Cuando salió de la habitación, ya vestida y arreglada, yo había preparado el desayuno. Le ofrecí una taza de café y unos bollos del día anterior. Lo aceptó y lo comió en silencio. Le pregunté si le parecía bien almorzar conmigo: me respondió que sí, a condición de que ella preparase la comida. «Vendrá a verla la portera. Es la encargada de la compra. Ella le traerá lo que usted señale, y no se preocupe por el dinero, porque ya me pasará la cuenta.» Dijo que sí con toda naturalidad. Al salir a la calle busqué a madame Claudine y le expliqué la situación. «Pero ¿cómo metió en su casa a una desconocida? ¡Puede ser una anarquista!» «En todo caso, una anarquista que en vez de bomba trae un niño.» Se quedó rezongando a causa de la insensatez de los hombres. No fue aquélla una mañana importante, ni había noticias que me entretuviesen en la oficina. Pedí permiso al señor Magalhaes para salir un poco antes. ¡Cómo me agradeció aquel reconocimiento de su superior jerarquía, aunque fuese en un ámbito tan modesto como el de nuestra oficina! Se me ocurrió llevar a la desconocida un ramito de flores, nada más que unas pocas violetas. Tuve la preocupación de ocultarlas a la curiosidad de la portera, quien me esperaba muy amilagrada. «Oiga, esa señora no es una cualquiera. Me dio el dinero para la compra, y llevaba mucho más. Las ropas de la criatura son de lo fino, y nada de recién parida; el niño tiene ya más de un mes. Los modales de la madre son de dama. Yo que usted andaría con cuidado: puede meterle en un lío. Dios sabe cuál.» «¿Le dijo cómo se llama?» «Cuando se lo pregunté, indirectamente, como hay que averiguar esas cosas, se hizo la desentendida.» La dejé rápidamente por miedo a que las violetas se me chafasen debajo del abrigo. Llamé a la puerta en vez de abrir con mi llave. Lo hizo ella con la mayor tranquilidad y una sonrisa. Había en el piso un olor a comida suculenta que me recordó los tiempos en que no comía en restoranes multitudinarios y baratos. Antes de quitarme el abrigo le ofrecí las violetas. «Son para su niño, por supuesto.» Se echó a reír. «Que vous étes gentil.» Las recibió y volvió a sonreírme. Le comenté que por primera vez desde que yo lo ocupaba, mi piso olía agradablemente. «Soy buena cocinera, podría ganarme la vida en cualquier restorán de lujo.» Había puesto la mesa, con los dos cubiertos enfrentados. Buscó un vaso, colocó en él las violetas, con su agua, y adornó con ellas la mesa. «Mi hijo, como usted debe comprender, no está aún para recibir gentilezas.» Había preparado una sopa, una carne asada, y unos pastelillos de chocolate: calculé que habría pasado en la cocina la mayor parte de la mañana.

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