De todas formas, aquí estoy, sentado en la cama, mirando los monitores de vigilancia de circuito cerrado y pensando guarradas, intentando que se me ponga dura. Me acuerdo de Angharienne y de todo lo que hacíamos. ¡Cómo nos despertábamos! Parece difícil de creer, pero cuando eres joven lo pruebas todo. Vale, solo se es joven una vez, como se suele decir (el pequeño familiar no está de acuerdo, pero aún tiene que demostrar que me equivoco). Supongo que trescientos años no están mal, pero joder, todavía no estoy preparado para morirme, aunque parece que no tengo elección. El familiar ha intentado algunas cosas (él tampoco tiene elección, porque lo tengo unido a mí), pero hasta ahora ninguna ha funcionado y creo que al muy cabrón se le han agotado las ideas. Dice que aún le quedan balas en la recámara, que no sé lo que quiere decir, pero bueno. Lo que sea. El familiar está sentado en la mesita de noche, arrugado y gris. Ya no se sienta en mi hombro desde que hicimos el castillo volador (él lo llama «barco», pero le gusta confundir las cosas, porque a la habitación la llama «puente de mando»). Lo que pasó fue que volvimos a ver al brujo que me ayudó a entrar en el Inframundo y los dos (el brujo y el familiar) tuvieron una pelea y yo tuve que mirar desde un rincón, congelado por un hechizo que el maldito familiar nos había echado. Al final ganó el familiar, pero entonces, cuando ya podía habérmelo quitado de encima, se dio cuenta de que no podía hacer lo que quería, que era ocupar el cuerpo del brujo; parece que va contra las normas y eso; yo lo podía sacar del Inframundo, pero él no podía poseer un cuerpo vivo, tenía que hacerlo con un objeto inanimado. Se quedó hecho polvo, el pobre. Atrapado en el pequeño cuerpo del familiar y sin poder escapar. Se cabreó mucho y empezó a destrozar la guarida del brujo, y yo pensé que luego iría por mí, pero no. Al final se tranquilizó, volvió a mi hombro y me liberó del hechizo. Me explicó que estábamos destinados a estar juntos para bien o para mal, y que tendríamos que llevarnos lo mejor posible.
Quizá es lo mejor, nunca se sabe. No creo que hubiera vivido tanto tiempo sin él; a veces tenía ideas muy buenas y eso. La primera fue volver a ver a la joven con la que hice tratos poco antes de rescatarlo del Hades. Angharienne, así se llamaba; el familiar pensó que ella y yo podríamos llegar a una especie de pacto, según dijo. Al principio, ella no lo tenía nada claro, pensó que el familiar quería ocupar su cuerpo y eso, pero entonces tuvieron una charla bastante complicada y los dos hicieron magia y entraron en trance (menudo aburrimiento), y se despertaron sonriendo y estando de acuerdo. El familiar me dijo que íbamos a cumplir una especie de trato. «Vale», acepté, «siempre que no haya nada sucio en él». De todas formas, me da a mí que así es como he llegado a ser un viejo caballero de la espada.
– ¿Qué está haciendo? ¿Acaso quiere resucitar a los muerto»?
– Cállate; no es asunto tuyo.
– Claro que es asunto mío. ¿Y si sufre un ataque al corazón o algo similar?
– Entonces haces algo de magia para revivirme.
– Ni soñarlo. Seguro que estiraría la pata. Déjelo, haga el favor, es indecoroso para un hombre de su edad. Su cerebro puede seguir retrasado, pero su edad física es avanzada.
– Es mi pito y es mi vida.
– También es mi vida y no puede jugar con una vida si ello implica jugar también con la otra. Haga el favor de ser consciente de la relación.
– No quiero hacerme una paja, solo ver si todavía se pone dura la cosa. Vamos, veamos un vídeo guarro, ¿eh?
– No. Siga mirando los monitores.
– ¿Para qué?
– Usted siga mirando. Nunca se sabe lo que puede ocurrir. No todo está perdido.
– Tendríamos que haber seguido buscando la fuente de la eterna juventud.
– Bah… seguramente se habría meado usted en ella.
– Menuda mierda -concluyo, y me quedo ahí tumbado con los brazos cruzados, y siento lástima de mí mismo.