Remontado el declive, las luces resultaron estar muy cerca. Metidas en fanales polarizantes, no esparcían sus rayos y parecían hallarse más lejos de lo que en realidad estaban. La iluminación concentrada testimoniaba un trabajo nocturno. El rumor característico de una corriente de alta tensión se hacía cada vez más intenso. Los contornos de unas vigas caladas brillaban con argentados reflejos a la luz de las altas lámparas azules.

Un prolongado bramido los hizo detenerse: el robot de protección se había puesto en funcionamiento.

— ¡Peligro, tiren a la izquierda, no se acerquen a la línea de postes! — gritó el altavoz invisible.

Ambos torcieron sumisos hacia un grupo de casitas blancas, transportables.

— ¡No miren en dirección al campo! — continuó, solícito, el autómata.

Las puertas de dos casitas se abrieron a un tiempo, y dos haces de luz, cruzados, se tendieron sobre el oscuro camino. Varios hombres y mujeres acogieron cordiales a los caminantes, asombrándose de que utilizaran un medio de locomoción tan primitivo, y de noche por añadidura.

La estrecha cabina — donde se entrecruzaban unos chorrillos de agua aromosa, saturada de gas y electricidad, que cosquilleaba en la piel, punzantes y juguetones — era un lugar placentero.

Los caminantes, refrescados y lozanos, volvieron a encontrarse en el comedor.

— ¡Veter, querido, estamos entre colegas!

Veda escanció una bebida dorada en unas alargadas copas, que al momento se empañaron del frescor.

— ¡ »Diez tonos »! — exclamó jubiloso, tendiendo la mano hacia su copa.

— Señor vencedor del toro, se está usted volviendo salvaje en la estepa — protestó Veda —. Le estoy comunicando unas interesantes noticias, ¡y usted no piensa más que en el ágape!

— ¿Excavaciones, aquí? — inquirió dudoso Dar Veter.

— Sí, pero no arqueológicas, sino paleontológicas. Se estudian los animales fósiles de la época permiana, que se remonta a doscientos millones de años. Un espanto en comparación con nuestros pobres milenios…

— ¿Y los estudian directamente, sin desenterrarlos? ¿Cómo es eso?

— Sí, directamente. Pero yo misma no sé aún cómo se hace.

Uno de los que estaban sentados a la mesa, hombre enjuto, de rostro amarillento, terció en la conversación:

— Ahora, nuestro grupo releva a otro. Acabamos de terminar las operaciones preliminares y vamos a comenzar la radiografía…

— ¿Con rayos duros? — conjeturó Dar Veter.

— Si no están ustedes muy cansados, les recomiendo que vean los trabajos. Mañana desplazaremos la plataforma, y eso no ofrecerá ya interés.

Veda y Dar Veter aceptaron con alegría. Los hospitalarios anfitriones se levantaron de la mesa y llevaron a los huéspedes a la casa de al lado. Allí, en unos nichos, con esferas indicadoras sobre cada uno de ellos, había unos trajes de protección.

— La ionización de nuestros potentes tubos es muy grande — dijo en tono de disculpa una mujer alta, un poco cargada de espaldas, en tanto ayudaba a Veda a ponerse el traje de compacto tejido y el casco transparente y le ajustaba a la espalda unas bolsas con baterías.

A la luz polarizada, cada montículo de la ondulada estepa se perfilaba con una nitidez extraña. Más allá del campo, cercado en cuadro por unas finas varillas metálicas, oyóse como un gemido sordo. El terreno se abombó y hendióse formando un embudo, de cuyo centro emergió un cilindro refulgente de afilada punta cónica. Una rosca surcaba su pulida superficie y en su extremo anterior giraba una complicada electrofresa de un metal azulenco. El cilindro se alzó por encima de los bordes del embudo, dio la vuelta, mostrando las paletas posteriores, agitadas por rápido movimiento, y empezó a hundirse de nuevo, unos metros más allá del embudo, hincando perpendicularmente su reluciente punta en la tierra.

Dar Veter observó que dos cables seguían al cilindro: uno aislado y el otro sin recubrir, reluciente. Veda le tiró de la manga y señaló con la mano hacia delante, pasada la cerca de varillas de magnesio. Otro cilindro, igual al primero, surgió de la tierra; luego, con el mismo movimiento, basculó hacia la izquierda y desapareció en el terreno como si se hubiera sumergido en el agua. El hombre de tez amarilla les hizo señas de que se apresurasen.

— Lo he reconocido — dijo en voz baja Veda, apretando el paso para alcanzar al grupo —. Es Liao Lan, un paleontólogo que ha descubierto el enigma de cómo se había poblado el continente asiático en la era paleozoica.

— ¿Es de origen chino? — preguntó Dar Veter al recordar la mirada de sus ojos negros, estrechos y un poco oblicuos —. Da vergüenza confesarlo, pero no conozco sus trabajos.

— Ya veo que no está usted fuerte en paleontología terrestre — repuso Veda —.

Seguramente conocerá mejor la de otros mundos siderales.

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