Encontré en la puerta un mensaje de Janine Baker, para comer juntos, si podía ser. No sé si la conoces: una muchacha judía de quien se dice que si un niño entrase en su laboratorio y mezclase los potingues de sus matraces y de sus tubos de ensayo, podría resultar del revoltillo una raza de monstruos que arrojase a los hombres de la tierra para suicidarse, los monstruos, luego. Solemos encontrarnos en algunas fiestas, donde las mujeres rodean a su marido y se lo llevan a un rincón, y allí lo mantienen protegido de una muralla de halagos, de sonrisas, de complacencias, porque dicen que Conrad Baker es el profesor más guapo de la universidad, y él lo sabe: inexplicablemente casado con esa judía genial, que puede que lo sea, lo de genial, pero también lo de judía; y los hombres, en las fiestas, la dejan sola, porque temen su inteligencia y se sienten incómodos debajo de su mirada: aun los más tolerantes de los humanistas, el propio Claire, no saben cómo portarse en su presencia. A Claire le oí decir, cierta vez que acaso bromease: «El que se acueste con la doctora Baker corre el riesgo de que le salgan de debajo de la cama, miríadas de homúnculos como gnomos, de esos que ella produce en serie; pero yo, la verdad, prefiero los de mi bosque, que no nacieron en probetas y me dan más confianza». Janine y yo hemos llegado a ser amigos, probablemente porque soy el que se sienta a su lado cuando los demás la dejan, porque a veces nos miramos y confirmamos nuestro acuerdo en algo en lo que los demás disienten, porque he llegado a mostrarle mi compasión por su soledad, que ella se niega a reconocer. Amo sobre todo sus ojos, jamás he visto nada semejante en fuerza y en belleza, de un azul violeta tierno y a la vez fulgurante, en los que se concentra y se te mete en el alma una inteligencia que parece arder como un amor, y que quizá, efectivamente, arda; dos punzadas azules que clavan al silencio las alas desplegadas del que escucha. Janine Baker no es feliz, y a veces habla conmigo.

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