Se pregunta el corrector si está o no angustiado, y no encuentra en sí respuesta. Lo que sí le parece insoportable es tener que esperar hasta las cuatro para saber qué giro impondrá la editorial a su destino de corrector culpable, cómo va a castigar el insolente atentado contra la solidez de los hechos históricos, que, muy al contrario, debe ser permanentemente reforzada, defendida de accidentes, bajo pena de que perdamos el sentido de nuestra propia actualidad, con grave perturbación de las opiniones que nos guían y de las convicciones derivadas. Ahora que se ha descubierto el error, es inútil especular sobre las consecuencias que podría tener cara al futuro la presencia de aquel No en la Historia del Cerco de Lisboa, si el azar le hubiera permitido una más demorada incubación, página contra página, inadvertido a los ojos de los lectores, pero abriéndose camino invisiblemente, como esos insectos de la madera que dejan un cascarón vacío donde aún creíamos que había un pesado mueble. Empujó hacia un lado las pruebas que estaba corrigiendo, no las de la novela que Costa le había dejado en aquel célebre día, éste es un delgado libro de poemas, y, al posar la cabeza desvaída sobre sus manos, se acordó de una historia de la que no recordaba el título ni el autor, aunque le pareciera que era algo así como Tarzán y el Imperio Perdido, y donde había una ciudad de romanos antiguos y de cristianos primeros, todo escondido en una selva de África, bien cierto es que la imaginación de los autores no tiene límites, y éste, si todo lo demás concuerda, sólo puede ser Edgar Rice Burroughs. Había un circo y los cristianos eran lanzados a las fieras, es decir a los leones, encima con la facilidad de ser aquélla su tierra, y el novelista escribía, aunque sin aducir pruebas ni citar autoridades, que los más nerviosos de aquellos infelices no se quedaban esperando a que los leones les atacasen, sino que corrían, por así decirlo, al encuentro de la muerte, no para ser los primeros en entrar en el paraíso, sino porque, simplemente, no tenían fuerza de ánimo para evitar la espera de lo inevitable. Este recuerdo de lecturas de juventud hizo pensar a Raimundo Silva, por los conocidos caminos de la recurrencia de ideas, que estaría en su mano precipitar el paso de la historia, acelerar el tiempo, ir inmediatamente a la editorial, apoyándose en una explicación cualquiera, por ejemplo, A las cuatro tengo consulta con el médico, díganme qué es lo que quieren de mí, éste sería el tono con que hablaría a Costa, pero está claro que no fue para un encuentro con Producción para lo que llamó la secretaria del director, su caso iba a ser tratado en las más altas esferas, y esta certeza, absurdamente, lisonjeó su vanidad, Debo de estar loco, murmuró, repitiendo palabras de hacía trece días. Le gustaría encontrar, en esta confusión, un sentimiento que prevaleciera sobre los otros, de modo que pudiera responder, más tarde, si vinieran a preguntarle, Y cómo se sintió usted en tan terrible situación, Me sentí preocupado, o indiferente, o divertido, o angustiado, o temeroso, o avergonzado, realmente no sabe lo que siente, sólo desea que lleguen de prisa las cuatro, el encuentro fatal con el león que lo espera con la boca abierta mientras los romanos aplauden, son así los minutos, aunque en general se apartan para dejarnos pasar después de arañarnos la piel, pero siempre habrá uno para devorarnos. Todas las metáforas sobre el tiempo y la fatalidad son trágicas y al mismo tiempo inútiles, pensó Raimundo Silva, tal vez no precisamente con estas palabras, pero siendo el sentido lo que verdaderamente cuenta, así lo notó, contento de haberlo pensado. No obstante, apenas fue capaz de almorzar, tenía un nudo en la garganta, sensación conocida, un agarrotamiento en el estómago, cosa no vulgar y que expresa la gravedad de la situación. La asistenta, era su día, lo encontró raro, e incluso le preguntó, Está enfermo, palabras que contrariamente tuvieron un efecto estimulante, pues si sus modos lo estaban reduciendo tanto ante los ojos de un extraño hasta el punto de que ya lo veían como enfermo, entonces era tiempo de dominarse, de rechazar la miseria que lo derrotaba, por eso respondió, Me encuentro muy bien, y en ese momento fue verdad.

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