La bombilla ardía bajo la pantalla de vidrio verde de la lámpara, y en el círculo de luz había un número reciente del diario
Andrei miró el diario con indiferencia.
— ¿El primero? — preguntó —. ¿Y por qué el primero?
— Porque todavía hay muchos por delante — pronunció la voz del Preceptor.
Entonces Andrei se levantó, tratando de no mirar hacia el lugar de donde provenía la voz, y recostó el hombro sobre el armario junto a la ventana. El agujero del patio, débilmente iluminado por los rectángulos amarillos de las ventanas, estaba debajo y encima de él, y ascendía hasta algún lugar muy arriba, y en el cielo, ahora totalmente oscuro, se veía la estrella Vega. Le resultaba totalmente imposible abandonar todo eso, pero también le era imposible (¡muchísimo más!) quedarse allí. Entonces. Después de todo aquello.
— ¡Izya! ¡Izya! — se oyó el grito agudo de una mujer, asomada al patio —. ¡Izya, ven a cenar! Niños, ¿no habéis visto a Izya?
— ¡Izya! — se pusieron a gritar en ese momento las vocecitas infantiles —. ¡Katzman! ¡Ven, te llama tu mamá!
Andrei, muy tenso, pegó el rostro al cristal de la ventana y miró atentamente a la oscuridad. Pero sólo vio sombras difusas que se movían por el fondo oscuro y negro de aquel hueco, entre los montones de rajas de leña.