«Nunca ha ocurrido» no es igual a «No ocurrirá»… Sería como decir: «Nunca he muerto, por lo tanto soy inmortal.» Se asiste aterrado a una invasión de langostas o saltamontes, y estos mismos insectos, que han pululado de un modo alarmante, desaparecen de pronto de la faz de la tierra. Los animales superiores están sujetos a fluctuaciones parecidas. Los lemmings tienen ciclos regulares. Las liebres de la montaña se multiplican durante años, y se cree que van a invadir el mundo. Luego, rápidamente, una epidemia acaba con ellas. Algunos zoólogos han sugerido incluso una ley biológica: el número de individuos de una especie no es constante, baja y sube. Cuanto más elevada sea la especie, más lenta es la gestación, y más prolongadas las fluctuaciones.
Durante la mayor parte del siglo XIX, el búfalo abundó en las estepas africanas. Era un animal resistente, con escasos enemigos naturales, y un censo realizado cada diez años hubiese demostrado que seguían propagándose.
Luego, a fines de siglo, cuando eran más numerosos, fueron atacados repentinamente por la peste bovina. El búfalo se convirtió en una curiosidad en aquellos territorios. Desde hace cincuenta años, reconquista lentamente su supremacía.
En cuanto al hombre, no debe esperarse que escape, en su larga trayectoria, a la suerte de los animales inferiores. Si hay una ley biológica de flujo y reflujo, su situación es ahora muy peligrosa. Durante diez mil años su número ha aumentado constantemente a pesar de las guerras, las pestes y las hambres. Biológicamente, la prosperidad del hombre es demasiado larga.
Ish despertó a media mañana con una inesperada sensación de bienestar. Había temido lo peor, pero se encontraba casi curado. Ya no se ahogaba, y la hinchazón de la mano había desaparecido. El día anterior se había sentido muy enfermo, y no había pensado en la mordedura. Ahora, la mano y su enfermedad eran sólo recuerdos, como si una hubiese curado a la otra. A mediodía había recobrado la lucidez, y casi todas sus fuerzas.
Después de un ligero almuerzo, decidió que podía ir a casa de Johnson. No se molestó en empacar sus cosas. Llevaría su importante libro de notas y su cámara fotográfica. En el último momento, obedeciendo a un impulso, recogió también el martillo. Subió al coche y se puso lentamente en marcha, tratando de no utilizar la mano derecha.
En el rancho de Johnson reinaba el silencio. Detuvo el coche junto a la bomba de gasolina. Nadie salió a atenderlo, pero eso no era raro, pues la bomba de Johnson, como otras muchas en las montañas, se utilizaba pocas veces. Tocó la bocina, y volvió a esperar.
Al cabo de un rato saltó del coche y subió las destartaladas escaleras que llevaban a la habitación-almacén. Allí los pescadores podían comprar cigarrillos y conservas. Entró, pero no había nadie.