– Sí, así es -continuó Hannes muy serio-. Yo empezaría quizá diciendo que esto me duele tremendamente y en nombre de mi familia quiero pedir mis más sinceras disculpas por la actuación de nuestro hijo y el daño que os ha causado.

Þóra respiró hondo para digerir aquellas palabras antes de matar a Hannes. Se volvió hacia él, con fingida tranquilidad.

– Primero de todo, y para que las cosas queden bien claras, no somos una familia. Yo, mi hijo y mi hija formamos una familia. Tú eres un ejemplo patético de padre de fin de semana que además, a diferencia de la mayoría, no es capaz de apoyar a su hijo ni cuando las cosas se ponen difíciles. -Quitó la vista de Hannes y notó que él le clavaba los ojos. El rostro de su hijo estaba deslumbrante de orgullo. Þóra repitió, para que quedase bien claro-: Lo digo simplemente para dejar las cosas claras.

Hannes estaba a su lado jadeante, pero tardó demasiado en decir algo, así que la otra madre tomó la palabra.

– ¡Qué asco! Voy a aprovechar la oportunidad para señalar que, dentro de muy poco, este corazoncito tuyo… este hijo tuyo, o vuestro… -saltaba a la vista que las habilidades histriónicas no faltaban en aquella familia. La mujer enfatizó sus palabras señalando a Gylfi con un amplio movimiento de las manos- va a ser muy pronto uno de esos patéticos padres de fin de semana, igual que tu ex marido.

– No -se oyó gritar. Era Gylfi. Continuó orgulloso-: Yo… Quiero decir, nosotros. Nosotros. Nosotros queremos seguir juntos. Alquilaremos un apartamento y nos haremos cargo del niño.

Þóra deseó de pronto echarse a llorar. ¡Gylfi alquilando un apartamento! El chico no tenía seguramente ni la menor idea de que la mayor parte de las cosas que daba por supuestas (calefacción, electricidad, televisión, agua, recogida de basuras), todas costaban dinero. No interrumpió la conversación por miedo a quitarle los ánimos a su hijo. Si estaba convencido de que iba a alquilar un apartamento, así tendría que ser.

– ¡Sí! -gritó Sigga-. Podemos hacerlo… yo voy a cumplir los dieciséis.

– ¡Violación! -vociferó la mujer-. Naturalmente. ¡Aún no tiene ni dieciséis años! -Apuntó con el dedo a Gylfi y soltó un agujo chillido-: ¡Violador!

Þóra no veía en absoluto de qué forma aquello podía mejorar las cosas. Se volvió hacia Sigga.

– Dime, cariño, ¿de cuánto estás?

– No lo sé… como de tres meses, quizá. Por lo menos son tres meses los que no he tenido la regla. -Su padre enrojeció hasta la raíz de los cabellos.

Gylfi había cumplido los dieciséis años hacía mes y medio. No es que aquello cambiase nada.

– Me permito señalar que, según la ley, la mayoría de edad está fijada en estos casos a los catorce años, no a los dieciséis. Además, mi hijo ni siquiera había cumplido los dieciséis cuando engendraron el niño, y además las leyes no hacen diferencias de género cuando se trata de relaciones sexuales de mutuo acuerdo, como seguramente es el caso.

– ¿Qué gilipollez es ésa? -bramó el padre-. ¿Es que una mujer puede violar a un hombre? Mucho menos cuando se trata de una niña, como es el caso de mi hija.

– Y de mi hijo -respondió Þóra sonriendo al hombre, con cierta cara de burla.

– ¿Puedo señalar que tu hijo ha empezado ya el bachillerato pero que mi hija sigue aún en enseñanza obligatoria? Eso debe de tener alguna importancia en las leyes -dijo el hombre, jactancioso.

– Pues no, ni palabra -respondió Þóra-. NO se mencionan los grados escolares, te lo prometo.

Puso una muera horrible.

– ¡Esos maricones del Parlamento!

– ¡Estáis chiflados! -aulló Sigga-. Es mi hijo. Soy yo la que tiene que cargar con él y tener un barrigón enorme y unas tetas horribles y no poder ir al baile de fin de curso nunca más. -No pudo seguir, porque estalló en llanto.

Gylfi intentó consolarla con cosas que seguramente consideraba el no va más del romanticismo. Con voz llena de sentimiento, dijo para que todos pudieran oírle:

– Me da igual… aunque tengas una barriga asquerosa de gorda y unas tetas repugnantes. No me separaré de ti y no invitaré a nadie al baile de fin de curso. Iré solo. Te quiero más que a ninguna otra chica.

Sigga lloró aún con más fuerza mientras los adultos se contentaban con mirar boquiabiertos a Gylfi. De una u otra forma, aquella absurda declaración de amor sirvió para abrirles los ojos al hecho de que la madre naturaleza lo había confundido todo: eran niños teniendo un niño, y quién había sido el culpable no era quizá lo más importante.

Hannes no dejó escapar la ocasión de participar en la sesión de reproches mutuos. Se volvió hacia Þóra, con el rostro desfigurado por la rabia.

– Todo esto es culpa tuya. Vives una vida disoluta, acostándote con quien te hace el más mínimo caso. Cuando yo estaba en casa, el chico no hacía estas cosas… está siguiendo el único ejemplo que tiene.

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