Ahora el Artemisa, que ya enfila la ría, se dispone a cruzar entre las baterías de la bocana. A la vista del velamen, todavía tendido, en el puerto, allá en el fondo, empieza la animación, bulle la gente en los muelles, entran y salen en la dársena los botes de la faena. A lo mejor te interesa, Ariadna, este ajetreo, pero, a poco que distraigas la mirada, te mostraré esa casa que cierra por una parte la enorme avenida del Temple: ahora la van llamando «del general». A su cabo está el palacio de la Señoría, ese de los aleros grandes y los grandes balcones, y la casa de que te hablo hace ángulo con él, unos jardines por medio. De tal casa conviene que te fijes en el hermoso y celado mirador de la derecha, gótico florido nada menos, obra de algún arquitecto francés que pasó por la Isla: de frente, enfila todo lo largo de la avenida; desde el costado se abarca la extensión del puerto, y, más allá, hasta los mismos castillos que guardan la bocana: detrás de esos cristales emplomados en los que, vistos de cerca, el curioso descubre verdaderas mirillas, vigilan los catalejos y los ojos de las Tres Gracias, Talía, Aglae y Eufrosina, no se sabe si tías lejanas del general o de Ascanio Aldobrandini: en esto no está la gente de acuerdo, pero son desde luego tías de alguien. Los griegos del astillero les llaman, sin embargo, Parcas: Cloto, que corresponde a Talía; Láquesis, a Aglae, y Átropos a Eufrosina: evidentemente los nombres de los griegos no ascienden al barrio de los latinos, ni se mencionan en los comadreos, de modo que no importa olvidarlos. En este mismo momento, el catalejo de Eufrosina acaba de descubrir, en la cubierta del Artemisa y como dispuesta al desembarco, la figura entristecida aunque gallarda, de Demónica. Eufrosina les dice a sus hermanas: «¡La cara de esa mujer me recuerda a no sé quién, y no de ahora!». Eufrosina puede remejer horas y horas en sus recuerdos, porque almacena en ellos los nombres y los hechos de un par de miles de años. Los latinos dicen de ella, aunque en voz baja, que tal debe ser su edad, lustro más, lustro menos, y que de puro vieja que es le han salido en el coño dientes de perra, así como que tiene las tetas rellenas de tornillos. ¡Lo mala que es la gente! Eufrosina, de momento, no ha tenido que hurgar en el pasado más remoto, ése en que se le despiertan las carnes al escuchar la música de nombres como el de Lorenzo de Médicis, el de Can Grande della Scala, el de Septimio Severo, los más notorios de sus amantes infinitos, sino que le bastó el repasar de un corto número de años inmediatos. «¡Ya lo tengo! ¡Es la hija del comodoro De Risi! ¿Qué vendrá a buscar aquí esa revolucionaria?» Ninguna de sus hermanas le responde. A Talía la gente la llama siempre la Muerta: tiene la cara de porcelana, ojos de vidrio, el cuerpo de lienzo basto y estopa, y entre los dientes de su boca abierta cuelgan los hilos de una telaraña arcaica. A Aglae se la conoce por la Tonta, quizá porque no habla jamás por cuenta propia, ni aun los monosílabos del sí o el no, sino que se limita a repetir con voz cascada y un tiempo de retraso, como si lo pensara antes, lo que dice Eufrosina: «¡Ya lo tengo! ¡Es la hija del comodoro De Risi! ¿Qué vendrá a hacer aquí esa revolucionaria?». La lente del catalejo, que se detiene un instante en la persona de Agnesse, busca no obstante aquel rostro ovalado y moreno que se parece al de un hombre de mando que colgaron de una entena hace unos pocos años. Eufrosina abandona el catalejo y bate palmas. Al criado que acude, le ordena que prepare los palanquines laqueados. «¡Vamos, Aglae!» Cogen a Talía entre las dos a la silla de la reina, que quema, que quema, y se la llevan así hasta el zaguán, donde ya esperan los tres relucientes armatostes con sus porteadores. A la Muerta la meten en el del medio; Eufrosina va delante, la Tonta cierra la marcha. No hacen más que atravesar la calle: los soldados de guardia abren el portón del palacio por el que entran las personas de viso. «¡Vosotras, a no moverse de aquí!», manda la Vieja, y las abandona al pie de la escalera: es ella la que sube sola hasta el despacho de Ascanio, más madrugador que nadie, siempre inclinada la cabeza encima de un montón de papeles. «¿Sabes que acaba de llegar la hija de De Risi?», le grita desde la puerta, Eufrosina; y Ascanio queda bastante sorprendido, la mirada vacante unos momentos. «¿Cómo dices?» «Demónica, la hija de De Risi, aquella que enviamos a Francia con su madre y que se metió después en la revolución.» «¿Estás segura?» «¡No hay una cara que se me escape, lo sabes! Y puedo añadirte que ha llegado también, si no me equivoco, esa veneciana que traes para que te enseñe inglés. No puede ser otra: rojilla de cabello, demasiado alta.» Ascanio escribe algo en un papel. «Te lo agradezco, tía. ¿Qué sería del Estado sin ti?» «Sin nosotras, no vayas a olvidar a mis hermanas. Por cierto: esta noche pasada, la policía de tu mujer estuvo en un verdadero tris de sorprender con las manos en la masa a ese empleado tuyo que pinta en las paredes lo de "Ascanio, asesino". Ya puedes prevenirle y que se ande con ojo.» Los palanquines atraviesan otra vez la calle y penetran en el zaguán de donde acaban de salir: Las Tres Hermanas Funestas retornan a su habitual misión diurna: fisgar todo a lo largo de la avenida, todo a lo ancho del muelle. La gente de la ciudad, a ese balcón, le atribuye un rótulo que es una conminación; todos lo hubieran escrito en aquellas paredes, nadie se atreve: repetición del que existe en el arsenal, por la puerta de entrada de la dársena, encima de la escollera, y que ordena:

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