– Estoy pensando en otra cosa, mi amor. ¿Sabes lo que quiere decir «Llevarse a alguien al huerto»? Yo no sé si en el Perú se usó esa expresión, alguna vez, y después se perdió. O si nunca se utilizó. Pero en España sí se emplea y el diccionario de la Real Academia dice, más o menos, que llevarse a alguien al huerto quiere decir engañar a alguien. Y, actualmente, mucha gente usa la expresión sólo con el sentido de llevarse a alguien a la cama con engaños… ¿Qué te parece?

– Me parece que estoy en tus manos y que no me han cerrado un ojo sino los dos. Pero digamos que por ahora no importa.

– ¿Conque ésas tenemos, no?

– Dame huerto, Natalia. Todo el huerto que puedas.

– Y para después, ¿qué propones?

– Huerto para siempre, estoy seguro. Porque, ademas, en mi casa no creo que quieran recibirnos.

– El huerto, Carlitos. «Hemos llegado a nuestro destino», como dicen a veces.

– Suena muy bonito, Natalia. Y a mí me suena muy real, también.

– Dios te oiga y Lima nos olvide…

Natalia tocó la bocina e inmediatamente aparecieron Luigi y Marietta para abrir la gran reja de par en par y dar paso al automóvil. Y ahí venía ahora la pareja por el camino de grava bordeado de inmensos árboles que llevaba hasta una antigua y preciosa casona campestre, cubierta de buganvillas. Luigi era alto y enjuto, y Marietta algo gorda y más bien baja. Los dos tenían el pelo blanco, la piel muy colorada y arrugada y sabe Dios qué edad. ¿Cuántos años podían tener? Pues muchos, porque habían llegado al Perú con el siglo y siendo mayores de edad. Sin embargo, tanto él como ella pertenecían a ese tipo de gente en que el paso de los años se detiene un día para siempre. Y, como afirmaba siempre Luigi, tanto a él como a su Marietta le quedaban aún muchísimas jornadas de trabajo en el cuerpo, muchísimas, sí. Y verdad que se les veía fortachones y enteritos.

A Carlitos, en cambio, parecían quedarle apenas minutos de vida, y es que mientras el matrimonio italiano cerraba la reja y se acercaba a saludarlos, él permanecía totalmente ido en su asiento del automóvil. Ido, con la boca abierta, la respiración entrecortada, y la cabeza aplastada contra el respaldar. Y ni cuenta se dio de que Luigi y Marietta le habían dado la bienvenida y él les había respondido con un gesto algo papal, elevando ambos brazos con las palmas de la mano abiertas, como quien va levantando algo poquito a poco, y luego despidiéndolos con un Vayan con Dios, hijos míos.

– Tuvo un accidente -les dijo Natalia a sus italianos, como ella los llamaba. Y ambos sonrieron, como quien ni mira ni pregunta, como una vieja lección aprendida.

– La señora Natalia fue asaltada por cuatro bandoleros, en la terraza de mi casa -soltó Carlitos, cuando ella menos se lo esperaba-. ¿O no, mi amor?

– Bueno -dijo Natalia, mirando a Luigi y a Marietta, y sonriendo-. Bueno…

– Entiendo que tendré que buscar una explicación mejor. Y créanme que lo intentaré, señoras y señores, pero otro día, porque ahora vengo de la guerra y estoy gravemente herido.

Los italianos sonrieron, por todo comentario, y Natalia decidió avanzar hasta la antigua casona, maravillosa allá al fondo, y esperar que la gente de servicio llegara de Chorrillos. No podían tardar. Pero Carlitos estaba tan raro, tan ausente y despistado, que mejor se tumbaba nuevamente a descansar. Ella sabía lo distraído que podía llegar a ser, y para pruebas lo de anoche, pero también era verdad que no hacía ni veinticuatro horas que lo conocía.

– Bajamos, amor.

– No sé si lograré acostumbrarme jamás -le dijo, de pronto, Carlitos, que, en el fondo, lo único que tenía es que se había quedado turulato con tanta naturaleza en medio de un desierto, casi.

– Dime la verdad, Carlitos. ¿Te pasa algo? ¿Hay algo que no te gusta? ¿Algo que te incomoda o te desagrada?

– Tu casota parece un cortijo andaluz en pleno corazón del África, Natalia, y afuera el Sahara, o algo así. Y yo, la verdad, no estaba preparado para tanto exotismo. ¿No sera todo esto efecto de los golpes?

– Es mi huerto y a mí me encanta, amor. Poco a poco te irás acostumbrando, vas a ver.

– Creo que, a partir de ahora, tendré que nacer de nuevo todos los días. Tal vez así…

Carlitos no terminó su frase y Natalia les hizo una seña a Luigi y Marietta, para que se acercaran a ayudarla.

– En cierto sentido -les dijo, por toda explicación-, el señor Carlos Alegre sí llega herido de la guerra. Herido grave.

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