5. – Aquella tarde volvimos a la cabaña en mi coche. No recuerdo por qué: la costumbre era venir en el tuyo. ¿Porque conduces mejor? Acaso. Aquella tarde lo hacía yo, y tú permanecías silenciosa, acurrucada en el extremo del asiento. Fuimos dejando atrás las casas y los anchos caminos de asfalto, y entramos en el bosque, amarillento ya, y uniforme, con algunos jirones de la color antigua, que se iban apagando. Se me repitió la sensación de la otra tarde, la de entrar en un mundo que llamar irreal sería tópico y, sobre todo, equívoco, pues no creí que lo fuera, sino sólo distinto, o tal vez el de todos los días, pero como si se le hubiera caído la pátina y se fuera mostrando en su ser, aquel en que los árboles palpitan, en que las ramas se retuercen como brazos desnudos que clamasen al cielo, en que la luna muestra la nueva faz y el cielo permanece perezosamente purpúreo. Yo había dicho unas cuantas palabras, posibles cabos de una conversación, que tú no recogiste. Empecé, entonces, a silbar, no estrepitosamente, por supuesto, sino suave, y si al principio fueron tonadas vulgares y conocidas, acabé dándome cuenta de que silbaba una música distinta, jamás sabida por mí, y que no sé de dónde me salía, ¡mira qué cosas! Y era como si aquella musiquilla, a la que, por supuesto, te mantenías ajena, fuese precisamente la clave de lo que se iba trasmudando, o, con más exactitud, modificando, aunque quizá no sea ésta la palabra que describe la operación de encenderse el contorno por el que vamos con la luz que cada cosa lleva dentro, de que sea todo trasparente y trascendido, y de que veas bajar la savia lenta de los árboles, y cómo pujan, creciendo, las flores del otoño. Distraje unos instantes la mirada hacia el rincón donde ocultabas tu silencio, y te vi también iluminada, y, no sé si fue ilusión, bombear la sangre tu corazón hacia las manos y los pies remotos, y toda tú poseída por la imagen de Claire, por su recuerdo y su nombre, en esa medida absoluta que yo conozco tan bien, porque de esa manera me siento a veces poseído. Así alcanzamos el lago, así te situaste en la popa de la barquilla como alumbrando el rededor de las aguas y del bosque, así entraste en la cabaña como si no pusieras en el suelo los pies, quiero decir, así lo pareció, o quise que lo pareciera, no sé, escapando a esa impresión jamás abandonada de que eres la más real de las mujeres, que echas raíces cuando pisas. Bueno, no me hagas caso, pero es lo cierto que aquella convicción de que andábamos por un mundo distinto, que tampoco es nada extraordinario, puesto que sucede a mucha gente, me duró mucho rato, todo el que permanecimos sentados ante el fuego, yo no sé cuánto tiempo: silencios largos y largas locuacidades, te conté varias historias, tú me hablaste de Claire, ¿cómo no?, y acabaste el discurso al parecer veleidoso, pero, pude observarlo instalado en mi mudez atenta, muy restringido en el fondo a un par de temas, que Claire te necesita, que tú puedes salvarlo, y mezclando el problema de Napoleón con las incertidumbres de la cama, que intentabas destruir como tales, confiada en la magia de tu cuerpo y de tu amor. ¡Ay, Ariadna! Tu palabra iba y venía como una lanzadera, de un tema a otro, por la urdimbre de tus deseos, y, a veces, se desviaba, se metía en terrenos ajenos, me hacía pensar que iba a perderse acaso en un abismo del que yo tuviera que sacarte; pero no, no, regresaba confiada para afirmar que Claire no se equivoca, que alrededor del libro se ha levantado una muralla de envidia rencorosa, y que la impotencia sexual, por ser de origen psicológico, es curable casi siempre. Me gustaría saber lo que dijiste en griego cuando hablabas de su madre, qué maldiciones antiguas y tremendas echaste encima de su memoria. Y, por último: «Todo lo que me cuentas de esa gente de La Gorgona, ya te lo dije, me divierte y distrae, pero te ruego que los dejes de lado por una vez y vayas a lo que me importa, si es que existe: el cómo, el cuándo y el quién inventó a Napoleón». «Confío en llegar a eso de un episodio en otro.» «Sí, pero yo tengo prisa. Varias veces me has dicho que el pasado es como un libro. Pues te ruego que lo vayas hojeando, y cuando llegues al capítulo que me interesa, te detengas y me lo dejes leer. Confío en que será posible.» «Sí, seguramente lo es. Lo intentaré, por supuesto.» Y te miré. Tenías las piernas recogidas debajo de las nalgas, el cuerpo echado hacia atrás, erguida la cabeza, y el fulgor tembloroso de la llama te alumbraba desde abajo, de modo que tus ojos quedaban en penumbra. Estabas allí concreta y, sin embargo, difusa, tres o cuatro manchas de luz nada más, verdaderamente irreal. No me dejé llevar de la apariencia, no me sentía empujado a hacerlo, porque en aquellos momentos no te veía como cuerpo ni como sombra, sino como Destino. Me andaba por el recuerdo una canción antigua portuguesa, una canción vulgar, de las que a veces encierran migajas de la gran sabiduría. Ésta dice: «Tengo el Destino marcado -desde el día que te vi». Así, en castellano, se aparta poco del portugués escrito: cantada difiere más. Tú podrías cantársela a Claire; yo te la cantaría a ti: es ridículo pensar que ninguno de nosotros recibiría respuesta. Pues, en aquel momento, lo que es todavía oculto de tu Destino, se me ofreció como un pecado posible, como una tentación blasfema, aunque evidente y convincente en sus términos: si todo está ya dicho y pensado, si ya está hecho de antemano, se puede contemplar lo mismo que el pasado, no es más que un solo libro, si bien leyendo a la derecha (ya me lo había advertido Cagliostro). Seguías con la mirada oscura, el mentón clareado por las llamas temblonas. Dejé de mirarte, busqué en el fuego tu rostro y tu futuro, no enteramente (no me atreví a tanto, por miedo de no encontrarme en él), pero sí lo inmediato, lo que iba a suceder un día de éstos, lo que no ha sucedido aún cuando escribo estas líneas, pero que sucederá mañana… Nítidamente, lo mismo que en un espejo, estabais Claire y tú, en esa casa que él tiene en la ribera del Hudson, un poco más arriba de Schenectady, en un prado con abedules y un pequeño embarcadero. ¡Qué hermosa es! Ha reunido en ella todo lo que se trajo de Inglaterra, en libros, en muebles, en cachivaches, y ha compuesto un salón un poco abigarrado, sí, pero con gracia. Y aplica a sus rincones motes que aprendió en Francia, el