Cambió de repente de conversación. Se refirió a un libro que estaba leyendo y que también a mí me convenía. Los cuadernos de Malte, le llamó. Habló de él largamente, de lo que había en él de experiencia de la muerte sin morir, y consiguió interesarme. Era un libro en francés, no traducido todavía, que dentro de algún tiempo yo estaría en condiciones de leer sin gran esfuerzo. «Nunca le dije mi satisfacción por sus progresos, y pienso que si continúa así durante todo el curso, al final podrá echarse cualquier libro francés al coleto, aunque todavía le falte mucho para sostener una conversación corriente. Pero eso, para usted, debe ser secundario. Tendrá que pasar una temporada en Francia, y debe hacerlo en cuanto le sea posible, pero cuando ya la lengua escrita no le cause problemas. Le convendrá ir a París, que es la ciudad donde ese autor tiene tales experiencias, y ésa es otra cuestión de la que algún día hablaremos, aunque de momento sea prematura.» Salimos juntos del Ateneo, me acompañó hasta el hotel, como hacía muchas veces. Al despedirse, retuvo mi mano unos instantes. «Quizá llegue a creerse enamorado de Flora. Es lo peor que podría sucederle. El amor se parece muchas veces a la obsesión sexual por un cuerpo de mujer, y lo mismo le acontece a los jóvenes que a los ya declinantes. Si eso le llega a acontecer, lo mejor será que escape.» Al entrar en el hotel, me dieron el recado de que Flora me había llamado y de que me esperaba en el mismo lugar y a la misma hora. Dudé, di mil vueltas en la cabeza. Por fin, pedí en la caja cinco duros y me marché corriendo.
VIII