Raimundo Silva dobló la hoja de papel dos veces, demorándose en los ángulos, y la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego hizo un movimiento que engañó a la doctora María Sara, parecía que se iba a levantar, pero no, era sólo una manera de tomar impulso, de modo que no se quedara a mitad de una frase que decidió decir, lo que, todo junto, más o menos significa que estos momentos, y los momentos son siempre muchos, aunque sean pocos los segundos, los habían vivido ellos en equilibrio inestable, compelido el corrector, contra su voluntad, a seguir el movimiento de la doctora, invirtiendo ésta su propio impulso al percibir que se había equivocado sobre las intenciones de él. Aún más que el teatro, sabría el cine mostrar estas sutiles danzas de gestos, pudiendo incluso descomponerlos y recomponerlos sucesivamente, pero la experiencia de la comunicación ha venido a probar que esa abundancia aparente de visualizaciones no disminuyó la necesidad de las palabras, cualquier palabra, incluso sabiendo ellas decir tan poco sobre las acciones e interacciones del cuerpo, de la voluntad que hay en él o que él es, de lo que llamamos instinto en ausencia de otro nombre, de la química de las emociones, y de lo demás que, precisamente por falta de palabras, no se mencionará. Pero, no tratando nosotros aquí de cine, ni de teatro, ni siquiera de vida, nos vemos forzados a decir en más tiempo del que necesitamos, sobre todo porque nos damos cuenta de que, después de una primera, una segunda y a veces una tercera tentativa, sólo una parte mínima de las sustancias habrá quedado explicada, y aun así muy dependiente de las interpretaciones, y, dicho esto, en meritorio esfuerzo de comunicación, perturbadamente volvemos al principio, a punto de, inhábiles, aproximar o distanciar el plano de enfoque, con riesgo de velar los contornos del motivo central y volverlo, por así decir, inidentificable. En este caso, sin embargo, afortunadamente, no habíamos perdido de vista a Raimundo Silva, lo dejamos en aquel movimiento ondulatorio que había de transportar la frase, ni la doctora María Sara, de algún modo sumisa, con perdón de la excesiva palabra, no por pérdida de su voluntad, sino por una última y quizá benevolente expectativa, la cuestión está en saber si va el corrector a pronunciar las palabras exactas, sobre todo evitando la peor de las cacofonías, que no condigan la palabra con el sonido, y los dos con la intención, vamos a ver cómo resuelve Raimundo Silva la dificultad, Por favor, dijo, y no hay duda de que ha empezado bien, mi reacción ante el libro, la sorpresa al oír que no está corregido, todo eso se comprende, es como cuando nos duele un punto y el cuerpo se encoge instintivamente si le tocan, sólo le digo que mi deseo sería que todo se borrara en la memoria, Lo encuentro hoy mucho menos desafiante que la otra vez que aquí estuvo, Las luces se apagan, las victorias pierden significado, los desafíos fatigan, repito que me gustaría olvidar lo sucedido, Temo que va a ser imposible si acepta la sugerencia que voy a hacerle, Una sugerencia, O una propuesta, si lo prefiere. La doctora María Sara cogió de un estante bajo que había a su lado un dossier que colocó en el regazo, y dijo, Aquí están reunidas sus opiniones sobre libros que la editorial, en años pasados, publicó o no, Esto es historia antigua, Hábleme de ella, Cree que vale la pena, Tengo mis propias razones para creer que sí, Bien, la editorial estaba entonces empezando, toda ayuda era bienvenida, y alguien en aquella época pensó que yo podía dar mi opinión sobre libros, francamente no podía pasárseme por la cabeza que esos papeles se hubieran conservado hasta hoy, Los encontré durante una inspección que hice en las partes del archivo que me interesaba para mi trabajo, Apenas me acuerdo de ellos, Los he leído todos, Espero que no se haya echado a reír ante tantos disparates, Nada de disparates, al contrario, son opiniones excelentes, bien pensadas y escritas, Supongo que no habrá encontrado cambios de sí por no, y Raimundo Silva se atrevió a sonreír, fue irresistible, pero sólo por las comisuras de la boca, para que no pareciera que se tomaba demasiadas confianzas. La doctora María Sara sonrió también, No, no había cambios, todos están puntualmente, religiosamente, en sus lugares. Hizo una pausa, hojeó al azar el dossier, pareció vacilar aún, y luego, Fueron estos informes, y el hecho, como dije ya, de estar bien escritos y mostrar, aparte de capacidad de observación crítica, una especie, cómo diré, de pensamiento oblicuo bastante singular, Pensamiento oblicuo, No me pida que se lo explique, más que sentido, lo veo, fue todo eso, repito, lo que se condensó en la sugerencia que he decidido hacerle, Y cuál es, La de que escriba una historia del cerco de Lisboa en la que los cruzados, precisamente, no hayan querido ayudar a los portugueses, tomando al pie de la letra su desvío, para emplear la palabra que le oído hace poco, Perdone, pero no entiendo bien su idea, Es muy clara, Tal vez sea eso mismo lo que me impide entenderla, Aún no ha tenido tiempo de acostumbrarse a ella, es natural que el primer movimiento sea de rechazo, No se trata de rechazo, más bien es que la veo como un absurdo, Le pregunto si conoce absurdo mayor que aquel desvío suyo, No hablemos de mi desvío, Aunque no habláramos más de él, aunque este ejemplar llevase, también él, la fe de erratas que está en los otros, aunque esta edición fuese enteramente destruida, incluso así, el No que aquel día escribió habrá sido el acto más importante de su vida, Qué sabe de mi vida, Nada, a no ser esto, Entonces no puede opinar sobre la importancia del resto, Es verdad, pero lo que yo dije no era para que se lo tomase en sentido literal, son expresiones enfáticas que siempre tienen que contar con la inteligencia del interlocutor, Soy poco inteligente, Eso es una expresión enfática más, a la que doy el valor que realmente tiene, es decir ninguno, Puedo hacerle una pregunta, Hágala, Sinceramente, está o no divirtiéndose a mi costa, Sinceramente, no lo estoy, Entonces por qué este interés, esta sugerencia, esta charla, Porque no todos los días encuentra una a alguien que haya hecho lo que usted hizo, Estaba realmente perturbado, Vaya, vaya, En definitiva, y sin querer ser maleducado, su idea no tiene ni pies ni cabeza, Entonces, en definitiva, haga como si nunca hubiera existido. Raimundo Silva se levantó, se compuso la gabardina que no se había quitado, Si no tiene otro asunto para tratar conmigo, me retiro, Llévese su libro, es ejemplar único. Las manos de la doctora María Sara no tienen anillos ni alianza. En cuanto a la blusa, chemisier o como se llame, parece de seda, de un tono pálido que permanece indefinible, beige, marfil-viejo, blanco-mañana, será posible que las puntas de los dedos vibren de modo diferente según los colores que tocan o acarician, no lo sabemos.