Una vez dentro, encontró una pequeña antesala con dos puertas. La de la derecha daba a un saloncito decorado con muebles suecos de cierto gusto; tenía televisor, mueble bar y frigorífico. La de la izquierda daba al dormitorio. La cama de matrimonio era espaciosa; el armario tenía un espejo de gran tamaño situado de tal manera que quien se tumbara en la cama pudiera ver su reflejo, y allí también había televisor. Pero la gran sorpresa se la llevó al entrar en el cuarto de baño, que era prácticamente tan grande como el saloncito: bañera, espejo de cuerpo entero incunable en la pared, doble lavabo. Por eso, tal como había dicho el conserje, era la habitación preferida de Adele. Un lugar digno de la ceremonia. La ceremonia de la reina del burdel. En tiempos de Geoffrey, Adele lo había avisado varias veces de que iría a dormir a casa de Gianna… En cambio, acudía al Regina, y por la mañana, el negro, sentado en el pequeño taburete de plástico… El arrebato de celos que lo asaltó fue tan grande que tuvo que tumbarse en la cama. Cerró los ojos. Y en el silencio oyó unos ruidos sofocados pero reconocibles, procedentes de la habitación de al lado. Después todo terminó y, en medio del recuperado silencio, sonó una carcajada femenina exactamente igual que la de su mujer. ¿Sería posible que Adele…? No, ni pensarlo. Sabía que él tenía que pasar por allí. ¿Y si hubiera ido a pesar de todo para provocarlo? Quita, ¿cómo iba a prever que se detendría en el motel? La mujer seguía riendo. Como si supiera que él se encontraba en la habitación contigua y se estuviera burlando. Metió la cabeza bajo la almohada y la apretó contra los oídos. Pero ¿qué había ido a hacer allí? Era la primera vez que se dejaba dominar por un impulso irracional.
¿Cómo es posible que no se diera cuenta de la señal? A lo mejor tenía la cabeza demasiado ocupada, pensando en la conversación con Ardizzone y, sobre todo, en la inútil parada en el motel. El caso es que el coche que venía por la derecha y que lo alcanzó de lleno tenía toda la razón de su parte. -Pero ¡¿qué cono le pasa?! ¿Conducía dormido o qué? -le espetó el distinguido cuarentón que iba al volante, bajando enfurecido de su reluciente y lujoso coche. La chica no menos elegante y reluciente que lo acompañaba bajó también y se puso a examinar los daños. Después lo miró con una sonrisa impertinente que significaba que, en su opinión, él ya no estaba para conducir: demasiado viejo, mejor que condujera una silla de ruedas. A su alrededor se estaba creando un ansioso concierto de cláxones, tocados con desesperación por personas irritadas por la repentina interferencia en el tráfico. Por si fuera poco, él se había llevado un buen susto con el choque. Bajó del coche con las piernas como un flan. -¡Usted no ha respetado el stop! ¡Y menos mal que yo circulaba despacio! -exclamó el cuarentón, hecho un basilisco. -Tiene usted toda la razón -admitió él en tono sumiso. -¿Tiene seguro? -Claro. Intercambiaron los datos y las tarjetas de visita. La puerta posterior del vehículo no se podía abrir, estaba hundida. Volvió a ponerse en marcha con las manos temblando. Jamás había sufrido el menor accidente de tráfico. En la compañía de seguros se sorprenderían. En cambio, a Adele los accidentes le ocurrían a menudo. Claro que tenía un planchista de confianza. Le preguntaría adonde llevar el coche.
Llegó a casa un poco cansado. Fue al cuarto de baño y experimentó un suplicio peor que el de otras veces. En resumidas cuentas, su segunda jornada de jubilado había sido de lo más complicada. Lo mejor era tumbarse un poco en la cama.