Recordaba a Ursula, ¡eso siempre!, en ocasiones, con gran intensidad, con fuertes repercusiones sentimentales. Pero en el fondo de mi ánimo estaba convencido de que no la vería más, aunque no llegase a admitir, sin otros datos que la ausencia, la efectividad de su muerte. Pero lo cierto es que la recordaba como un viudo a la difunta amada; es decir, sometido el recuerdo a un proceso de debilitación que sólo se reforzaba, y, aun así, temporalmente, cuando alguna razón externa hacía resurgir las imágenes más vivas de nuestra vida en común. No siempre eróticas, y, pasado el tiempo, cada vez menos eróticas. No había seguido el consejo de Ursula de buscarme una mujer, aunque me fuera difícil pasar tanto tiempo sin mujeres. Varias vinieron a mi piso durante aquel tiempo; unas duraron más que otras, ninguna demasiado. Si me pusiera a evocarlas una a una, no conseguiría representarme ahora no ya sus figuras o su carácter, sino ni siquiera sus rostros y sus nombres; ellas y otras constituyen, en mi recuerdo, algo tan vago como una nube cuyos contornos adquieren por casualidad una forma reconocida y fugaz. Acaso alguna de ellas haya merecido más atención de la que le presté, pero inevitablemente, tal vez sin quererlo yo mismo, las comparaba con Ursula y las hallaba inferiores. No sé si esto sucederá a todos los varones que, a una edad prematura, han tropezado con una mujer excepcional que los deja marcados para siempre. Si antes de Ursula había buscado en las mujeres a Belinha, y, en ella, a mi madre, después busqué a Ursula, la madre ya olvidada. Lo que no podría decir con palabras claras es en qué consiste esto de buscar a una mujer en otra. Es algo de lo que se habla, que algunos afirman haber experimentado, yo uno de ellos. ¿Se busca un recuerdo? Pero ¿qué clase de recuerdos? ¿Un parecido físico, un modo de portarse, un rasgo de carácter? ¿No será (no lo habrá sido en mi caso) el pretexto o la justificación de una volubilidad no aceptada? Lo curioso fue que, durante todo este tiempo, conforme las aventuras transitorias se iban sucediendo, yo pensaba en serio, o creía pensar, en el amor, y llegué a elaborar una teoría que, por fortuna, quedó en mero ejercicio mental, y como tal se olvidó. No pasaba de reflexión algo pedante sobre mis relaciones con Ursula, que intentaba, sin saberlo, elevar a categoría universal, como quien ha agotado, en una sola aventura, toda la experiencia del amor. Lo que sí puedo reconocer es la falta de coincidencia entre la teoría y la práctica. Yo me justificaba diciendo que ellas no hubieran aceptado mi modo de entender el amor, tan retorcido y tan complejo; en el fondo, tan literario. Pero ¿habría participado Ursula?

También debo decir, en honor a la verdad, que la mayor parte de aquellas aventuras vinieron rodadas, sin gran esfuerzo por mi parte, sin apenas iniciativa. No creo que, a este respecto, yo me distinguiera mucho de los hombres de mi edad que andaban por mis alrededores, estudiantes, periodistas, aspirantes a escritores. Si a alguno de ellos se le podía llamar, a la francesa, coureur de femmes, los demás no lo éramos, sino sólo amantes a salto de mata, sin grandes aspiraciones, sin grandes escrúpulos, también sin grandes remordimientos. Sin embargo, las relaciones estables, o al menos duraderas, eran más frecuentes de lo esperado. De alguien muy conocido se decía: «Tiene la misma amante hace cuarenta años y no sabe cómo deshacerse de ella.» Alguna vez pensé que era un buen tema de novela; por supuesto, cruel.

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