Pasé una temporada yéndome al cine, solo, por las tardes. Por las mañanas, al salir de clase, me juntaba a Benito, y nos íbamos a tomar unas cervezas a cualquier lugar. Un día pagaba él; al otro, yo. No había vuelto a referirse a mis historias, y observé que no quería ni rozarlas. Hablaba monótonamente de poesía, noticias y noticias, si éste decía de aquél tal cosa, o si se habían peleado, o si Cual iba a sacar un libro que rivalizase con el último de Tal. Nada lograba interesarme. Andaba además preocupado por mi abandono involuntario del francés. Se lo dije un día a don Justo, y él me prometió tomarlo por su cuenta. Cumplió la promesa: una tarde vino al hotel una señorita francesa, de no mal aspecto, pero superior y distante: quiero decir que, desde el primer momento, se colocó por encima de mí, en el sentido vertical, y muy lejos, en el horizontal. Puso como condición, antes de aceptar el encargo, charlar conmigo un rato, a ver adónde llegaban mis conocimientos. Me examinó a conciencia, y, al final, me dijo: «Está usted en condiciones de asistir a una representación de Racine, pero no de entrar en un restaurante y pedir una comida. El francés que usted conoce es pura arqueología, la lengua viva es otra cosa. ¿Cómo va usted a dirigirse a una muchacha y sostener con ella una conversación? La lengua viva es lo que puedo enseñarle.» Me disculpé de mi ignorancia diciéndole que a mi anterior profesor le había pedido que me enseñara el francés de los libros, y que por eso… «Ni siquiera el de los libros modernos puede usted entender. Si quiere, hacemos una prueba.» Sacó del bolso un librito y me lo entregó. Lo abrí, intenté leerlo. Le traduje bastante, pero no todo. «Está bien. Acepto el encargo, pero con la condición de que usted trabaje.» Se lo prometí, volvió al día siguiente, y empecé a aprender, el francés vivo, de una estatua lejana. En el tiempo de nuestra convivencia, quiero decir hasta el final del curso, no se cruzó entre nosotros una sola palabra que no fuese estrictamente necesaria para la buena marcha de la clase. Sólo una vez, en que en el texto en que leíamos venía una cita en inglés. La leí correctamente. Me miró: «¿Sabe usted inglés?» «Algo, un poco», le respondí tímidamente. Entonces me habló en inglés, cruzamos unas cuantas frases. «Tiene usted un buen acento», y concluyó el inciso. Le pagaba por las clases más que a don Romualdo, y las cobraba por día. Insisto en que su aspecto era grato. Vestía, a mi juicio, muy bien, aunque sencillamente, y tenía una bonita voz; pero pronto me convencí de que mi primera impresión no había sido errónea: era inexpugnable hasta para la amistad más superficial. Una vez que la invité a almorzar, lo rechazó cortésmente. Pero aprendí con ella a hablar francés, no sólo a leer libros. Era una excelente maestra. Se llamaba Anne. Fue lo único que supe de ella.

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