– Algunos polis han tenido un comportamiento bastante brusco. Tal vez debería hacer algo al respecto. Antes, ya sabe, de que la situación se desmadre.

Su sonrisa desdichada no se alteró.

– Bueno, Sammy, soy consciente de lo que sentís los jóvenes hacia la policía, yo también fui joven, pero nos encontramos en una situación bastante grave. Y cuanto antes logremos reestablecer un mínimo de autoridad, mejor nos irá a todos. Lo entiendes, ¿verdad?

– Claro -respondió Sammy. Lo que entendía era que el dolor, por verdadero que fuera, no impedía que los políticos siguieran diciendo un montón de chorradas-. Bueno, ya nos veremos.

– Forman un buen equipo -añadió Andy en tono distraído-. Pete Randolph se encargará de meterlos en vereda. De que lleven el mismo sombrero. De que… esto… bailen al son de la misma música. Proteger y servir, ya sabes.

– Claro -dijo Samantha. El baile del «proteger y servir», con alguna que otra patada en las tetas. Puso el coche en marcha mientras Little Walter roncaba en el asiento de al lado. El olor de caca de bebé era horrible. Bajó las ventanillas y miró por el espejo retrovisor. El señor Sanders seguía de pie en el aparcamiento provisional, que entonces ya estaba casi desierto. Levantó una mano para despedirse de ella.

Sammy hizo lo propio mientras se preguntaba dónde había pasado Dodee la noche anterior si no había ido a casa. Pero enseguida se olvidó del tema -no era su problema-, y encendió la radio. La única emisora que sintonizaba bien era Radio Jesús, y apagó de nuevo el aparato.

Cuando alzó la vista, Frankie DeLesseps se encontraba en medio de la carretera, frente a ella, con una mano levantada, como un poli de verdad. Tuvo que dar un frenazo para no atropellarlo, y agarrar al bebé con una mano para que no cayera al suelo. Little Walter se despertó y empezó a llorar.

– ¡Mira lo que has hecho! -le gritó a Frankie (con quien había tenido un rollo de dos días en el instituto, cuando Angie estaba en un campamento para músicos)-. ¡El bebé casi se cae al suelo!

– ¿Dónde está su silla? -Frankie se asomó por su ventanilla, marcando bíceps. Mucho músculo, poca polla, ese era Frankie DeLesseps. A Sammy no le importaba lo más mínimo que Angie se lo hubiera quedado.

– No es asunto tuyo.

Tal vez un poli de verdad la habría multado por desacato a la autoridad y por no llevar la silla especial de sujeción para bebés, pero Frankie le lanzó una sonrisa petulante.

– ¿Has visto a Angie?

– No. -Esta vez era la verdad-. Debe de haber quedado atrapada al otro lado de la Cúpula. -Aunque a Sammy le parecía que eran los del pueblo los que estaban atrapados.

– ¿Y a Dodee?

Sammy respondió que no una vez más. Casi se vio obligada, porque existía la posibilidad de que Frankie hablara con el señor Sanders.

– El coche de Angie está en su casa -dijo Frankie-. He echado un vistazo en el garaje.

– Menuda noticia. Debieron de ir a algún sitio con el Kia de Dodee.

Frankie meditó sobre esa posibilidad. Estaban casi a solas. El atasco no era más que un recuerdo. Entonces dijo:

– ¿Georgia te ha hecho pupita en la tetita? -Y antes de que ella pudiera responder, metió la mano y se la sobó. Sin ningún tacto-. ¿Quieres que le dé un besito para que se cure antes?

Sammy lo apartó de un manotazo. A su derecha, Little Walter no paraba de llorar y llorar. En ocasiones se preguntaba, muy en serio, por qué había creado Dios a los hombres. Siempre estaban llorando o sobando, sobando o llorando.

Frankie no sonreía.

– Más te vale que vayas con cuidado -le dijo-. Ahora las cosas han cambiado.

– ¿Qué piensas hacer? ¿Detenerme?

– Ya se me ocurrirá algo mejor -respondió-. Venga, en marcha. Y si te encuentras con Angie, dile que quiero verla.

Se alejó, hecha una furia y, a pesar de que no le gustaba reconocerlo, aunque era cierto, un poco asustada. Al cabo de casi un kilómetro paró el coche y le cambió el pañal al bebé. Llevaba una bolsa de pañales usados detrás, pero estaba demasiado enfadada para cogerla. Tiró el pañal lleno de caca al arcén, no muy lejos de un gran cartel que decía:

COCHES DE OCASIÓN JIM RENNIE

EXTRANJEROS Y NACIONALES

¡PÍDANO$ UN CRÉDITO!

¡CON BIG JIM TODO IRÁ SOBRE RUEDAS!

Adelantó a un grupo de niños que iban en bicicleta y se preguntó otra vez cuánto tiempo pasaría hasta que todo el mundo se viera obligado a usarlas. Aunque tal vez no llegara a suceder. Alguien lo solucionaría todo antes de que llegaran a ese extremo, como en una de esas películas de desastres que tanto le gustaba ver en la televisión cuando estaba colocada: volcanes en erupción en Los Ángeles, zombis en Nueva York. Y cuando la situación regresara a la normalidad, Frankie y Carter Thibodeau volverían a ser los mismos de antes: unos pringados pueblerinos sin apenas un centavo en los bolsillos. Pero, mientras tanto, más le valía pasar desapercibida.

Por lo demás, se alegraba de haber mantenido la boca cerrada respecto a Dodee.

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