Si don Braulio permaneció fiel al aguardiente del país, doña Eulalia prefirió un anisete de nombre francés, que, según ella, le caía bien al estómago. «¡Es que no hay como el Marie Brizard para una digestión tranquila, sobre todo cuando tiene una que hablar!» Era lo que yo temía, que el uno y el otro se soltaran la lengua y me estropeasen la tarde con consejos morales o con detalladas acusaciones de mi falta de ejemplaridad pública. Por lo pronto, contuve a doña Eulalia mostrándole chucherías y antiguallas de esas que conmueven a las mujeres que no las han tenido nunca: recuerdos sentimentales de tías muertas, el mechón de cabello de la novia frustrada, la miniatura del brigadier muerto en las Indias. Repetía como un ritorne-llo: «¡Feliz sería la mujer que fuera su señora! ¡Usted no sabe bien cómo consuelan estas menudencias cuando se llega a la edad de los desengaños!» De donde inferí que ella ya había llegado, aunque su palmito y lo que lo lucía hicieran pensar otra cosa. Don Braulio no se sentía muy feliz de que su compañera se le hubiera adelantado en la iniciativa, precisamente por caminos impensados, pues del reconocimiento de la dicha de poseer aquellos testimonios de las historias menores del pasado, bien podía dar un salto y proponerme la necesidad de que una mujer viniese a ocupar la vacante que sin duda se advertía en aquella casa, y quién sabe si en mi corazón. Don Braulio no hallaba sosiego en el asiento, y ya se había servido la tercera copa de aguardiente y la segunda taza de café. Con semejante bagaje nadie podía imaginar cuál iba a ser el talante de su discurso, si moralizante o apocalíptico. En cualquier caso, tenía que evitarlo. Tuve suerte. Entre los cachivaches había un fragmento de una vidriera gótica hallado entre los escombros de Londres bombardeado. Se la mostré, a ella la primera, después a él. «Pero ¿es que estuvo usted en Londres durante los bombardeos?» «¿Es que no lo sabía, don Braulio? Yo fui corresponsal de guerra.» Les pedí permiso para salir unos instantes, les traje el álbum de fotografías sacadas por mí de aquel tiempo y de aquellos acontecimientos. Lo tomaron por su cuenta, el álbum; a cada fotografía, el asombro les salía en exclamaciones. «¿Y usted no corrió peligro?» «Naturalmente que sí, todos los días y a todas horas.» Hubo manera de añadir a la contemplación de las fotografías un relato pormenorizado y bastante patético de aquellas horas de pavor. Me dejaron hablar. Pude comprobar que mi oratoria y mi capacidad descriptiva y evocadora resultaban eficaces, casi artísticas. Mientras hablaba, les servía más café, y orujo al canónigo, anisete a la dama. Y ellos lo bebían sin darse cuenta, sin perder ripio de mis palabras. A veces exclamaban: «¡Oh! Pero ¿cómo es posible?» Hablé bastante más de una hora. Fuera había caído el crepúsculo, que en un día como aquél, gris y lluvioso, era como el anochecer. «¡Ay, Dios mío, qué tarde se me hizo, con la de cosas que me esperan!» Don Braulio también descubrió que se le había pasado el tiempo sin sentir y que llegaría tarde a una cita. Todavía doña Eulalia halló ocasión de preguntarme: «¿Y cómo pudo aguantar ese miedo sin volverse loco?» «En cuanto a lo primero, no hay duda, ya que estoy aquí. En cuanto a lo segundo, ¿quién lo sabe?» Se miraron, el clérigo y la dama, como si en aquellas palabras hubieran hallado una explicación de mis intemperancias.
Me sentí, si no perdonado, al menos comprendido por aquella pareja de definidores de la moral. Más por ella que por él. A los soldados que volvían del frente enloquecidos por la preparación artillera, se les toleraba la cura del putañeo. «Tiene usted que ser más discreto en sus expansiones, señor Freijomil», me aconsejó la dama; y el clérigo, clemente y avisado, se despidió con el viejo aforismo: «Todos los pecados serán perdonados, menos los pecados contra el espíritu.» ¿Se refería a mi pensamiento inconformista? Es lo más probable. Se marcharon corriendo. La amenaza, sin embargo, la dejaron pendiente. «Volveremos otro día, señor Freijomil, cualquier tarde de éstas.» Pero ya con otra voz.