Þóra le hizo una mueca pero a pesar de todo se fue a cambiarse de ropa. Se puso unos pantalones de vestir y una sencilla camisa blanca; se lavó la cara y se pintó un poco los labios. No había nada malo en arreglarse una pizca cuando la invitaban a una a cenar fuera… aunque, a fin de cuentas, tampoco tenía nada malo andar vestida con cualquier cosa. Pero se detuvo un poco en aquel «a fin de cuentas». No era suficientemente convincente, y daba que pensar. Dejó de darle vueltas y se dirigió hacia el bar. Allí estaba Matthew, en animada charla con el barman… seguramente el famoso Óli. Matthew le envió a Þóra una sonrisa, visiblemente satisfecho con la transformación.
– Estupendo -dijo lacónico y conciso-. Éste es Óli. Estaba hablándome de Harald y Harry Potter… les recuerda bien. Bebían como locos y eran diferentes a los demás huéspedes.
– Eso es más bien un eufemismo -puntualizó Óli, y preguntó a Þóra qué quería beber.
– Un vino blanco, por favor -respondió ella, que preguntó a su vez qué quería decir con aquellas palabras.
– Bueno, ya ves -contestó él-. Se fueron tomando un tequila detrás de otro… pidieron una guitarra aérea y otras cosas que no se ven mucho por aquí. Hasta ahora, con excepción del tal Harald ese. Otros huéspedes permanecían ahí sentados con la boca abierta, mirando como tontos a Harald y su amigo. Fumaban como carreteros… estuve a punto de quedarme frito con tanto cigarro.
Þóra miró a su alrededor, a aquel confortable bar instalado bajo el techo de tablas. Habría podido mostrar su acuerdo… lo primero que a uno se le ocurría pedir no era precisamente una guitarra aérea… como mucho, un violín aéreo, si existía semejante cosa. Se volvió hacia Óli:
– Y Harry Potter… ¿tienes idea de cuál era su nombre real?
El barman sonrió.
– Se llamaba Dóri. Los dos acabaron demasiado borrachos para recordar que se llamaba Harry Potter, según fue avanzando la noche. No lo tenían muy claro, todo lo que tenía algo que ver con la realidad.
Más no se le pudo sacar a Óli. Se acomodaron en un gran sofá de cuero, brindaron y charlaron sobre los sucesos del día. Vino el camarero con el menú y, cuando hubieron pedido, Matthew decidió tomarse otra copa. Para gran asombro de Þóra, ella misma también había acabado la suya y no dijo que no a otra más. Después de la cena volvieron al bar, y en el tercer Cointreau, Þóra estaba ya a punto de pedir una guitarra aérea para Matthew y Óli. En lugar de eso, se recostó sobre el primero.
11 DE DICIEMBRE
Capítulo 27
Þora despertó con un dolor de cabeza, pulsante, opresivo, como si el cerebro estuviese intentando escapar del cráneo. Se sujetó la frente con las manos y soltó un quejido. Precisamente Cointreau. Ya era mayorcita para saber que «licor» significaba «resaca» en latín. Respiró hondo y se dio la vuelta a un costado. Al hacerlo, su mano rozó algo caliente, se despertó con un enorme sobresalto y sus ojos se abrieron de par en par. Junto a ella, en la cama, había un hombre. Estaba viendo la espalda de Matthew. ¿O la de Óli, el barman? Intentó refrescar sus recuerdos de la noche anterior y suspiró muy bajito, pero con la alegría de haberse decantado por la mejor de las opciones. La niebla que llenaba su cabeza le hacía difícil encontrar una escapatoria a aquella situación… ¿cómo podía salir sin ser vista y sin despertar a Matthew? Y lo que era aún peor: ¿qué cara tenía que poner? ¿Podría hacer como si no pasara nada? A lo mejor, él no recordaría ya nada. Esa era la cuestión… escaparse sin que lo notara y confiar en que él hubiese bebido cuatro veces más que ella.
Sus buenas intenciones se vinieron por tierra cuando Matthew se dio la vuelta y le sonrió.
– Buenos días -dijo con la boca totalmente reseca-. ¿Qué tal estás?
Þóra levantó el borde del edredón. Estaba desnuda. Si se le hubiera concedido un solo deseo, habría sido estar completamente vestida bajo el edredón. Necesitó carraspear fuerte varias veces antes de que las cuerdas vocales se pudieran poner en movimiento.
– Una cosa. Para que todo quede claro, ya entiendes. -Matthew la miró sin entender, pero la permitió continuar-. Lo de anoche no era yo, fue el alcohol. Digamos que dormiste con una botella de Cointreau… no conmigo.
– Ah, ya -dijo Matthew, incorporándose un poco y apo yándose sobre el codo-. Estas botellas de licor son totalmente imprevisibles. Desconocía por completo que acostumbraran a hacer ciertas cosas. Te dedicaste a decir maravillas de mis zapatos. Insististe en que me los dejara puestos.
Ella enrojeció. Intentó encontrar algo que pudiera defender mínimamente su integridad moral, pero no se le ocurrió nada. Poco a poco los recuerdos se le fueron haciendo más claros y tuvo que reconocer ante sí misma que tampoco había estado tan mal.
– No sé lo que me pasó -se excusó sonrojándose aún más.
– Tienes encima una resaca tremenda -dijo Matthew poniendo la mano sobre el edredón de ella.
– Es que yo no hago estas cosas… eso es todo. Soy madre de dos hijos y tú eres un extranjero.