– A veces, cuando la gente se queda sola, hace cosas de las que más tarde se arrepiente -respondió Julia-. Normalmente cuando empiezan las investigaciones.
Las comisuras de los labios de Freddy se curvaron hacia abajo. Después empujó a Sam por la acera.
Junior miró a Barbie unos segundos más, luego dijo:
– Más vale que tengas cuidado con lo que dices cuando yo esté cerca. Y cuidado por dónde andas. -Tocó adrede su nueva y brillante placa con el pulgar-. Perkins está muerto y ahora yo soy la ley.
– Junior -dijo Barbie-, no tienes buen aspecto. ¿Te encuentras mal?
Junior lo miró con ojos un poco demasiado abiertos. Después se volvió y siguió a su nuevo compañero. Apretaba los puños.
6
En tiempos de crisis, la gente tiende a recurrir a los consuelos habituales. Ese es el caso tanto de religiosos como de infieles. Los feligreses de Chester's Mill no se llevaron ninguna sorpresa aquella mañana: Piper Libby habló de esperanza en la Congregación, y Lester Coggins habló del fuego infernal en el Santo Cristo Redentor. Las dos iglesias estaban abarrotadas.
La homilía de Piper era sobre el evangelio de san Juan: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros». Les dijo a los que llenaban los bancos de la Congregación que en época de crisis la oración era muy importante -el consuelo de la oración, el poder de la oración-, pero que también era importante ayudarse unos a otros, depender unos de otros y amarse unos a otros.
– Dios nos pone a prueba con cosas que no comprendemos -dijo-. A veces es con una enfermedad. A veces es con la muerte inesperada de un ser querido. -Miró con compasión a Brenda Perkins, sentada con la cabeza gacha y las manos unidas sobre el regazo de un vestido negro-. Y ahora es con una barrera inexplicable que nos ha dejado aislados del mundo exterior. No lo comprendemos, pero tampoco comprendemos la enfermedad, el dolor ni la muerte inesperada de una buena persona. Le preguntamos a Dios por qué, y en el Antiguo Testamento la respuesta es la que Él le da a Job: «¿Dónde estabas tú cuando yo creé el mundo?». En el Nuevo Testamento (con mayor claridad), es la respuesta que Jesús le da a sus discípulos: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Eso es lo que tenemos que hacer hoy y todos los días hasta que esto haya concluido: amarnos los unos a los otros. Ayudarnos los unos a los
La homilía de Lester Coggins era sobre los Números (una parte de la Biblia no precisamente célebre por su optimismo): «He aquí que habréis pecado ante el SEÑOR, y sabed que vuestro pecado os alcanzará».
Igual que Piper, Lester mencionó el concepto de prueba -éxito eclesiástico a lo largo de todos los líos de tres pares de cajones de la historia-, pero su tema principal fue la plaga del pecado, cómo Dios se encargaba de esas plagas, cómo parecía estrujarlas entre sus dedos igual que un hombre estrujaría un molesto grano hasta que el pus saliera propulsado cual Colgate sagrado.
Y puesto que, aun a la clara luz de una hermosa mañana de octubre, seguía más que medio convencido de que el pecado por el que estaba siendo castigado el pueblo era el suyo, Lester fue especialmente elocuente. Hubo lágrimas en muchos ojos y las exclamaciones de «¡Sí, Dios mío!» se oían desde un rincón de amenes a otro. Cuando Lester estaba tan inspirado, a veces se le ocurrían nuevas ideas brillantes mientras predicaba. Ese día se le ocurrió una y la expresó al instante, sin detenerse mucho a pensarlo. No necesitaba pensarlo. Hay cosas que son demasiado brillantes, demasiado relucientes, para no ser correctas.
– Esta tarde iré al lugar en el que la 119 choca con la misteriosa Puerta del Señor.
– ¡Sí, Jesucristo! -exclamó una mujer que lloraba. Otras dieron una palmada o alzaron las manos para dar testimonio.
– Calculo que a las dos de la tarde. Iré y me arrodillaré en aquellos pastos de ganado lechero, sí, y le rezaré a Dios para que ponga fin a esta desgracia.
Esta vez las exclamaciones de «Sí, Dios mío» y «Sí, Jesucristo» y «Dios, todo lo sabe» fueron más fuertes.
– Pero antes… -Lester alzó la mano con la que se había fustigado la espalda desnuda en la oscuridad de la noche-. Antes… ¡rezaré por el PECADO que ha causado este DOLOR, este SUFRIMIENTO y esta DESGRACIA! Si estoy solo, puede que Dios no me oiga. Si vienen conmigo dos o tres, o incluso cinco personas, Dios SEGUIRÁ sin oírme, ¿podéis decir amén?
Podían. Lo hicieron. Todos ellos habían alzado las manos y las movían de un lado a otro, atrapados en aquel fervor del buen Dios.