— Yo lo tengo — afirmó Mven Mas levantándose —, y lo baso en lo siguiente… Usted ha participado en excavaciones… ¿Acaso esos miles de millones de osamentas desconocidas en tumbas ignoradas no nos llaman, no nos exigen y reprochan? A mí se me aparecen esos miles de millones de vidas humanas extinguidas, cuya juventud, belleza y goce de existir se fueron en un instante como se va la arena entre los dedos de la mano, ¡y reclaman que se despeje la gran incógnita del tiempo, que se entable la lucha con él! La victoria sobre el espacio es también la victoria sobre el tiempo. ¡Por eso estoy seguro de que tengo razón y de la grandeza de la empresa proyectada!

— Pues mi impulso es distinto — dijo Ren Boz —. Pero esto constituye otro aspecto de la misma cuestión. El espacio en el Cosmos continúa siendo insuperable; separa los mundos, nos impide encontrar planetas parecidos al nuestro por su población y formar con ellos una sola familia plena de dicha y fuerza. Ello sería la más grandiosa transformación después de la Era de la Unificación Mundial, de aquel tiempo en que la humanidad suprimió al fin la absurda división en que vivían sus pueblos para fundirse en un todo único, realizando así un gigantesco ascenso a un nuevo grado de dominio de la naturaleza. Cada paso en esta vía nueva vale más que todo lo restante, que todas las demás investigaciones y conocimientos.

Apenas hubo callado Ren Boz, tomó de nuevo la palabra Mven Mas:

— Yo tengo, por añadidura, un motivo personal. Cuando yo era joven, cayó en mis manos una recopilación de viejas novelas históricas. En ella había una dedicada a sus antepasados, Dar Veter. Habían sido atacados por uno de esos grandes conquistadores de antaño, salvajes exterminadores de seres humanos, que tanto abundaban en la historia de la humanidad en las épocas de las sociedades primitivas. La novela hablaba de un joven fuerte que quería, con un amor sin límites, a una muchacha. Su adorada fue hecha prisionera y llevada a lo que entonces se llamaba el « destierro ». Imagínese usted: hombres y mujeres, atados, eran conducidos, como el ganado, al país de los invasores.

La geografía de la Tierra no la conocía nadie, los únicos medios de locomoción eran los caballos de silla y las bestias de carga. Nuestro planeta era a la sazón más enigmático y vasto, más peligroso e infranqueable que hoy día el Universo. El joven héroe buscó a su amada durante años y años, vagando a la ventura, corriendo toda suerte de riesgos en el corazón de las montañas de Asia. Difícil es expresar la impresión que produjo aquel libro en mi alma de adolescente, pero hasta hoy me parece que sería capaz de salvar todos los obstáculos del Cosmos, ¡con tal de conseguir el objetivo amado!

Dar Veter esbozó una sonrisa.

— Yo me hago cargo de sus sentimientos, pero no comprendo qué relación lógica existe entre esa novela rusa y su afán de dominar el Cosmos. La actitud de Ren Boz me es más comprensible. Aunque usted me ha prevenido de que se trata de un motivo personal…

Dar Veter calló. Su silencio se prolongaba tanto, que Mven Mas empezó a removerse inquieto.

— Ahora caigo en la cuenta — reanudó sus consideraciones Dar Veter — de por qué antes los hombres fumaban, bebían, tomaban narcóticos para animarse en los momentos de indecisión, de zozobra, de soledad. Ahora, yo también estoy solo e indeciso. No sé qué decirles. ¿Quién soy yo para prohibir esa grandiosa experiencia? Pero, al propio tiempo, ¿puedo autorizarla? Deben dirigirse al Consejo, y entonces…

— ¡No, eso no! — repuso Mven Mas, levantándose, y su enorme cuerpo se puso en tensión como ante un peligro mortal —. Conteste a nuestra pregunta: ¿haría usted el experimento? Como director de las estaciones exteriores. No como respondería Ren Boz… ¡Su asunto es diferente!

— ¡No! — contestó Dar Veter con firmeza —. Yo esperaría aún.

— ¿A qué?

— ¡A que se construyese un centro experimental en la Luna!

— ¿Y la energía?

— Como el campo de atracción lunar es más pequeño y más reducida la escala de la experiencia, podría bastar con la energía de unas cuantas estaciones Q.

— De todos modos, para eso haría falta un centenar de años, ¡y yo no le vería jamás!

— Usted no. Mas para la humanidad no es de tanta importancia que se haga ahora o a la generación siguiente.

— Pero para mí eso sería el fin, ¡el fin de mis sueños! Y para Ren Boz…

— Para mí sería la imposibilidad de comprobar por medio de la experimentación y, por consiguiente, de corregir, de continuar la obra.

— ¡Una sola opinión no vale nada! Diríjanse al Consejo.

— El Consejo ha decidido ya, con las ideas y palabras de usted. No hay que esperar nada de él — dijo en voz baja Mven Mas.

— Tiene usted razón. El Consejo se negará también.

— No le pregunto más. Me considero culpable; Ren y yo hemos hecho recaer sobre usted todo el peso de la decisión.

— Es mi deber, como mayor en experiencia. No es culpa suya que la tarea haya resultado tan grande y peligrosa en extremo. Ello me entristece y apena…

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