El médico de guardia certificó la defunción. El equipo de la policía científica acordonó la cuesta de Raeburn Wynd por ambos extremos. Instalaron proyectores y una sábana para tapar la escena, de modo que los curiosos no vieran más que sombras de agentes moviéndose. Rebus y Clarke vistieron los mismos monos blancos desechables de la policía científica; llegó un equipo de fotógrafos después del furgón mortuorio y se materializaron vasos de té humeantes mientras a lo lejos se oían sirenas camino de otro lugar, gritos de borrachos cerca de Princes Street; quizás incluso un chillido de lechuza en el cementerio. Habían tomado declaración previa a la jovencita y al matrimonio de mediana edad y Rebus se puso a hojear los datos flanqueado por los dos agentes; ahora sabía que el mayor se llamaba Bill Dyson.
– Dicen que ya está cerca del examen final -dijo Dyson.
– A finales de la semana que viene -confirmó Rebus-. A ti no debe de faltarte mucho.
– Siete meses, y no puedo esperar. Ya tengo un buen empleo de taxista. No sé cómo se las arreglará Todd sin mí.
– Trataré de sobreponerme -replicó Goodyear alargando las palabras.
– Eso se te da bien -replicó Dyson, mientras Rebus reanudaba la lectura.
La joven que había encontrado el cadáver se llamaba Nancy Sievewright, tenía diecisiete años y volvía a casa después de visitar a una amiga que vivía en Great Stuart Street; Nancy vivía en Blair Street, junto a Cowgate. Había acabado los estudios y estaba sin trabajo, aunque esperaba ir algún día a la universidad y estudiar para ser auxiliar de odontología. La había interrogado Goodyear, y a Rebus le dio muy buena impresión: letra clara y abundancia de datos; comparadas con las anotaciones de Dyson era como pasar de la esperanza a la desesperación: una maraña de jeroglíficos. «
Había un número de teléfono, pero nada acerca de su edad y profesión. Rebus logró descifrar un «
– Díganles que pueden irse.
– La chica está temblando -comentó Goodyear-. ¿La acompañamos a casa?
Rebus asintió con la cabeza y miró a Dyson.
– ¿Y la pareja? -preguntó.
– Tienen el coche aparcado en Grassmarket.
– ¿Habían salido a hacer compras tarde?
Dyson negó con la cabeza.
– Venían de un concierto de villancicos en St. Cuthbert.
– Nos podríamos haber ahorrado esta conversación -dijo Rebus-, si se hubiera molestado en ponerlo por escrito.
Mientras clavaba la mirada en el agente supo la pregunta que Dyson tenía en la punta de la lengua: «¿
Rebus llegó hasta Clarke, que estaba junto a la furgoneta de la científica haciéndole preguntas al jefe del equipo, Thomas Banks, Tam para los amigos, quien lo saludó con la cabeza y preguntó si figuraba su nombre en la lista de invitados a su fiesta de despedida.
– ¿Por qué todo el mundo quiere venir a mi despedida?
– No le extrañe -añadió Tam-, que vengan hasta los peces gordos de Jefatura con estacas y martillos para estar seguros de que desaparece -añadió con un guiño a Clarke-. Me ha dicho Siobhan que se las ha arreglado para que su último servicio caiga en sábado, cuando todos estemos en casa viendo la tele mientras usted se larga.
– Es pura coincidencia, Tam -replicó Rebus-. ¿Queda té?
– Antes le hizo ascos -le reconvino Tam.
– De eso hace media hora.
– No hay segundas oportunidades, John.
– Le estaba preguntado a Tam -interrumpió Siobhan-, si su equipo podía avanzarnos algún indicio.
– Me imagino que te habrá dicho que tengas paciencia.
– Más o menos -añadió Tam, mientras comprobaba un mensaje de texto en el móvil-. Una puñalada frente a un pub de Haymarket -les leyó.
– Vaya noche -comentó Clarke, y añadió dirigiéndose a Rebus-: El doctor dice que al difunto le golpearon con fuerza y tal vez murió a consecuencia de los puntapiés; supone que el dictamen de la autopsia será trauma causado por objeto romo.
– No seré yo quien le contradiga -comentó Rebus.
– Ni yo -añadió Tam pasándose el dedo por el puente de la nariz y volviéndose hacia Rebus-. ¿Sabe quién es ese agente joven? -preguntó señalando con la cabeza al coche patrulla, donde Goodyear ayudaba a subir a Nancy Sievewright, mientras Bill Dyson tamborileaba con los dedos sobre el volante.
– No le conozco -contestó Rebus.
– A lo mejor conoció a su abuelo… -añadió Tam para hacer pensar a Rebus, quien no tardó en caer en la cuenta.
– ¿Harry Goodyear?
Tam asintió y Clarke preguntó quién era Harry Goodyear.
– Es ya historia antigua -contestó Rebus.
Lo que, como de costumbre, la dejó a ella con ganas de saber.