En una alcoba del Gran Hotel Bolívar, Natalia le probó que nunca más le volvería a hacer eso, por más que lo hubieran planeado entre los dos. Y varias horas más tarde, ya bien entradita la noche, se lo volvería a probar en una alcoba del hotel Crillón, aunque la música de un piano maravilloso, primero, y un órgano entrañable, después, tuvieron mucho que ver en el asunto. Natalia era ahora una mujer elegantísima, y a Carlitos le quedaba más o menos un terno, algo grande una camisa, y bastante bien una corbata de urgencia que compraron casi a ciegas en una sastrería de La Colmena. Por lo menos era ropa de buen gusto. Comieron, primero, en el Sky Room, y luego bajaron al primer piso a escuchar un poco de música y ella a tomarse una copa más de champán. Carlitos sí que metió las cuatro, entonces, y el formal y muy compuesto mozo casi lo mata de una miradita filuda, pero no tuvo más remedio que ceder a los caprichos del hijo de la multimillonaria, el muy cretino, y traerle exactamente una copa de champán como la de la señora, pero vacía, y me la llena usted después con tres cuartos de Coca-Cola y uno de vino tinto, para acompañarla a la señora y que parezca verdad que bebo algo, je, aunque pensándolo bien no tanta Coca-Cola porque tres cuartos más uno de vino hacen cuatro y si se desborda la copa, mire usted, ya yo esta mañana me manché todito y, este, je, je, no quisiera…

Es verdad que sólo Natalia era capaz de no matar a veces a un tipo así, pero en el amor como en la guerra, que decía Napoleón. Y ahí estaban los dos felices, sentaditos al lado del piano de Erik von Tait, al que le bastó tocar un solo acorde de la primera melodía que se le vino a la mente para darse cuenta de que el mozo era un animal y esta inefable pareja dos amantes que se adoran… Y ya desde entonces tocó nada más que para ellos y le hizo muchísima gracia que Carlitos le fuera pidiendo, una y otra vez, Siboney. Le dio gusto en todo, al señor, y Natalia lo invitó a tomar una copa con ellos. Aquel músico negro y elegante era panameño y podía poner a los amantes en cualquier estado de ánimo con sus canciones. Había magia en lo que tocaba y una inmensa bondad y elegancia en sus palabras. Componía canciones, sí, también, y varias de ellas se las enviaba a Nat King Cole, a ver si se las interpretaba. Hasta ahora no había tenido suerte, no.

Erik von Tait regresó al órgano, esta vez, y mucho rato estuvo tocando una suerte de interminable Siboney, con más y más variaciones sobre un tema que iba alargando especialmente para esa pareja feliz. Y así hasta que los mandó a una cama y una alcoba bastante urgentes, aunque llena de mar y de arena, de cocos y maracas y noche tropical en alguna playa caribe que él había conocido a fondo, indudablemente.

Se volvieron a ver varias veces, en el Crillón, en el huerto, y en la casita que Erik alquilaba en la avenida la Paz, en Miraflores. Erik von Tait fue el músico de aquel inmenso amor. Y una mañana llamó feliz a Natalia para contarle que la canción que compuso para ellos, y sobre ellos, con esas lindas palabras y la inolvidable melodía, se la acababa de aceptar Nat King Cole.

Pero las travesuras, las despedidas inventadas y los reencuentros felices de los amantes del Mini Minor rojito no terminaron aquella primera noche en el hotel Crillón. Al día siguiente, lanzados a la carretera central, también convirtieron en alcoba un dormitorio de La Hostería, en la vieja y ya alicaída Chosica Baja, y, allá por Chaclacayo, otro dormitorio en el Residencial Huampaní, auge con sol, río, jardines y piscina, de la mesocracia limeña de aquellos años, aunque para nada modelo de elegancia ni mucho menos de alta hostelería. Sólo la gloria del cuerpo de Natalia y la demoledora, insaciable y penetrante curiosidad de su copiloto lograron que un par de dormitorios bastante chuscones se transformaran en dos señoras alcobas, por primera y última vez en sus vidas.

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