– Hay una canción bellísima- prosiguió al cabo de un momento- que canta Carlos Cano con letra de Antonio Burgos: «Aún recuerdo el piano / de aquella niña / que había en Sevilla…», y cada vez que la oigo siento ganas de llorar… ¿Sabe que existe, incluso, una leyenda sobre Carlota y Manuel Xaloc? -sonrió por fin, insólitamente tímida e indecisa, y Quart supo que ella creía esa leyenda-. En las noches de luna, Carlota regresa a su ventana mientras, en el Guadalquivir, la goleta fantasma de su amante suelta amarras y zarpa río abajo -se había inclinado sobre la mesa, de nuevo con reflejos dorándole los ojos, y Quart volvió a experimentar la certeza inquietante de estar demasiado cerca-. De pequeña pasé noches enteras apostada en mi cuarto, espiándolos. Y una vez los vi. Ella era una silueta pálida en la ventana; y abajo, en el río, entre la niebla, las velas blancas de un barco antiguo se deslizaban despacio hasta perderse de vista.

Calló, de pronto. Se había echado hacia atrás en la silla. De nuevo la distancia entre ella y Quart.

– Después de sir Marhait -añadió- mi segundo amor fue el capitan Xaloc… -su mirada era una provocación-. ¿Le parece una historia absurda?

– En absoluto. Cada uno tiene sus fantasmas.

– ¿Cuáles son los suyos?

Ahora le tocó a Quart el turno de sonreír desde muy lejos. Tan lejos que Macarena Bruner nunca habría podido llegar hasta allí para comprobar de qué se trataba, en el improbable caso de que él hubiese añadido palabras a aquella sonrisa. Viento y sol, y lluvia. Sabor a sal en la boca. Recuerdos tristes de una infancia humilde, rodillas manchadas de tierra húmeda y largas esperas frente al mar. Fantasmas de una juventud intelectual estrecha, dominada por la disciplina, con algunos recuerdos felices de compañerismo en comunidad y breves períodos de ambición satisfecha. La soledad en un aeropuerto, en un libro, en el cuarto de un hotel. Y el miedo o el odio en los ojos de otros hombres: el banquero Lupara, Nelson Corona, Príamo Ferro. Cadáveres reales o imaginarios, pasados o futuros, en su conciencia.

– No tienen nada de especial -dijo impasible-. También hay buques que zarpan y no regresan. Y un hombre. Un caballero templario con cota de malla que se apoya en su espada, en un desierto.

Ella lo miró de un modo extraño, como si lo viera por primera vez. Y no dijo nada.

– Pero los fantasmas -añadió Quart, tras el silencio- no dejan postales en las habitaciones de hotel.

Macarena Bruner tocó la tarjeta, que seguía sobre el mantel mostrando la cara escrita: Aquí rezo por ti cada día… Sus labios se movieron silenciosamente al leer las palabras que nunca llegaron al capitán Xaloc.

– No lo comprendo -dijo-. Estaba en mi casa, con el baúl y el resto de las cosas de Carlota. Alguien la cogió de allí.

– ¿Quién?

– No tengo la menor idea.

– ¿Cuántos conocen la existencia de esas cartas?

Se lo quedó mirando como si no hubiera oído bien y esperase que repitiera la pregunta, mas no lo hizo. Saltaba a la vista que reflexionaba a toda prisa.

– No -concluyó-. Es demasiado absurdo.

Quart movió una mano y vio que Macarena Bruner retrocedía casi imperceptiblemente en la silla, siguiendo el gesto igual que si temiera sus consecuencias. Cogió la postal y la volvió para mostrar la foto de la iglesia.

– No hay nada absurdo en esto -opuso él-. Se trata del lugar donde está enterrada Carlota Bruner, junto a las perlas del capitán Xaloc. El edificio que su marido quiere derribar y que usted defiende. Un lugar que es objeto de mi viaje a Sevilla y donde, accidentes o no, han muerto dos personas -alzó los ojos hacia la mujer-. Una iglesia que, según un misterioso pirata informático llamado Vísperas, mata para defenderse.

Ella inició otra sonrisa que no llegó a materializarse del todo. En su lugar quedó una mueca preocupada, absorta.

– No diga eso. Me da miedo.

Había más malhumor que aprensión en esas palabras. Quart miró el mechero de plástico al que ella daba vueltas entre los dedos, y supo que Macarena Bruner le acababa de mentir. Ella no era de esas mujeres que se asustan por cualquier cosa.

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