– No parece que le importe mucho.
Ella bebió un corto sorbo y se quedó mirando a Quart, la copa todavía en alto.
– Y es cierto. No me importa. ¿Quiere que le haga confidencias?
Quart movió la cabeza gris.
– No lo sé -se sentía sincero y tranquilo. También expectante, con una extraña y divertida lucidez. Lo atribuyó de pasada al vino, que por otra parte apenas había probado-. En realidad no sé por qué me ha invitado a cenar esta noche.
Vio beber otra vez a Macarena Bruner. Más despacio, reflexionando con el gesto.
– Se me ocurren varias razones -dijo ella por fin, poniendo la copa sobre el mantel-. Es extremadamente cortés, por ejemplo. Muy distinto a los modales untuosos que tienen algunos sacerdotes. En usted la cortesía parece una forma de mantener a distancia a los demás -le echó una rápida ojeada valorativa a la parte inferior del rostro, la boca tal vez, pensó Quart, y luego se fijó en las manos, que él mantenía ahora apoyadas por las muñecas en el borde de la mesa, a cada lado del plato que en ese momento un camarero se disponía a retirar-. También es silencioso; no aturde a la gente como un charlatán de feria. En eso me recuerda a don Príamo… -el camarero había retirado los platos y ella le sonrió a Quart-. Además lleva el pelo con canas prematuras y muy corto, como un soldado, igual que uno de mis personajes favoritos: Sir Marhalt, el caballero veterano e impasible de
– No gran cosa, en mi especialidad.
Macarena Bruner asintió suavemente, apreciando la tranquila respuesta.
– También me recuerda -prosiguió- a un capellán de mi colegio de monjas. Cada vez que iba a decir misa se notaba desde días antes, porque todas las madres andaban revueltas. Por fin se escapó con una, la más gordita, que nos daba clase de Química. ¿No sabe que las monjas se enamoran a veces de los curas?… Ése fue el caso de Gris. Era directora de un colegio universitario en Santa Bárbara, California. Y un día descubrió, horrorizada, que amaba al obispo de su diócesis. Habían anunciado su visita y allí estaba ella delante del espejo, depilándose las cejas y a punto de darse un poco de sombra en los ojos… ¿Qué le parece?
Se quedó mirando a Quart, al acecho de su reacción; pero él permaneció impasible. La propia Macarena Bruner se habría sorprendido de la cantidad de sacerdotes y religiosas a cuyos amores y odios sacaba punta el IOE. Se limitó a encoger un poco los hombros, animándola a proseguir. Si su intención había sido escandalizarlo, erraba el tiro. De lejos.
– ¿Y cómo lo resolvió?
Ella alzó una mano, moviéndola en el aire, y la pulsera relució al resbalar hacia atrás en su muñeca. Desde las mesas cercanas, una docena de pares de ojos seguían cada uno de sus gestos.
– Pues dándole un golpe al espejo, así, y al romperlo se cortó una vena. Después fue a ver a la superiora de su orden y le pidió un plazo de libertad, para reflexionar. De eso hace algunos años.
El maître estaba a su lado, imperturbable como si no hubiese escuchado una palabra. Esperaba que todo fuese bien, y quizá la señora deseara alguna otra cosa. Ella no había encargado más que la ensalada, y Quart tampoco quiso segundo plato, ni el postre con que la casa, desolada por la falta de apetito de la señora duquesa y el reverendo padre, deseaba obsequiarles. Decidieron seguir con el vino mientras aguardaban los cafés.
– ¿Hace mucho que se conocen usted y la hermana Marsala?
– Tiene gracia oírselo decir. La hermana Marsala… Nunca pensé de ese modo en ella.
Su copa estaba casi vacía. Quart tomó la botella de la mesita que tenían cerca y se la llenó. La suya seguía casi intacta.
– Gris es mayor que yo – prosiguió ella-, pero coincidimos en Sevilla varias veces hace tiempo. Venía mucho con sus alumnos norteamericanos: cursos de verano para extranjeros, Bellas Artes… La conocí cuando hacían prácticas de restauración en el comedor de verano de mi casa. Fui quien se la presentó al padre Ferro y logré que la metieran en el proyecto, cuando las relaciones con el arzobispo eran cordiales.
– ¿Por qué tanto interés en esa iglesia?
Lo estudió como si aquella pregunta fuese una idiotez. La había construido su familia. Sus antepasados estaban enterrados en ella.
– Pues a su marido no parece importarle mucho.
– Claro que no le importa. Pencho tiene otras cosas en la cabeza.
La luz de la vela arrancó brillos rojizos al ribera del Duero cuando acercó la copa a sus labios. Esta vez fue un largo trago, y Quart se creyó obligado a acompañarla un poco.