– Los ojos de Harald.

<p id="_Toc166678669">Capítulo 31</p>

Þóra miraba silenciosa a Halldór, que estaba allí sentado delante de ella, con la cabeza caída sobre el pecho… no había dicho ni una sola palabra desde que la mujer entró, por indicación de un agente, en la sala de entrevistas. Había levantado la vista cuando ella se sentó, pero al instante volvió a intentar taladrar el suelo con los ojos.

– Halldór -dijo la abogada, bastante malhumorada-. No puedo estar aquí mucho rato. Si no quieres hablar conmigo, tengo otras cosas que hacer en este momento.

El joven levantó los ojos.

– Quiero un cigarrillo.

– Imposible -respondió Þóra-. Aquí está prohibido fumar. Si has venido hasta aquí para fumar, llegas con diez años de retraso.

– Eso no cambia el hecho de que quiera un cigarrillo.

– A lo mejor la policía te puede dar permiso para fumar después en algún sitio. Aquí dentro no podrás fumar, de modo que vayamos al grano. ¿De acuerdo? -Él movió cansinamente la cabeza para decir que sí-. Sabes por qué estás aquí, ¿no es cierto?

– Sí. Más o menos.

– Entonces te das cuenta de que estás en una situación bastante complicada. Realmente complicada.

– Yo no le maté -dijo Halldór mirándola a los ojos sin parpadear. Al comprobar que no reaccionaba, se puso a enredar con un agujero que había en la rodilla de los vaqueros que llevaba puestos: un agujero que seguramente tenía ya cuando los compró, lo que habría reducido su precio a la mitad.

– Hay una cosa que tenemos que dejar bien clara antes de hablar. -Þóra esperó hasta que hubo recuperado por completo la atención del joven, y no continuó hasta que éste levantó la cabeza y la miró-. Trabajo para la familia de Harald. Eso quiere decir que tus intereses y los de ellos no coinciden. Y ahora menos que nunca. De modo que te aconsejo que te busques otro abogado, cuanto antes mejor. Lo único que voy a hacer por ti es tener esta reunión, aquí y ahora. Te puedo dar nombres de gente estupenda que te prestará todo el apoyo que necesitas.

Halldór entornó los ojos y reflexionó.

– No te vayas. Quiero hablar contigo. Ninguno de esos abogados me va a creer.

– ¿No se te ha ocurrido pensar que podría deberse a que les estás mintiendo? -le preguntó Þóra secamente.

– No miento. En lo principal, no miento -respondió Halldór enfadado.

– E imagino que eres tú quien decide qué es lo principal y cuáles los detalles, ¿no?

Aquellas palabras hicieron subir la ira al rostro del joven.

– Sabes perfectamente lo que quiero decir. El asunto principal es que yo no le maté.

– ¿Y los detalles? ¿Cuáles son? -preguntó ella.

– Venga -dijo Halldór, dejando caer la cabeza.

– Si tengo que servirte de algo, quiero que hagas una cosa por mí -pidió Þóra, inclinándose sobre la enorme mesa que les separaba-. No me mientas. Sé cuándo me están mintiendo. -Confió en haberlo dicho con la misma convicción que el policía.

Halldór asintió, pero visiblemente enfadado.

– Muy bien… pero lo que se diga aquí es secreto. ¿Vale?

– Desde luego -aseguró Þóra-. Acabo de decirte que no voy a actuar como defensora tuya si vas a juicio, y por eso mismo puedes decirme con total tranquilidad lo que sea… excepto, naturalmente, si hablas de delitos que vayas a cometer en el futuro. De eso no debes hablar conmigo. -Le sonrió.

– No pienso cometer ningún delito -dijo él con dureza-. ¿Me prometes que todo lo demás no saldrá de aquí?

– Te prometo que no lo diré a la policía… aunque lo único que pasaría es que mejoraría mucho tu posición ante ellos. Estás en el trullo; eso no puede empeorar mucho. Pero si lo prefieres así, podemos acordar que solamente trataremos de lo que pueda mejorar tu situación. ¿De acuerdo? Así habrás encontrado alguna ayuda y en realidad no habrás dicho nada.

– Vale -convino él, aunque su voz delataba la duda. Añadió entonces con vehemencia-: Pues pregunta, entonces.

– Parece que los ojos de Harald fueron encontrados en tu casa. ¿Cómo llegaron allí?

Las manos de Halldór temblaron. Tosió, nervioso, sobre el dorso de la mano izquierda. Ella esperó tranquila mientras él decidía si decirle la verdad o negar cualquier relación con los ojos. Þóra está determinada a dejarle plantado en este último caso.

– Yo… Yo…

– Los dos sabemos quién eres -dijo Þóra impaciente-. Contéstame o me voy ahora mismo.

– No pude enviarlos -logró decir el joven inmediatamente-. No me atreví. Habían encontrado el cuerpo y tenía mucho miedo de que los descubrieran en el correo. Pensaba hacerlo más tarde, cuando todo se hubiera calmado. Utilicé la sangre para escribir el sortilegio y metí la carta en un sobre el domingo mismo. Luego la eché en un buzón del centro. -Respiró hondo después de la confesión y pegó los labios como si no tuviera intención de decir nada más.

– ¿Fue por el contrato? -preguntó la abogada-. ¿De verdad ibas a cumplir ese absurdo contrato del conjuro de venganza?

Halldór la miró furioso.

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