Lo mismo ocurría con respecto al centro de la Galaxia, en cuya nube estelar axial había una colosal zona de vida en millones de sistemas planetarios que no conocían las sombras de la noche y estaban eternamente iluminados por las irradiaciones de dicho centro. De allí se habían recibido incomprensibles mensajes, cuadros de estructuras complejas, inexplicables con arreglo a los conceptos terrestres. La Academia de los Límites del Saber llevaba ya cuatrocientos años tratando en vano de descifrarlos. Tal vez… — y al africano se le cortó el aliento ante la inesperada conjetura —. Tal vez las informaciones que llegaban de los sistemas planetarios cercanos, miembros del Circuito, fuesen de la vida interna de cada uno de los planetas habitados, de sus ciencias, técnica y obras de arte, mientras que los viejos mundos lejanos de la Galaxia mostrasen el movimiento externo, cósmico, de su ciencia y de su vida. ¿Cómo reorganizaban a su albedrío los sistemas planetarios?… « Barrían » el espacio limpiándolo de meteoritos que estorbaban el vuelo de las astronaves, los arrojaban en unión de los planetas exteriores, fríos, inhóspitos, sobre el astro central y prolongaban las irradiaciones de éste o elevaban de intento la temperatura de sus soles. Y cuando aquello no era suficiente, se reorganizaban los sistemas planetarios vecinos, donde creábanse condiciones óptimas para el desarrollo de civilizaciones gigantescas.
Mven Mas se puso en comunicación con el depósito de grabaciones mnemotécnicas del Gran Circuito y marcó la cifra correspondiente a una información lejana. Por la pantalla empezaron a pasar lentamente unos cuadros extraños, llegados a la Tierra procedentes del cúmulo estelar globular de la Omega del Centauro, el segundo en proximidad al sistema solar, del que le separaban tan sólo seis mil ochocientos parsecs. La luz de sus claras estrellas había atravesado el Universo durante veintidós mil años hasta llegar a los ojos del hombre terrestre.
Una compacta niebla azul se extendía en capas iguales hendidas por negros cilindros verticales que giraban con bastante rapidez. De modo apenas perceptible, los cilindros se estrechaban de vez en cuando por el medio formando unos conos de poca altura unidos por sus vértices. Entonces, la niebla azul se desgarraba en nítidas hoces de fuego que daban vertiginosas vueltas alrededor del eje de los conos; el color negro ascendía esfumándose en la altura, mientras se alzaban unas enormes columnas de cegadora blancura, entre las cuales asomaban, como oblicuos bastidores, unos alargados prismas verdes de afiladas aristas.
El africano se frotó la frente, haciendo esfuerzos para captar algo asequible a la mente terrena.
Los alargados prismas verdes se enrollaron en espirales a las columnas blancas y se deshicieron de pronto en una cascada de brillantes bolas que relucían con metálico fulgor y se iban juntando hasta formar un amplio anillo. El anillo aquel empezó a aumentar de tamaño, tornándose más ancho y alto.
Mven Mas sonrió enigmático y, luego de desconectar la grabación, abismóse de nuevo en sus meditaciones.
« Por falta de mundos habitados o, más bien, de contacto con ellos en las latitudes superiores de la Galaxia, los hombres de la Tierra no podemos aún desgajarnos de nuestra oscurecida zona ecuatorial galáctica. No podemos emerger del polvo cósmico en que están sumidas nuestra estrella-Sol y sus vecinas. Por ello, nos es más difícil que a otros conocer el Universo… » Volvió la mirada hacia el horizonte. Al Sur de la Osa Mayor, bajo los Lebreles, esparcíase la Cabellera de Berenice. Aquello era el « polo norte » de la Galaxia.
Precisamente en aquella dirección se abría una gran puerta al anchuroso espacio exterior, como asimismo en el punto opuesto del cielo, en el Taller del Escultor, no lejos de la célebre estrella Fomalhaut, donde se encontraba el « polo sur » del sistema. En la región periférica que contenía nuestro Sol, el espesor de las espiras de la Galaxia era sólo de seiscientos parsecs. Bastaba con atravesar de trescientos a cuatrocientos parsecs, perpendicularmente al plano del ecuador de la Galaxia, para elevarse sobre el nivel de aquella colosal rueda estelar. Aquel camino, infranqueable para las astronaves, no era un insuperable obstáculo para las transmisiones del Circuito. Pero ningún planeta de las estrellas situadas en aquellas regiones había conectado hasta la fecha con la gran red de comunicación…