- La chica es muy lenta. Comenzó a hablar hacia el mediodía, pero a media tarde se desdijo de todo lo que había afirmado hasta el momento. «No, yo no he dicho esto. Tú mientes.» Bueno, pues nosotros tuvimos que buscar el punto en que habían quedado grabadas anteriormente las palabras de la chica, hacérselas oír, y la tía, duro que duro, diciendo que es una falsificación. Y entonces, comenzó a escupirnos. Es tozuda, holandesa y está loca.

Kurtz dijo:

- Sí, comprendo.

Pero Litvak quería algo más que simple comprensión:

- La tratamos con dureza, y con ello la irritamos y se comportó con más tozudez todavía. Dejamos de tratarla con dureza, permitimos que recupere fuerzas, y se puso más tozuda y comenzó a insultarnos.

Kurtz se volvió un poco, de manera que, en el caso de que estuviera mirando a alguien, estaría mirando a Becker. En el mismo estridente tono de queja, Litvak siguió:

- La chica regatea y ofrece tratos. Como que somos judíos, hay que regatear. «Si yo os cuento tal cosa, no me matáis, ¿de acuerdo? Si yo os cuento tal cosa, me soltáis, ¿de acuerdo?»

Bruscamente, Litvak se dirigió a Becker, a quien preguntó: -¿Y qué es lo que debe hacer un héroe en estos casos? ¿Seducirla? ¿Conseguir que se enamore de mí? Kurtz miraba su reloj y más allá de su reloj. Observó:

- Lo que esta chica sabe, sea lo que fuere, ya pertenece a la historia. Lo único importante es lo que hagamos con ella. Y cuándo.

Pero no habló como si planteara un problema, sino como el hombre que tomara la decisión final. Kurtz se dirigió a Becker:

- ¿Qué tal funciona la comedia, Gadi?

Becker repuso:

- Todo encaja bien.

Hizo una pausa, dejándoles a todos pendientes de sus palabras, y añadió: -Rossino utilizó a la muchacha en Viena durante un par de días, la llevó al Sur, y le entregó el automóvil. Todo es verdad. La chica fue en automóvil hasta Munich en donde se reunió con Yanuka. Esto no es verdad, pero ellos dos son los únicos que lo saben. Ansioso, Litvak siguió el relato:

- Se reunieron en Ottobrunn, que es un pueblo al sureste de la ciudad. Desde allí fueron a otro sitio, en donde hicieron el amor. El sitio importa poco. No es preciso que todo encaje, en una reconstrucción. Quizá hicieron el amor en el automóvil. La chica dice que le gusta hacer el amor en todo momento. Pero sobre todo le gusta hacer el amor con los luchadores, que es como ella les llama. Quizás alquilaron una habitación en cualquier sitio, y el propietario tiene miedo de declarar. Lagunas de este tipo son normales. La oposición lo espera.

Dirigiendo la vista a la ventana, Kurtz preguntó:

- ¿Y esta noche? ¿Ahora?

A Litvak no le gustaba que le hicieran preguntas tan concretas. Repuso:

- Ahora están en el automóvil camino de la ciudad, para hacer el amor. Para efectuar un trabajillo y esconder el resto de los explosivos. ¿Quién sabe? ¡Por qué tenemos que explicarnos tantas y tantas cosas?

Grabándose los detalles en la memoria, mientras seguía meditando, Kurtz preguntó:

- ¿En dónde está ella en estos instantes, en realidad? Litvak repuso:

- En la camioneta.

- ¿Y dónde está la camioneta?

- Al lado del Mercedes, en el aparcamiento. Basta una orden para que traslademos a la

chica.

- ¿Y Yanuka?

- También está en la camioneta. Es la última noche que pasan juntos. Hemos dado sedantes a los dos, tal como acordamos.

Kurtz volvió a coger sus prismáticos, los elevó a mitad de camino de los ojos, y los volvió a dejar en la mesa. Juntó las manos y frunció las cejas. Dirigiéndose a Becker, a juzgar por la postura de su cabeza, Kurtz dijo:

- Proponedme un método diferente. La metemos en un avión y la devolvemos a su casa, la dejamos en el desierto de Negev, la encerramos. ¿Y qué pasa? ¿Qué habrá sido de ella?, se preguntarán. En el momento en que la chica desaparezca, sospecharán lo peor. Pensarán que se ha pasado al enemigo, que ha desertado. Que Alexis la ha atrapado. Que la han atrapado los sionistas. Piensen lo que piensen, creerán que sus operaciones corren peligro. Y no cabe la menor duda de que dirán: «Licenciamos al equipo, que cada cual se vaya a su casa.»

Después de una pausa, Kurtz resumió:

- Deben tener pruebas concretas de que nadie tiene a la muchacha en su poder salvo Yanuka y Dios. Deben saber que la chica está tan muerta como Yanuka. ¿No estás de acuerdo conmigo, Gadi? ¿O me engaño al creer que en tu expresión se lee que tienes una idea mejor?

Kurtz se limitó a esperar, pero la mirada de Litvak, fija en Becker era inocente, en el momento en que necesitaba que Becker compartiera su culpabilidad.

Después de hacerles esperar un siglo, Becker dijo:

- No.

Pero Kurtz advirtió que en la cara de Becker había aparecido una dura expresión de fidelidad.

De repente, Litvak atacó a Becker, de manera que su voz y sus palabras parecieron saltar al aire desde el lugar en que el muchacho estaba sentado:

- ¿No? ¿No, qué? ¿No se hace la operación? ¿Qué significa no? Becker, sin prisas, replicó:

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