose en un mismo tallo. El rey no sabía qué hacerse, y como tenía gran confianza en su propia manera de pensar, jamás pedía a nadie consejo. «Los antojos y caprichos de tres doncellas casaderas son en verdad cosa harto suficiente -decía a sí mismo- para poner en un aprieto al hombre más avisado.» Así, pues, por primera vez en su vida, pidió que le iluminaran con un consejo. La persona a quien se dirigió, demandándosele, fue la experimentada dueña.
-Kadiga -dijo el rey-, creo que eres una de las mujeres más discretas del mundo entero, y también que me eres fiel; por lo cual te he tenido siempre al lado de mis hijas. Los padres no deben ser reservados con aquellos en quienes depositan su confianza; deseo, por lo tanto, que averigües la secreta enfermedad que se ha apoderado de las princesas y que descubras los medios de devolverles la salud y la alegría.
Kadiga, en términos explícitos, le prometió obediencia. Ella conocía mejor que las infantas mismas la enfermedad de que adolecían; y encerrándose con ellas, procuró ganar su confianza.
-Mis queridas niñas: ¿qué razón hay para que os mostréis tristes y apesadumbradas en un sitio tan delicioso como éste, y donde tenéis todo cuanto el alma pueda desear?
Las princesas miraron melancólicamente en torno del salón y lanzaron un suspiro.
-¿Qué más queréis? ¿Por ventura quisierais que os trajera el admirable loro que habla todas las lenguas y que hace las delicias de Granada?
-¡No! ¡No! -exclamó la princesa Zayda-. Ése es un pájaro horrible y vocinglero que charla sin tener idea de lo que dice; es menester no tener sentido común para soportar tal tabardillo.
-¿Os hago traer un mono del Peñón de Gibraltar para que os divierta con sus gestos?
-¡Un mono! ¡Ah!... -exclamó Zorayda-. ¡La detestable imitación del hombre! Aborrezco a ese asqueroso animal.
-Entonces haré venir al famoso cantor negro Casem, del harén real de Marruecos. Dicen que tiene una voz tan delicada como la de una mujer.
-Me aterroriza el mirar los esclavos negros -dijo la dulce Zorahayda-; además he perdido la afición a la música.
-¡Ay, hija mía! No dirías eso -dijo la anciana maliciosamente- si hubieras oído la música que yo oí anoche a los tres caballeros españoles que tropezamos en nuestro viaje. Pero, ¡noramala de mí!, ¿por qué os ponéis, niñas, tan ruborizadas y en tal estado de turbación?
-¡No es nada, no es nada, buena madre! Seguid, os lo rogamos.
-Pues bien; cuando pasé ayer noche por las Torres Bermejas, vi a los tres caballeros descansando del rudo trabajo del día. ¡Uno de ellos estaba tocando la guitarra tan gallardamente... mientras los otros cantaban, alternando, con tal estilo, que los mismos guardias parecían estatuas u hombres encantados! ¡Allah me perdone, pero al oír las canciones de mi país natal, me sentí conmovida! Y luego, ¡ver tres jóvenes tan nobles y gentiles cargados de cadenas y en la esclavitud!
Al llegar aquí no pudo contener la buena anciana las lágrimas que le venían a los ojos.
-¿Y no pudierais, madre, procurarnos el que viésemos a esos nobles caballeros? -preguntó Zayda.
-Yo creo -añadió Zorayda- que un poco de música nos reanimaría extraordinariamente.
La tímida Zorahayda no dijo nada, pero echó los brazos al cuello de Kadiga.
-¡Infeliz de mí! -exclamó la discreta anciana-. ¿Qué estáis diciendo, hijas mías? Vuestro padre nos quitaría la vida a todas si luego lo supiese. Además, aunque estos caballeros son bien educados y nobles, ¿qué importa? Al fin son enemigos de nuestra fe, y no debéis pensar en ellos más que para aborrecerlos.
Hay una admirable intrepidez en los deseos de la mujer, especialmente cuando está en la edad de casarse, que le hace no acobardarse ante los peligros ni las negativas. Las princesas rodearon a la dueña rogándole y suplicándole, y asegurándole por último que su obstinada negativa les desgarraría el corazón.