La bombilla ardía bajo la pantalla de vidrio verde de la lámpara, y en el círculo de luz había un número reciente del diario Leningradskaia Pravda, con un gran titular: EL AMOR DE LOS LENINGRADENSES HACIA EL CAMARADA STALIN NO TIENE LÍMITES. En una estantería, a su espalda, se oía el murmullo de un aparato de radio. En la cocina, la madre hablaba con una vecina y se oía ruido de platos. Olía a pescado frito. Al otro lado de la ventana, en el patio central, varios niños pequeños jugaban al escondite dando gritos y chillidos. Por el ventanuco abierto entraba un aire húmedo, primaveral. Un minuto antes, todo aquello había sido muy diferente de este momento, más cotidiano, más habitual. Algo sin futuro. Más exactamente, algo separado del futuro.

Andrei miró el diario con indiferencia.

— ¿El primero? — preguntó —. ¿Y por qué el primero?

— Porque todavía hay muchos por delante — pronunció la voz del Preceptor.

Entonces Andrei se levantó, tratando de no mirar hacia el lugar de donde provenía la voz, y recostó el hombro sobre el armario junto a la ventana. El agujero del patio, débilmente iluminado por los rectángulos amarillos de las ventanas, estaba debajo y encima de él, y ascendía hasta algún lugar muy arriba, y en el cielo, ahora totalmente oscuro, se veía la estrella Vega. Le resultaba totalmente imposible abandonar todo eso, pero también le era imposible (¡muchísimo más!) quedarse allí. Entonces. Después de todo aquello.

— ¡Izya! ¡Izya! — se oyó el grito agudo de una mujer, asomada al patio —. ¡Izya, ven a cenar! Niños, ¿no habéis visto a Izya?

— ¡Izya! — se pusieron a gritar en ese momento las vocecitas infantiles —. ¡Katzman! ¡Ven, te llama tu mamá!

Andrei, muy tenso, pegó el rostro al cristal de la ventana y miró atentamente a la oscuridad. Pero sólo vio sombras difusas que se movían por el fondo oscuro y negro de aquel hueco, entre los montones de rajas de leña.

FIN
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