El tribunal actuaba con luz escasa: un candelabro de tres brazos encima de una mesa tapizada de negro; al lado, un Cristo en la cruz, sanguinolento. Los doce miembros vestían también de negro, hopalandas o ropones de terciopelo y brocado; negros eran asimismo los antifaces y capuchones que los enmascaraban. Se sentaban a tres por banda, alrededor de la mesa, sin presidencia, pero las voces, por supuesto, no las disimulaban, aunque impusiesen la tradición y el uso que fuesen tétricas, que resonasen desde el principio como sentencias de muerte: algo así como si resbalase cada una sobre un redoble de xilófono por las zonas más graves. La de Ascanio dio cuenta de la amenaza encerrada en aquel papelito que una mano ignorada había dejado caer encima de su mesa: «O pone en libertad a Demónica de Risi, o arderán los navios del astillero sin que nadie se mueva a apagarlos». «Esto supone un intento de intervención, por parte de la chusma, en la política gubernativa, y entiendo…»; pero aquí le interrumpió, desde una esquina, la voz caliente de Flaviarosa: «¿Y quién puso presa a Demónica? El tribunal no está enterado de semejante medida, ni siquiera le consta la llegada de Demónica a la Isla, y espero que sus miembros uno a uno, lo ignoren asimismo». No se veían los muros de la estancia, o por remotos, o por negros; pero debían de estar tapizados por estofas espesas, ya que, en vez de rebotar la voz, se la tragaban: ¡así la de Flaviarosa, vibrante y armoniosa siempre, sonaba como de corcho, casi sin timbre, apenas con tonalidad! Debía de ser lo acostumbrado, porque nadie manifestó sorpresa: relató Ascanio la llegada, días atrás, de aquella ciudadana peligrosa, su entrevista con ella, y que la había mandado presa por razones urgentes de Estado. «¿Cuáles?» «Sabe demasiado.» «¿Y qué sabe?» Ascanio no se movió, permaneció en silencio. Flaviarosa, insistió, irónica, rasgado el tono: «…en el caso, por supuesto, de que el supremo organismo de gobierno esté capacitado para el conocimiento de esos secretos». Las otras voces, hasta ahora en silencio, murmuraron. Las otras cabezas, hasta ahora quietas, se acercaron. «Pero yo me pregunto -continuó Flaviarosa- que si hay secretos que el tribunal no puede conocer, ¿por qué existe y por qué subsiste? ¿Sólo para respaldar las decisiones que el ministro se toma por su cuenta y sin previa consulta? Estimo que la persona de Demonica de Risi, por razones que se alcanza a todos, sería digna de un trato más político y, por supuesto, menos cruel. Si es peligrosa, no aceptarla en la Isla, pero siempre después de haberlo deliberado aquí y por los que aquí estamos.» «Al ministro competen las decisiones urgentes.» «Sí, pero dando cuenta de ellas inmediatamente después.» «La opinión del general Della Porta…», comenzó Ascanio, y le interrumpió Flaviarosa, segunda vez, pero con una carcajada anterior a las palabras, y que casi las resumía, aunque no adelantase su sentido: «¡Apuesto -dijo, riendo todavía- que el general lo ignora todo de este asunto! Con lo enfermo que está, ¿cómo va a distraerse en pequeñeces? El ministro, que es tan considerado con nuestro Podestá, que no vive temiendo por su salud, estoy segura de que le ocultó la llegada de Demonica, de quien, por otra parte, tengo informes escasamente inquietantes. Lo que le gustaría es casarse y dejar de andar de un lado para otro en busca de quien le ayude y a veces de quien la invite a comer. Quizás su madre haya conspirado contra nosotros, lo admito, pero la hija es inofensiva». «¡Sabe cosas! -repitió Ascanio con fuerza-, y si no las sabe las inventa. Imagínense que dijo…