Conocí a José Rodrigues Miguéis algún tiempo después de que, en el año 1959, hubiera comenzado a trabajar en la editorial Estúdios Cor, de la que eran propietarios, a partes iguales, Manuel Correia y Fernando Canhão, y director literario Nataniel Costa. Miguéis había publicado, un año antes, el libro de cuentos Léah, excelentemente recibido por el público y por la crítica de entonces. Fue ésta la primera obra suya que leí, y no necesito decir que me entusiasmó. No sé exactamente cuándo conocí en persona a Miguéis, que por aquellos días estaría en Estados Unidos. Lo que sí sé es que desde la narración Um Homen Sorri àl Morte con Meia Cara, publicada en 1959, hasta la novela Nikalai! Nikalai!, que aparecería en 1971, pasando por A Escola do Paraíso y O Passageiro do Expresso, ambas de 1960, Gente da Terceira Classe, 1962, y É Proibido Apontar, 1964, mis contactos con José Rodrigues Miguéis fueron constantes, prácticamente diarios cuando se encontraba en Portugal, frecuentes, por carta, cuando regresaba a Estados Unidos. Esa correspondencia, que tuvo el honor de ser elegida para la tesis doctoral de José Albino Pereira (y en el mismo plano pongo la correspondencia intercambiada con Jorge de Sena), me da derecho a decir que no he hecho mala figura en este mundo. Mi relación epistolar con Miguéis sólo se interrumpió cuando salí de la editorial, a finales de 1971. Lo vi algunas veces, pocas, después, no hubo más cartas, que recuerde, pero me quedó siempre la memoria de una personalidad extraordinaria, con unas dotes oratorias fuera de lo común y una retentiva capaz de recrear en pocas palabras las situaciones más complejas. Una simple conversación con él era un regalo real, dialogar con su brillante inteligencia hacía más inteligente al interlocutor. Personalmente, y sin querer presumir de ello, aproveché esos momentos lo mejor que pude. Murió hace casi treinta años, pero me acuerdo de él como si fuera ayer.Hoy, a las 18.30, en la Casa do Alentejo, la Fundación José Saramago organiza una sesión sobre José Rodrigues Miguéis. Además del autor de este blog, participarán especialistas de su obra, como David Brookshaw, Duarte Barcelos, José Albino Pereira, Teresa Martins Marques y Onésimo Teotónio de Almeida. Contamos con quien me está leyendo.
Día 16
Netanyahu
Habló simplemente porque no podía continuar callado. Colocado contra la pared por el presidente de Estados Unidos, el primer ministro israelí se avino, por fin, a admitir la creación de un Estado palestino. No llegó más lejos. O sí, exigió que ese futuro Estado (¿lo habrá alguna vez?) no tenga ejército y que su espacio aéreo sea controlado por Israel. Es decir, nuevas formas de mantener a los palestinos en la situación de minoría política a la que la opresión israelí los ha forzado a vivir. Sin embargo, el otro punto esencial de la posición de Barack Obama, el de los asentamientos y de los colonos, no le mereció a Netanyahu ni una palabra. Ora bien, todo el mundo sabe que Cisjordania, en teoría espacio «nacional» del pueblo palestino, está cubierto de asentamientos, unos «legales» (o sea, autorizados y construidos por el gobierno de Tel-Aviv), otros «ilegales» (esos con los que el mismo gobierno hace la vista gorda). En total son más de doscientos asentamientos y en ellos viven medio millón de colonos, que hoy, a todas luces, se presentan como el mayor obstáculo para la paz, además de para el reconocimiento del derecho de los palestinos a tener un Estado independiente y viable. Ya lo dijo antes nada menos que Bush padre cuando hizo ver a Israel que querer hablar al mismo tiempo de paz y asentamientos era una contradicción insalvable. De esto parecía ser consciente el ex primer ministro Ehud Ólmert, que, en declaraciones al periódico Haaretz en noviembre de 2007, dijo que si no se llegaba rápidamente a una solución con dos Estados, «el Estado de Israel estaría acabado». No hizo nada para que la cuestión se resolviera, pero las palabras ahí quedan. Ellas ayudan a comprender hasta dónde los colonos siempre han sido la espada de Damocles suspendida sobre los gobiernos israelíes y ahora, con más razones, sobre la cabeza de Netanyahu. Creo que Israel vive bajo el miedo de tener que volver a la diáspora, a la dispersión por el mundo que parece ser su destino. A mí no me alegra nada, pero habría que ver si los ciudadanos de Israel han tenido los gobiernos que la paz necesitaba. Denle las vueltas que quieran, la respuesta es negativa.
Día 17
El elefante de viaje