«¡Estáte quieto, hereje! -tronó la Vieja desde su altura-; ¡no osarás tocar mi ropa con tus manos diabólicas!» Se las miró el cónsul; aseguró su ignorancia de que estuvieran excomulgadas, pero garantizó, al menos, su limpieza. «¡No nos toques! ¡Nosotras solas bastamos!», y cogió a la Muerta de una mano, la Tonta hizo lo mismo por la otra parte, y en vuelo como un salto de avecilla alicorta quedaron a la altura de todos, si bien la Tonta, al caer, enganchó el borde del halda en los pinchos de las pitas: hubo que desenredársela, su hermana le gritó que si era tonta y que no se le podía llevar a ninguna parte, y después, vuelta hacia los presentes y bien alumbrado el rostro, que parecía de palo carcomido, le preguntó al cónsul que si habían interrumpido la orgía o si no había comenzado aún. «¡Señora mía, la encuentro un poco exagerada de palabra! Un grupo escasamente numeroso que se reúne a cenar y a escuchar música. Todos amigos, personas de importancia, condes, vizcondes y almirantes por lo menos, lo que se dice una cena de la high life. Por cierto, que si quiere tomar algo… porque los criados se han ido ya.» La Vieja paseó la mirada alrededor. «Desde la altura casi del cielo me llegó un olor a carne…» «En nuestra cena figuró un faisán. Ahí quedan todavía las plumas.» «Carne viva y desnuda de hembra pecadora.» «Aquí no hay hembras, sino damas.» Volvió a mirar la Vieja en torno, se demoró más en cada una. «Alguna de éstas iba en cueros: me llegó el tufo.» «No es imposible que una griega del Arrabal se haya bañado en pelota. Suelen hacerlo en noches como ésta, tan calientes. Y, claro está, a una altura tan alta, no se pueden precisar los nombres propios.» «¿No sabe, joven, que no me equivoco nunca?» «¿Es usted el papa?» «¡Hereje!»

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