¡Tócame, John!

La gente la miraba y no parecía muy divertida. Nos sentamos bastante cerca: la chica era bonita, no su voz. Hacía movimientos desvergonzados, insinuantes. Cuando terminó la canción, se quitó la chistera, hizo una reverencia y, después, se la hizo a la decoración del escenario, dejando al descubierto el trasero: llevaba unas bragas escuetas, también negras. Cayó el telón. Se había acercado un camarero y Benito le pidió dos cafés: «¿Saben ustedes que aquí el café vale dos pesetas?» Benito lo miró con superioridad. «¿Nada más?» Cuando el camarero nos dejó el café servido, Benito se puso a hablar. Lo que él conocía de semejantes lugares era a través de la pintura y de ciertas ilustraciones. «O aquí hay algo que nosotros no sabemos ver, o los pintores como Toulouse-Lautrec idealizaron la realidad. Todo esto no es más que cochambre y pornografía. Sin embargo recuerdo haber visto un cartel con estos mismos elementos: la chica del charlestón, y unas luces, y unas sombras. Era un cartel cubista y estaba bien.» «Lo que sucede, a lo mejor, es que los pintores ven la realidad con ojos distintos de los nuestros.» Me miró con sorpresa: «¿Dónde has leído eso?» «No lo leí en ninguna parte. Se me acaba de ocurrir.» «Pues no está mal, y eso explica muchas cosas.» Bebió un sorbo de café y lo escupió. «Además, el café es una porquería.» «Si quieres, nos vamos.» «No. Hay que aguantar aquí y verlo todo bien. Forma parte de la realidad, y la realidad es la base de la poesía, aunque luego la poesía no se parezca en nada a la realidad. Si encontraras media docena de imágenes sugeridas por esto, pero que no fueran esto…» «¿Imágenes?» «Sí. La sustancia de la poesía moderna, su fundamento, es la imagen. Quiero decir, por supuesto, la imagen verbal.» Me citó unos cuantos versos de no sé quién, de los que no entendí nada. Se lo confesé. «Lo más probable es que también los poetas tengan su modo de ver la realidad. La cuestión está en…, ¿cómo te diría? ¿Alcanzarla, descubrirla, apropiárnosla? ¿O todo junto a la vez?»

La bailarina había vuelto al escenario, ahora salía vestida de caribeña y empezaba una canción que decía: «En Cuba hay un sereno / atento y muy servicial / que cuando le baten palmas / acude muy puntual.» Todo esto con mucho meneo de tetas y de caderas. «Eso es una rumba», me aclaró Benito. «¿Cómo lo sabes?» «En Santander hay mucha gente que regresó de Cuba.» En la mesa de al lado, dos mujeres que parecían jóvenes envejecidas, una opulenta, otra delgada, nos miraban. Le dijo la flaca a la gorda, yo lo oí perfectamente: «¿Nos acercamos a esos pipiolos?»

La otra le respondió: «No te metas en líos de menores. Además, no tendrán dinero», y dejaron de mirarnos. Benito había sacado un lápiz e intentaba dibujar en la mesa de mármol a la bailarina. «¿También sabes de eso?» «Algo se me da. Y ya ves: creo que ciertos movimientos de esa tía tienen gracia, pero no soy capaz de captarlos.» La bailarina siguió con su repertorio, de grititos y meneos. Los cafés quedaron encima de la mesa. Salimos a la calle, cuando terminó el espectáculo. Nos confesamos nuestra desilusión. «Sin embargo -dijo Benito-, a un verdadero artista o a un verdadero poeta, esta experiencia le hubiera servido de algo. Hemos descubierto un mundo que no es el nuestro, pero tan real como el nuestro, ante el que no sabemos qué decir.» Yo no supe responderle. Lo único que había sacado en limpio era que aquello no me gustaba, y que no volvería más.

<p>IV</p>
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