Limpiaría como la endiablada ama de casa que había sido su madre, siempre con la exhortación de su marido en mente: «Casa limpia, manos limpias, corazón limpio». Limpiaría toda la sangre. Después frotaría todo lo que recordara haber tocado y todo lo que pudiera haber tocado aun sin recordarlo. Pero antes…

El cadáver. Tenía que hacer algo con el cadáver.

Junior decidió que la despensa bastaría por el momento. La llevó hasta allí arrastrándola de los brazos y luego los soltó: flump. Después de eso se puso manos a la obra. Cantaba a media voz mientras, primero, recolocaba los imanes en la nevera y, luego, bajaba las persianas. Había conseguido llenar el cubo casi hasta el borde antes de que el grifo empezase a escupir. Otro extra.

Seguía frotando, con el trabajo bastante avanzado ya pero lejos aún de haber acabado, cuando oyó que llamaban a la puerta de entrada.

Junior levantó la mirada, los ojos como platos, los labios tensos en una horrorizada sonrisa desprovista de humor.

– ¿Angie? -Era una chica, y sollozaba-. Angie, ¿estás ahí? -Más golpes en la puerta, y entonces se abrió. Por lo visto su buena racha había terminado-. Angie, por favor, tienes que estar aquí. He visto tu coche en el garaje…

Mierda. ¡El garaje! ¡No se le había ocurrido mirar en el puto garaje!

– ¿Angie? -Más sollozos. La conocía. Ay, Dios, ¿era esa imbécil de Dodee Sanders? Sí que lo era-. ¡Angie, me han dicho que mi madre está muerta! ¡La señorita Shumway dice que está muerta!

Junior esperó que primero subiera arriba, a mirar en la habitación de Angie, pero lo que hizo la chica fue avanzar por el pasillo en dirección a la cocina, moviéndose despacio y a tientas en la oscuridad.

– ¿Angie? ¿Estás en la cocina? Me ha parecido ver luz.

A Junior empezaba a dolerle otra vez la cabeza, y todo por culpa de esa hijaputa fumada y metomentodo. Lo que sucediera a partir de ese momento… también sería culpa de ella.

<p>5</p>

Dodee Sanders seguía algo colocada y un poco borracha; tenía resaca; su madre estaba muerta; avanzaba a tientas en la oscuridad por el recibidor de la casa de su mejor amiga; tropezó con algo que resbaló bajo su pie y le faltó poco para caerse de culo. Se agarró a la barandilla de la escalera, se hizo daño al doblarse dos dedos hacia atrás y gritó. Comprendía más o menos que todo eso le estaba pasando a ella, pero al mismo tiempo le resultaba imposible creerlo. Se sentía como si hubiese ido a parar a una dimensión paralela, como en una película de ciencia ficción.

Se agachó para ver qué era lo que había estado a punto de tirarla al suelo. Parecía una toalla. Algún idiota se había dejado una toalla en el suelo del recibidor. Después creyó oír a alguien moviéndose en la oscuridad, al fondo. En la cocina.

– ¿Angie? ¿Eres tú?

Nada. Seguía teniendo la sensación de que allí había alguien, pero a lo mejor no.

– ¿Angie? -Avanzó de nuevo arrastrando los pies y apretándose contra un costado la mano derecha, que le palpitaba (se le iban a hinchar los dedos, creía que ya se le estaban hinchando). Iba con la mano izquierda levantada por delante de ella, tentando el aire oscuro-. ¡Angie, por favor, tienes que estar en casa! Mi madre está muerta, no es ninguna broma, me lo ha dicho la señorita Shumway y ella no gasta bromas, ¡te necesito!

El día había empezado muy bien. Dodee se había levantado temprano (bueno… a las diez; temprano para ella) y sin ninguna intención de saltarse el trabajo. Entonces la había llamado Samantha Bushey para decirle que se había comprado unas Bratz nuevas en eBay y para preguntarle si quería ir a su casa a ayudarla a torturarlas. La tortura de Bratz era algo a lo que se habían aficionado en el instituto -las compraban en mercadillos, luego las colgaban, les clavaban clavos en sus estúpidas cabecitas, las regaban con líquido de mechero y les prendían fuego- y Dodee sabía que con los años tenían que haberlo dejado, porque ya eran adultas, o casi. Eso era cosa de crías. Si te parabas a pensarlo también era un poco espeluznante. Pero el caso era que Sammy tenía su propia casa en Motton Road -una caravana, pero desde que su marido se había largado en primavera la tenía toda para ella sola- y Little Walter dormía prácticamente todo el día. Además, Sammy solía tener una hierba cojonuda. Dodee suponía que la conseguía de los tipos con los que se montaba la fiesta. Su caravana era un lugar muy popular los fines de semana, pero el caso era que Dodee había jurado dejar la hierba. Nunca más, no desde todo aquel lío con el cocinero. «Nunca más» había durado algo más de una semana, hasta que llamó Sammy.

– Tú puedes quedarte con Jade y Yasmin -intentó convencerla Sammy-. Además, tengo una ya sabes qué buenísima. -Siempre decía eso, como si cualquiera que las estuviera escuchando no supiese de qué hablaba-. Además, podemos ya sabes qué.

Dodee también sabía qué era ese «ya sabes qué» y sintió un pequeño cosquilleo Ahí Abajo (en su ya sabes qué), aunque también eso eran cosas de crías, y también tendrían que haber dejado de hacerlo mucho tiempo atrás.

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