– Todos estamos condenados -dijo Shelley. Es sólo cuestión de tiempo… Nunca le entendiste y ahora le entiendes menos que nunca.
– Es a ti a quien no entiendo -dijo Claret. Yo iré a mi muerte con la conciencia limpia.
Shelley rió amargamente.
– A la muerte poco le importan las conciencias, Claret.
– A mí sí.
De pronto María Shelley apareció en la puerta.
– Padre…, ¿está usted bien?
– Sí, María. Vuelve a la cama. Es sólo el amigo Claret, que ya se iba.
María dudó. Claret la observaba fijamente y, por un instante, me pareció que había algo indefinido en el juego de sus miradas.
– Haz lo que te digo. Ve.
– Sí, padre.
María se retiró. Shelley fijó de nuevo la mirada en el fuego.
– Tú vela por tu conciencia. Yo tengo una hija por quien velar. Vete a casa. No puedes hacer nada. Nadie puede hacer nada. Ya viste cómo acabó Sentís.
– Sentís acabó como se merecía -sentenció Claret. ¿No pensarás ir a su encuentro?
– Yo no abandono a los amigos.
– Pero ellos te han abandonado a ti -dijo Shelley.
Claret se dirigió hacia la salida, pero se detuvo al oír el ruego de Shelley.
– Espera…
Se acercó hasta un armario que había junto a su escritorio. Buscó una cadena en su garganta de la que pendía una pequeña llave. Con ella abrió el armario. Tomó algo del interior y se lo tendió a Claret.
Cógelas ordenó. Yo no tengo el valor para usarlas. Ni la fe.
Forcé la vista, tratando de dilucidar qué era lo que estaba ofreciendo a Claret. Era un estuche; me pareció que contenía unas cápsulas plateadas. Balas.
Claret las aceptó y las examinó cuidadosamente. Sus ojos se encontraron con los de Shelley.
– Gracias -murmuró Claret.
Shelley negó en silencio, como si no quisiera agradecimiento alguno. Vi cómo Claret vaciaba la recámara de su arma y la rellenaba con las balas que Shelley le había proporcionado. Mientras lo hacía, Shelley le observaba nerviosamente, frotándose las manos.
No vayas… -imploró Shelley.
El otro cerró la cámara e hizo girar el tambor.
– No tengo elección -replicó, ya en su camino hacia la salida.
Tan pronto le vi desaparecer, me deslicé de nuevo hasta la cornisa. La lluvia había remitido. Me apresuré para no perder el rastro de Claret. Rehice mis pasos hasta la escalera de incendios, bajé y rodeé el edificio a toda prisa, justo a tiempo de ver a Claret descendiendo Ramblas abajo. Apreté el paso y acorté la distancia.
No giró hasta la calle Fernando, en dirección a la Plaza de San Jaime. Vislumbré un teléfono público entre los pórticos de la Plaza Real. Sabía que tenía que llamar al inspector Florián cuanto antes y explicarle lo que estaba sucediendo, pero detenerme hubiera significado perder a Claret.
Cuando se internó en el Barrio Gótico, yo fui detrás. Pronto, su silueta se perdió bajo puentes tendidos entre palacios. Arcos imposibles proyectaban sombras danzantes sobre los muros. Habíamos llegado a la Barcelona encantada, el laberinto de los espíritus, donde las calles tenían nombre de leyenda y los duendes del tiempo caminaban a nuestras espaldas.
Capítulo 20
Seguí el rastro de Claret hasta una calle oculta tras la catedral. Una tienda de máscaras marcaba la esquina. Me acerqué al escaparate y sentí la mirada vacía de los rostros de papel. Me incliné a echar un vistazo. Claret se había detenido a una veintena de metros, junto a una trampilla de bajada a las alcantarillas. Forcejeaba con la pesada tapa de metal.
Cuando consiguió que cediera, se internó en aquel agujero. Sólo entonces me acerqué. Escuché pasos en los escalones de metal, descendiendo, y vi el reflejo de un rayo de luz. Me deslicé hasta la boca de las alcantarillas y me asomé.
Una corriente de aire viciado ascendía por aquel pozo. Permanecí allí hasta que los pasos de Claret se hicieron inaudibles y las tinieblas devoraron la luz que él llevaba.
Era el momento de telefonear al Inspector Florián.
Distinguí las luces de una bodega que cerraba muy tarde o abría muy pronto. El establecimiento era una celda que apestaba a vino y ocupaba el semisótano de un edificio que no tendría menos de trescientos años. El bodeguero era un hombre de tinte avinagrado y ojos diminutos que lucía lo que me pareció un birrete militar. Alzó las cejas y me miró con disgusto. A su espalda, la pared estaba decorada con banderines de la división azul, postales del Valle de los Caídos y un retrato de Mussolini.
– Largo -espetó. No abrimos hasta las cinco.
– Sólo quiero llamar por teléfono. Es una emergencia.
– Vuelve a las cinco.
– Si pudiese volver a las cinco, no sería una emergencia… Por favor. Es para llamar a la policía.
El bodeguero me estudió cuidadosamente y por fin me señaló un teléfono en la pared.
– Espera que te ponga línea. ¿Tienes con qué pagar, no?
– Claro -mentí.