Sus hijas se dedicaron también, toda su vida, a la pesca de perlas y algas. Mire ¡qué isla tan extraña! Parece un depósito circular o una torreta baja para la producción de azúcar.

— ¿De azúcar? — repitió Dar Veter, conteniendo la carcajada —. Cuando yo era pequeño, estas islas desiertas me fascinaban. Se alzan solitarias en medio del mar.

Encierran secretos en sus oscuros o inextricables bosques. En ellas puede hallarse todo lo imaginable, cuanto se ansia en los sueños.

La argentina risa de Miiko fue la recompensa a sus palabras. La muchacha, silenciosa, un poco triste de ordinario, estaba desconocida. Avanzando con audacia y alegría hacia las chapoteantes olas, continuaba siendo un enigma para Veter, hermética, distinta por completo a la diáfana Veda, cuyo arrojo era más bien expresión de una espléndida confianza que de una tenacidad auténtica.

Entre los grandes bloques de piedra, junto a la misma orilla, había unas galerías submarinas, soleadas y profundas. Recubiertas de oscuras esponjas, tapizadas con el terciopelo verde de las algas, conducían a la parte oriental del islote, donde se abría una oscura y enigmática sima. Dar Veter lamentó no haber pedido a Veda un mapa detallado del litoral. Las balsas de la expedición marítima brillaban al sol, junto al promontorio del Oeste, a unos kilómetros de ellos. Más cerca, se divisaba una playa de arena en suave pendiente, donde descansaban todos los miembros del grupo expedicionario. Aquel día se cambiaban los acumuladores de las máquinas. Y Veter se había entregado al infantil placer de explorar islas desiertas.

Un gran acantilado de andesita se cernía amenazador sobre los nadadores. Las roturas de las rocas eran recientes, pues un temblor de tierra había derrumbado hacía poco el sector quebrantado del litoral. La marejada era fuerte. Miiko y Dar Veter estuvieron nadando largo rato en las sombrías aguas de la costa oriental, hasta que encontraron un liso saliente de piedra al que trepó la muchacha con ayuda de su compañero.

Las gaviotas, alarmadas, volaron raudas en varias direcciones. El batir de las olas hacía retemblar las moles de andesita. No había el menor rastro de la presencia del hombre, ni huellas de animales; tan sólo desnudas rocas y espinosos arbustos.

Los nadadores subieron a la cima del islote para contemplar el furor de las olas que rompían abajo; luego descendieron de allí. Un olor acre emanaba de los arbustos emergentes de las quebradas. Tendido sobre la cálida piedra, Dar Veter miraba perezoso el agua que se extendía al Sur del saliente.

Agachada, al borde mismo de la roca, Miiko escudriñaba la hondura. No había allí bajíos ni amontonamientos de piedras desprendidas. El abrupto acantilado se alzaba sobre el agua oscura, aceitosa. El sol arrancaba de sus aristas cegadores destellos. Y donde la luz, cortada por la roca, penetraba vertical en el agua cristalina, apenas se columbraba el oscilante fondo llano, de clara arena.

— ¿Qué está usted viendo, Miiko?

La muchacha, absorta en sus pensamientos, no se volvió al pronto.

— Nada. A usted le atraen las islas desiertas; a mí, el fondo del mar. Y también me parece que en él se puede encontrar siempre algo interesante, hacer algún descubrimiento.

— Entonces, ¿por qué trabaja usted en la estepa?

— Tengo motivos. Para mí el mar es un gozo tan grande, que no puedo estar constantemente con él. Como tampoco es posible escuchar de continuo la música preferida. En cambio, luego, los reencuentros son más preciados…

Dar Veter asintió con la cabeza.

— ¿Qué, buceamos hasta allí? — preguntó Veter, señalando al blanco claror de la hondura.

Miiko enarcó las cejas, de ordinario alzadas junto a las sienes.

— ¿Podrá usted? Aquí la profundidad es de veinticinco metros por lo menos. Eso sólo está al alcance de un experto buceador…

— Lo intentaré… ¿Y usted?

En vez de responder, Miiko se puso derecha, miró en derredor, eligió una piedra grande y la llevó hasta el borde de la roca.

— Primero, déjeme probar a mí. No es mi costumbre bucear con una piedra. Pero quizá haya corriente, pues el fondo está demasiado limpio…

La muchacha alzó los brazos, inclinóse y se enderezó echando hacia atrás el cuerpo.

Dar Veter observaba sus movimientos respiratorios, para repetirlos. Miiko no volvió a pronunciar palabra. Después de hacer unos cuantos ejercicios más, tomó la piedra y se precipitó en la oscura sima, como en un abismo.

Pasado más de un minuto, Dar Veter empezó a sentir una vaga inquietud, pues la intrépida muchacha no reaparecía. Buscó a su vez una piedra, deduciendo que para él debía ser bastante más grande. Acababa de levantar un trozo de andesita, de cuarenta kilos, cuando Miiko emergió de las aguas. Respiraba con dificultad y parecía muy cansada.

— Ahí… ahí… hay un caballo — profirió jadeante.

— ¿Cómo? ¿Qué caballo?

— La estatua de un caballo enorme…, en un nicho natural. Voy a examinarlo debidamente.

— Miiko, eso es difícil. Volvamos a la playa. Tomaremos unos aparatos de buceo y una lancha.

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