Había un hermoso fuego en la chimenea: llamas largas, rojizas, y llamas cortas, azuladas, como un bosque de color y movimiento; y había también agujeros oscuros, como túneles ardientes, ¡yo qué sé! Me puse a contemplar, conjurando el misterio con mi deseo, y entre las llamas se perfiló la cabeza de Ascanio Aldobrandini, aún no sabemos quién es, una cabeza hermosa y decidida, el gesto duro, hecha de dardos implacables la mirada, pero ligeramente cojo. Se dirigió a un concurso de hombres enmascarados, y al lado de él, en la mesa que tenía ante sí, yacía también su máscara. «Si no le recordáis, yo os lo recordaré: Galvano della Porta, que enviaron a Prusia para que se hiciese militar en la escuela del rey Federico. Su padre era uno de los nuestros: suministraba a los buques bastimentos de boca y cañón, pero al hijo le atraía la gloria. Fue recomendado del emperador, salió teniente, y como aquí no tenemos ejército, se contrató con el zar, y llegó a general después de pelear todas las guerras. Si ahora regresa, es por haber sentido que la voz de la patria lo ordenaba.» Hablaba Ascanio con gravedad, tranquilo, sin redondear las palabras, sino recreándose en sus aristas. Alguien le preguntó desde el corro: «¿Por qué, entonces, se esconde?». «Porque trajo consigo una enfermedad espantosa que comienza ya a dañarle la nariz.» La imagen de un rostro carcomido como la pata de un mueble viejo sacudió seguramente aquellos corazones en cónclave, y algunos de los presentes reprimieron una exclamación de espanto. «Entonces, ¿cómo va a dirigirnos?» «Yo recibiría sus instrucciones… No olvidéis que soy el que le esconde, el que ha comprometido la cabeza en su seguridad.» «¿Y cuál es su manera de pensar?» Ascanio hurgó en el bolsillo y extrajo, con parsimonia, un papel doblado. «Si os complace puedo leeros su manifiesto.» «Sí, sí, claro, por supuesto.» Alrededor de Ascanio Aldobrandini había crecido el espacio, y era como una ventana o como un escenario rodeado de llamas. Hacia el lugar alumbrado en que se hallaba Ascanio, se tendieron las cabezas sin rostro. «A los hombres honrados de mi país, paz y esperanza. Guerra implacable, entenderlo, a los que nos oprimen.» Ascanio hizo una pausa, y paseó la mirada alrededor: comprendió, por la posición de las cabezas, que detrás de las máscaras se ocultaban rostros anhelantes, y alargó, por eso mismo, la duración de la pausa. «Empieza bien. Continúa», dijo entonces alguien, impaciente. No voy a repetir, Ariadna, punto por punto, el texto entero, prosa entre la arenga y el panfleto, con invocaciones a Dios inteligentemente situadas, de quien el redactor se declaraba mano diestra: una prosa caliente contra el Podestá De Risi, Gran Comodoro de la Armada Comercial y cabeza visible enemiga, el responsable, además, al parecer, de que la reliquia de san Demetrio, propiedad indiscutible de la catedral católica, la custodiasen ahora en su iglesia los ortodoxos griegos… Si bien para que entiendas cabalmente, no me queda otro camino que el de hacer aquí un inciso e informarte de que en La Gorgona convivían desde los tiempos de Maricastaña una comunidad latina de comerciantes y banqueros, aunque también de otros oficios, y otra de griegos, marineros los más, aunque también operarios de la construcción naval. La manzana de la discordia entre las dos comunidades fue esa reliquia, que a lo largo de los siglos pasó unas cuantas veces de ser guardada por barbudos popes a serlo por lampiños curas en las iglesias respectivas, siempre con gresca y zaragata, a priori y también a posteriori, tú me la quitas, yo me la llevo, la dichosa reliquia de san Demetrio. Debo añadirte que los griegos, marinos o calafates, vivieron en barrio propio con fuero y autonomía, al otro lado de la ensenada, un cuerno de agua azul entre las partes de la ciudad, y la de allende el color le llaman todavía el Arrabal. Pues los banqueros y los marinos, en los últimos tiempos, habían halagado a la comunidad helénica, que les construía barcos y se los tripulaba, aunque siempre sin ascender más arriba de contramaestres, y les había cedido por las buenas, sin pelea y en contra de la opinión vaticana, el santo hueso disputado: lo cual les pareció de perlas a los secuaces de banqueros y comodoros, la gente bien de la Isla, cabezas en general incrédulas, corazones abiertos a la licencia del amor, y lo sintieron como ofensa personal y colectiva los comerciantes y los importadores, que eran los defensores de la fe estricta y de la moral prieta. Esta es la razón por la que en el manifiesto del general Della Porta leído por Ascanio Aldobrandini con voz en que pesaba la autoridad aplastantemente recibida de los cielos, fuese el Hueso lo primero nombrado en su resumen de agravios, y después la palmaria inclinación de la casta dominante (de cuyas injusticias sufrían ante todo los importadores de efectos navales) hacia la recién estrenada Revolución Francesa, vade retro, Satán, y su diabólica ideología, ¿qué es eso de conceder el voto a los helenos?, ¿para qué?; ante lo cual la Iglesia se había echado a temblar y mostraba las uñas de sus garras, como el Imperio, como los reyes por la Gracia de Dios. «Somos muchos los que sospechamos (decía Galvano textualmente) que los tratos entre el Terror y nuestra Señoría abocarán a una Alianza endemoniada en cuya virtud se hará de nuestro puerto inexpugnable base de operaciones de la República en el Mediterráneo. ¿Y qué se derivará de esto, sino la tiranía universal de Robespierre? ¿Veremos cómo se instala en la Plaza de Armas la guillotina y cómo arrastran a ella a nuestros honorables ciudadanos?» A causa de lo cual y de otras quisicosas, Galvano pedía solidaridad para la acción, y acción resuelta. Cuando Ascanio hubo acabado la lectura, sucedió a sus palabras un segundo silencio, pues era seguramente el ardid que mejor dominaba, suscitar de repente el anhelo. Lo interrumpió por fin desde un asiento lejano una pregunta anónima: «Y, en caso de rebelión, ¿quién nos protegerá de la República Francesa?». Ascanio no vaciló en responder: «Inglaterra. Por la cuenta que le tiene». «Y, ¿qué es lo que nos ordena el general?» «De momento, cada cual a su casa y en silencio: hablar puede llevarnos al fracaso. Las órdenes concretas irán a domicilio. Y, dentro de una semana, aquí otra vez.» Se vio en medio de las llamas cómo aquella pandilla de máscaras abstractas requería sus capas de conspiradores y sus bastones de estoque, y salía a la noche por pasadizos secretos, no sin antes haber rezado un padrenuestro. Estaban en los sótanos del antiguo cenobio cisterciense, más tarde Casa del Temple, en los últimos tiempos almacén de artillería de la armada: corredores de bóvedas cruzadas, laberíntica traza, en cuyas crujías se tropezaba a veces con huesos de esqueleto de alguien que había entrado allí para fisgar: el supuesto tesoro de los Templarios aún atraía la codicia de bastantes curiosos.

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