De todos modos, no podía dejar de preguntarse qué ocurriría con la Tribu en los años próximos. Después del Gran Desastre había imaginado que los sobrevivientes resucitarían poco a poco el mundo civilizado.

Había soñado con el día en que se encenderían otra vez las lámparas eléctricas. Pero sus esperanzas se habían desvanecido, y la pequeña comunidad vivía aún de los despojos del pasado.

Paseó la mirada alrededor, como hacía a menudo, y examinó a sus compañeros. Ellos eran, podía decirse, los ladrillos que servirían para levantar una nueva civilización. Ezra, por ejemplo. Ish se sentía inundado por la simple alegría de la amistad cada vez que miraba aquel rostro delgado y encendido, de sonrisa tan agradable, a pesar de los dientes cariados. Ezra tenía talento, sin duda, pero era el talento de vivir cordialmente con sus semejantes, y no la fuerza que crea las nuevas civilizaciones. No, no Ezra.

Junto a Ezra estaba George, el bueno de George… pesado, de andar vacilante, vigoroso aún, a pesar las canas. George, a su manera, no carecía de valor. Era un excelente carpintero, y había aprendido plomería y pintura y todos los oficios que pueden tener utilidad en el cuidado de una casa. Era un hombre indispensable, y gracias a él habían sobrevivido los oficios manuales. Sin embargo, Ish no lo ignoraba, George era muy poco inteligente, y probablemente no había abierto un libro en su vida. No, no George.

Al lado de George se había sentado Evie, la débil mental. Molly cuidaba de su apariencia, y Evie, esbelta y rubia, parecía bonita si uno no se fijaba mucho en su rostro inexpresivo. Allí estaba, mirando a derecha e izquierda, como si se interesara en la conversación, aunque Ish sabía que no entendía nada o casi nada. Evie no sería esa piedra angular. No, no Evie.

Los ojos de Ish se posaron en seguida en Molly, la mayor de las dos mujeres de Ezra. Sin ser tonta, Molly tenía poca instrucción, y ningún don intelectual. Por otra parte, como las otras mujeres, había consagrado todas sus energías a dar hijos al mundo y educarlos. Tenía cinco hijos. Había desempeñado su papel, y no podía exigírsele más. No, no Molly.

¿Em? Ish la miró y sintió que una inmensa ternura le colmaba el pecho. Cualquier juicio que hiciese sobre ella no tendría mucho valor. Em había decidido que tuviesen un hijo. La catástrofe no había debilitado su coraje ni su confianza. A ella se volvían todos en los momentos de dolor. Sin su apoyo, nada se hubiese hecho. Sin embargo, su fuerza sólo obraba en el terreno de la acción material e inmediata. Aunque capaz de devolver a sus compañeros la esperanza y el coraje, raramente ofrecía una idea. Ish la sentía a menudo superior a él, y tenía necesidad de su ayuda; pero sabía también que no podía contarse con ella para modelar el futuro. No, no Em.

Detrás de Em, Ralph y Roger estaban sentados en el piso. Se los llamaba siempre «los muchachos», aunque estuviesen casados y fueran padres de familia. Ralph, hijo de Molly, se había casado con Mary, hija de Ish. Jack y Roger eran hijos de Ish. Sin embargo, se sentía muy alejado de ellos. Sólo eran veinte años más jóvenes, pero a Ish esos años le parecían siglos. Ellos no habían conocido los viejos tiempos y no podían imaginar una civilización en el futuro. No, probablemente tampoco los muchachos.

La mirada de Ish había completado el círculo y se posaba ahora en Jean, la más joven de las esposas de Ezra. Había dado a luz diez hijos, de los que aún vivían siete. No le faltaba personalidad, ni voluntad. Su negativa a asistir a los oficios religiosos era una prueba. Pero no tenía ideas nuevas. No, no Jean.

En cuanto a Maurine, la mujer de George, no se había tomado el trabajo de venir a la reunión. De la roca había ido directamente a su casa para barrer, fregar o cumplir cualquiera de las mil tareas domésticas que eran su vida. Cualquier otro, pero no Maurine.

Había otros tres mayores ausentes: Mary, Martha y la pequeña Jeanie, esposas de los tres muchachos. Mary había sido siempre la menos expresiva de las hijas de Ish, y el paso de los años y las sucesivas maternidades parecían haber aumentado su apatía. Martha y Jeanie eran también madres y sólo pensaban en sus hijos. No, ninguna de las tres.

Presentes o ausentes, doce adultos en total. Ish no podía creer que no hubiera más reservas humanas.

Una media docena de niños se había sentado con sus padres o corría alrededor de la mesa. Habían preferido la reunión en casa de Ish a la hoguera, y aunque se aburriesen sentían el orgullo de imitar a los mayores. Ish los miró, pensativo. De cuando en cuando dejaban de atender a la conversación para empujarse o golpearse. Sin embargo, por despreocupados que pareciesen, no había otra esperanza que ellos. Los mayores se contentarían, probablemente, con seguir los viejos hábitos, y así hasta el día de la muerte, pero los niños tendrían que hacer un esfuerzo y adaptarse. ¿Brotaría de alguno de ellos la chispa inicial?

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