Alexis decidió que aquello era una terrible exageración. Se dijo: somos el colmo. Hacía tan sólo una hora, Alexis había esperado que le encomendaran dirigir la sesión. Había previsto, e incluso se había preparado en secreto para ello, pronunciar unas tersas palabras con su lapidario estilo, soltar al estilo inglés un diligente «muchas gracias, caballeros», y dar por terminada la sesión. Pero no fue así. Los capitostes habían llegado a conclusiones, y querían al silesio para desayuno, almuerzo y cena. En tanto que no querían a Alexis ni siquiera para el café. En consecuencia, Alexis decidió mantenerse en último plano, ostentosamente, con los brazos cruzados, fingiendo leve interés, mientras en el fondo echaba chispas y se sentía solidario de los israelitas. Cuando todos, salvo Alexis, estaban sentados, el silesio hizo su entrada, caminando con aquel estilo pélvico que, según la experiencia de Alexis, cierto tipo de alemanes no podían evitar, cuando se disponían a subir a un estrado. El silesio iba seguido de un asustado joven, con chaqueta blanca, cargado con una maltratada maleta gris que lucía etiquetas de los servicios aéreos escandinavos, y que depositó junto a la mesa. Alexis buscó con la mirada a su héroe, Schulmann, y lo descubrió sentado solo, junto al pasillo y al fondo de la sala. Iba sin chaqueta y sin corbata, y llevaba un par de cómodos pantalones que, debido a la generosa barriga de Schulmann, terminaban un poco antes de llegar a los zapatos pasados de moda. El reloj de acero lanzaba destellos en la tostada muñeca, y la blancura de la camisa, en contraste con la piel curtida por la intemperie, le daba el benévolo aspecto de una persona que se dispone a salir de vacaciones.
Alexis se acordó de su penosa entrevista con los capitostes, y llevado por vanas ilusiones, pensó, dirigiéndose a Schulmann: Espera, que voy contigo.
El silesio habló en inglés, «en deferencia a nuestros amigos de Israel». Pero Alexis sospechó que también lo hizo en deferencia a aquellos de sus partidarios que habían acudido para ver la actuación de su valido. El silesio había seguido el obligatorio curso de lucha antisubversiva, en Washington, y en consecuencia hablaba el despedazado inglés propio de un astronauta. A modo de preámbulo, el silesio dijo que el atentado había sido obra de «elementos de la izquierda radical», y cuando el silesio consiguió hacer una incidental referencia a «las excesivas proclividades socialistas de nuestra actual juventud», los parlamentarios alemanes rebulleron aprobatoriamente. Alexis pensó: Ni siquiera nuestro amado Führer hubiera podido hacerlo mejor. Pero permanecía externamente impasible. El estallido de la bomba se proyectó de abajo arriba, por razones arquitectónicas, dijo el silesio, indicando un esquema que su ayudante había desplegado, y había arrancado de la casa la estructura central, arrancando el piso superior, y, en consecuencia, el dormitorio del niño. Alexis enfurecido pensó: En resumen, fue una explosión gorda, ¿por qué no lo dices y te callas de una maldita vez? Pero el silesio no era hombre proclive a callarse. Las estimaciones más ajustadas señalaban una carga de cinco quilos. La madre había sobrevivido debido a que estaba en la cocina. La cocina era un Anbau. Este brusco e imprevisto empleo de una palabra alemana produjo, por lo menos entre los parlamentarios alemanes, una extraña inquietud.
Dirigiéndose a su ayudante, el silesio farfulló con broncos acentos:
- Was ist Anbau?
Y con estas palabras consiguió que todos irguieran la espalda, en busca de la traducción.
Alexis fue el primero en gritar:
- Anexo.
Con lo que se ganó las reprimidas risas de quienes lo sabían, y la irritación no tan reprimida de los fanáticos del silesio. En su mejor inglés el silesio repitió:
- Annexe.
Y, haciendo caso omiso de quien a su pesar le había ayudado, el silesio prosiguió su machacona explicación.
Alexis decidió: la próxima vez que vuelva a vivir seré judío, o español, o esquimal, o un convencido anarquista, cual lo es todo el mundo; pero jamás volveré a ser alemán, esto es algo que se hace una sola vez, a modo de penitencia y basta; sólo un alemán es capaz de dar una conferencia inaugural sobre un niño judío muerto.
Ahora, el silesio hablaba de la maleta. Era una maleta barata y fea, del tipo usado por cuasi personas tales como los criados y los turcos. Y hubiera podido añadir: y los socialistas. Quienes tuvieran interés en ello podían verlo gracias a la lectura de las carpetas de plástico o al estudio de los fragmentos del bastidor metálico que había sobre la mesa. Y también podían concluir, cual Alexis había concluido, hacía ya tiempo, que tanto la bomba como la maleta eran pistas carentes de toda importancia. Pero nadie podía dejar de escuchar al silesio, debido a que aquel día era el día del silesio, y su discurso era el canto de victoria sobre su depuesto enemigo, el libertario Alexis.