Cuando Raimundo Silva se puso por primera vez un reloj de pulsera, hace ya muchos años, era entonces un jovencísimo adolescente, quiso la fortuna lisonjear su vanidad, inmensa, de andar paseando por Lisboa con la hermosa novedad, colocando en su camino nada menos que a cuatro personas ansiosas de saber qué hora era, Tiene hora, preguntaban, y él, generoso, tenía horas y las daba. El movimiento de extender el brazo para hacer retroceder la manga y dejar a la vista el reloj reluciente le confería un sentimiento de importancia que nunca más volvería a experimentar. Y menos ahora cuando va en el camino de casa a la editorial, intentando pasar inadvertido en la calle y entre los pasajeros del autobús, recogiendo el mínimo gesto que pueda atraer atenciones de quien, queriendo también saber la hora, se quedase mirando con expresión burlona la indisimulable línea blanca de separación en lo alto de la frente mientras esperaba que él, nervioso, desembarazase el reloj de las tres mangas que hoy lo esconden, la camisa, la chaqueta, la gabardina, Son las diez y media, responde al fin Raimundo Silva, furioso y vejado. Un sombrero sería útil, pero es objeto que el corrector nunca usó, y aunque lo usara, con él resolvería sólo una pequeña parte de las dificultades, desde luego no va a entrar en la editorial con el sombrero encasquetado, Hola, cómo va eso, y pasar luego al despacho de la doctora María Sara con el sombrero en la cabeza, Aquí tiene la novela, lo mejor sin duda será hacer como si todo fuera natural, blanco, negro, teñido, se mira una vez, no se mira la segunda, a la tercera ya nadie se fija. Pero una cosa es reconocer esto por el intelecto, convocar a examen la relatividad que concilia todas las diferencias, preguntarse, con desprendimiento estoico, qué es, desde el punto de vista de Venus, una cana en la tierra, y otra cosa, terrible, enfrentarse con la telefonista, soportar su mirada indiscreta, imaginar las risitas y las murmuraciones que van a alimentar los ocios en los próximos días, Silva ha dejado de teñirse el pelo, está de un cómico subido, antes se habían reído porque se lo teñía, hay gente que en todo ve motivo de diversión. Y de repente todas esas preocupaciones ridículas se fueron agua abajo porque la telefonista Sara estaba diciendo, La doctora María Sara no está, está enferma, hace dos días que no viene, con tan simples palabras se vio Raimundo Silva dividido entre dos sentimientos contrarios, el contento de que ella no pudiera verle el pelo blanco despuntando, y una aflicción desmedida, que no venía de la enfermedad, de cuya gravedad aún no sabía nada, podía ser una gripe sin complicaciones, o una indisposición accidental, cosas de mujeres, por ejemplo, pero de repente se vio como perdido, uno arriesga tanto, se somete a humillaciones, todo para poder entregar en propia mano el original de una novela, y la mano no está allí, reposa tal vez en una almohada al lado del pálido rostro, dónde, hasta cuándo. Raimundo Silva, en un segundo, comprende que si demoró la entrega del trabajo fue para saborear, con voluptuosidad inconsciente, la espera de un momento que ahora se le escapa, La doctora María Sara no está, dijo la telefonista, y él hizo un movimiento para retirarse, pero después recordó que tenía que entregar el original a alguien, a Costa, evidentemente, El señor Costa está, preguntó, en ese momento se dio cuenta de que se había colocado de perfil con relación a la telefonista, con el propósito obvio de hurtarse a la contemplación, e, irritado ante la demostración de flaqueza, giró sobre los talones para enfrentarse con todas las curiosidades del mundo, pero Sarita ni lo miró, estaba ocupada metiendo y sacando clavijas de la central telefónica, aún de modelo antiguo, y se limitó a hacer un gesto afirmativo, al mismo tiempo que con un vago movimiento de cabeza apuntaba al corredor de entrada, significando todo aquello que Costa estaba y que para Costa no era necesario anunciar a este visitante, cosa que Raimundo Silva sabía muy bien, pues antes de que llegara allí la doctora María Sara no tenía más que entrar e ir en busca de Costa que, siendo Producción, podía estar en cualquiera de los otros despachos, pidiendo, reclamando, protestando, o simplemente, disculpándose en la administración, como siempre tenía que hacer, fuese o no fuese responsabilidad suya, cuando había fallos en el programa.

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